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viernes, 20 de febrero de 2009

El lobo y la luna

Andando en soledad, con la extraña sensación que la acostumbrada inmovilidad de su mundo se enfrenta de lleno a lo inevitable, un joven lobo adulto deshace un camino bien conocido por la fría oscuridad del bosque en busca de algún claro donde echarse a dormir. Cae pesada la noche, envolviendo cada pequeño rincón en la densidad de la penumbra. Su cuerpo delgado evidencia en su falta de vitalidad, el cansancio de largas jornadas deambulando sin propósito.


Anda solo, a oscuras, aprovechando el frío para mantenerse despierto, siempre al filo de caer desfallecido. Sin embargo, continúa tercamente buscando un lugar idóneo donde echar a descansar sus huesos. Lleva meses deambulando por los bosques interminables que se extienden al norte de la estepa congelada, más allá de los negros cenagales, donde uno extraños seres cubiertos de pieles extraen un líquido negro de las entrañas de la tierra, desde curiosos árboles de ramas entrelazadas sin hojas, cual si fuese su único alimento.


Sin otra intención aparente, que dejar andar sus patas una tras la otra, camina más por inercia que por convicción, pero con una idea fija en su mente, encontrar un buen lugar donde abandonarse hasta que tenga energías de nuevo para seguir adelante.


Una fuerza desconocida, instintiva, lo anima a seguir adelante, aún contra la resistencia de sus debilitados miembros, para alcanzar aquello que apenas intuye. Su vida, desde que se hartó de luchar contra las grandes manadas de lobos por un espacio en los tibios valles que serpentean desde los montes a las llanuras del sur, carece de más motivo que seguir errando en las sombras aguardando la muerte de la última esperanza.


El invierno en franca retirada, replegándose cada vez más al norte, cual si buscara refugio en los negros bosques que se extienden más allá del horizonte, hasta caer de golpe sobre los acantilados que marcan el fin del mundo. El cielo, eternamente cubierto por densas nubes grises, lentamente va dejando esporádicos espacios libres donde se asoma intrusa, de tanto en tanto, la luna a contemplar sin comprender el andar lento del lobo errante. Carente de fuerzas siquiera para lanzar un amago de aullido, hambriento y cansado, el lobo se deja caer sobre un pequeño claro, entre dos grupos de gruesos y añosos árboles a los pies de una quebrada, bajo la palidez fría de la luna que con seriedad lo cubre con su luz argentina como queriendo cobijarlo.


2004

martes, 10 de febrero de 2009

Un giorno come tanti

Tranquilo. Paciente. Es un amanecer grisáceo, húmedo y frío. Tal como lo indica su carácter, hace la fila en silencio, a la intemperie, para pedir un número, que le permetirá luego poder ser atendido. En torno suyo, miradas cansadas, con sueño, quizás desesperanzadas.

La fila circundada por rejas avanza veloz, ante la atenta mirada de aburridos agentes de policía. Por ahí algún recién llegado mueve la cabeza, como si comprendiense que sucede a su alrededor, balbuceando palabras en un idioma extraño. Otros, mordiéndose la lengua para no exteriorizar su rabia, miran desconfiados.

Intentado dar la mejor impresión, hablando del mejor modo posible, el idioma recién aprendido, se enfrentan uno a uno ante la apática actitud de quienes cargan con el peso de trabajar ahí. Por un sueldo mediocre, en un contexto desagradable, realizan una labor mecánicamente repetitiva, que está a años luz de lo que soñaban, cuando comenzaban a hacer sus primeras armas en el cuerpo de policía.

Una extraña mueca se dibuja en muchos rostros, como si la resignación estuviese en constante disputa con la esperanza, y todo dependiese de la voluntad de un funcionario. El frío desagradable de una mañana húmeda, se condice con el desgano que recibe a quienes llegan ahí sin saber a quien más acudir. Es una situación indigna. Personas que no han hecho nada más que decidir probar suerte en otra parte del mundo, tratados como sopechosos de algo. En una zona de frontera a espaldas del esplendor de la ciudad.

Sentado. Con su número en el bolsillo, y un libro en la mano. Pasa el tiempo leyendo teorías sobre el derecho a la ciudad y el uso del espacio público, mientras en los confines olvidados de la urbe seres frustrados deben lidiar con la desesperación de un grupo de desgraciados atrapados por meses y años en una trama burocrática, ante la total indiferencia de todos los demás.

2008

sábado, 31 de enero de 2009

Una mañana en el mundo - 2

Quién hubiese pensado, en medio de tanta quietud, que las semanas se iban a hacer días deshaciéndose en conflictos absurdos, rezagando esperanzas y olvidando problemas reales, que se vuelven invisibles de lo inabordables que se han tornado.

Sentado en bus, en una mañana sin tiempo, acompañado de anhelos remotos e imágenes inconexas, atraviesa un momento que ha permanecido aquí por siempre. Dándole la impresión de haber ya vivido este instante, perdido entre sus apuros cotidianos y los proyectos de siempre. Inmóvil. El mismo cielo, las mismas nubes, un villorrio extraído del siglo 19 y abandonado en el camino para recordarle la multiplicidad de niveles del tiempo.

Se siente vacío. No es hambre esta vez. Los días, las estaciones y los años pasaron con prisa. Junto con todo lo que iba a ser, los sueños de castillos en el aire y futuros maravillosos, de viajes a regiones que no existen y con gente de fábula. Todo ello perdido en algún recoveco del mundo, en alguna calle, en algún bar, en algún “sendero entre hojas llevadas por el viento". (como diría Rilke)

O en alguna playa, en un otoñal atardecer sobre el océano anaranjado, sobre la arena fría o las rocas húmedas. O quién sabe en que lugar. Aquí y ahora. Un cuerpo fatigado, vaciado, con la avidez vencida, rumbo al mismo lugar de siempre, alimentándose con desgano de campos, prados sembrados, colores primaverales y animales pastando. Campiña en permanente transformación, pero que permanece eternamente igual.

En él todo sigue igual, aunque algo opacado. Sus ideas empolvadas, los pantalones gastados, sus permanentes reacciones incoherentes, el clásico look infantil bastante envejecido y enmohecido. Ya van casi 23 años, y no parece desprenderse aún del lastre tedioso de los 18 rebeldes de todo el mundo.


sábado, 13 de diciembre de 2008

Un giorno come tanti

Llueve, como cantaba Joan Manuel, "detrás de los cristales, llueve y llueve". Junto a las primeras luces del alba se alza presto, con seria resignación, a afrontar un día que no ofrece buenas perspectivas.

Aún resuenan los ecosde la tormenta del día anterior. Calles anegadas, tráfico suspendido en ciertas zonas, y el río amenazando con desbordarse. Al menos en consideración a la emergencia, decidieron suspender la huelga del transporte público. Piensa, tratando de darse ánimos.

En pocos minutos, luego de un desayuno a la rápida, un añejo café recalentado y jugo de naranjas, salió a la calle en silencio. Embutido en su chaqueta, con la bufanda tapándole la exalación para capear el frío, sale a la calle. Frio húmedo, que sin ser tan intenso, no deja espacios para entrar en calor, y no hace sino entumecer a todos quienes se aventuran a comenzar el día.

Camina, medio cabizbajo, unos pasos bajo una fría llovizna, deteniéndose en el mismo lugar de siempre, a esperar el autobus. Luego de quince minutos, deciende del móvil, en una estación del Metro, y aborda el tren hacia uno de los extremos de la ciudad. Rumbo al este hasta la estación terminal, en la periferia. Camina unos 200 metros, y se detiende a esperar un nuevo autobus bajo la fría llovizna gris.

En torno miradas anónimas, automóviles cansados devolviéndose por el cierre de la vía. Los árboles movidos por una ligera brisa. Pequeños charcos color tierra formados por la lluvia, restos de paraguas y periódiocos esparcidos por el doquier. Todo en medio del reino de la humedad.

Luego de unos breves minutos serpenteando por un camino tímidamente inundado, que más asemejaba a un área rural, que a una ciudad, finalmente llega a su destino. Junto a una buena cantidad de personajes variopintos, de orígines diversos y que se comunican en lenguas ininteligibles. Frente a ellos, la tosca presencia de la sede central de inmigración de la "Questura".

Un edificio horrendo, desagradablemente funcional y estéticamente insultante. Emplazado en medio de un área sub-urbana carente servicios y equipamiento urbano. Una zona donde no ni siquiera hay veredas, un teléfono público, una banca para sentarse o un café donde comprar algo para comer o beber. Más asemeja a un reformatorio o a una industria en desuso que a una repartición pública. Con sus gruesas rejas metálicas y un mar de cemento, sin ninguna clase de gusto, en ausencia de manteniemiento. Como si la fealdad fuese un valor que quisiese comunicarse. Generando una atmósfera deprimente.

2008


jueves, 4 de diciembre de 2008

Del vacío al olvido - 3

Caen una a una, mecánicamente, las pequeñas hojas de un árbol que acaba de nacer, sin siquiera emitir un quejido. Algo que apenas asomó a la vida muriendo sin saber porqué. De cuantas certidumbre se pueden llegar a tener, sólo las menos optimistas reciben algún refuerzo, una y otra vez.

La ambigüedad permanente de no poder vislumbrar que está sucediendo, la ceguera constante de no haber sabido nunca nada concreto. Viviendo a tientas, en las sombras, entre ruidos, palabras, aromas y confianzas; en la ausencia de constancias, y el exceso de promesas. Recurrentemente, la nostalgia por los días que no llegaron a ser. El vacío, la sensación molesta de haber vivido esto antes. El vacío. La ausencia de sentido. La falta de entendimiento. La nada. Cual si solo eso hubiese sucedido, en el abrir y cerrar de ojos en que imaginó un sueño. Nada.

Todo continúa su marcha tediosa. De vuelta a lo de siempre. Nada. Algunos bailán con la fea, otros se aburren de hacerlo con la hermana, y otros simplemente se ponen a bailar sin música, ante la curiosa mirada del resto. Algún esbozo de sonrisa. Miradas apáticas. Rostros vacíos, gestos sin significado. La vida continúa.

¿Ella?, de vuelta a su vida, después del breve paso por el hotel, que por cómodo que sea no se compara con el calor del hogar. El volviendo a la falta de la suya. En verdad, cuando se es nómade por accidente, cuando estamos cansados, nos detemenos o seguimos a la intemperie rumbo a ningún lado, cuan agodedora nos peude parecer la tibia habitación de un hotel. ¿Qué hacer?, ¿dónde ir luego? Se acabó el dinero, y el sol huyó hace semanas. Recogen el decorado, se llevan la publicidad, apagan las luces y cierran el local. Recordando tan sólo una vieja canción de un tal Lennon: "... dream is over, what can I say? Dream is over, yesterday."

2004

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Aun sin nombre

Sentado, con una leve curvatura en la espalda. Concentrado en la pantalla del computador, y preso de sus audifonos, no presta atención al café que hierve en la cocina. - ¡João il Caffé! - le gritaron desde el comedor. - Minchia - exclamó.

Lo de siempre. Se sirve una taza pequeña, ofrece a los demás, sin una buena acogida, pues el aroma a café ligeramente quemado no es muy grato. Menos para quienes se han criado en medio de un culto al café, los padres del espresso.

La mañana avanza con tranquilidad. Está helado, humedo. El roció aún baña la superficie de la calle, aunque algunos rayos de sol salen a alegrar el día, sin lograr entibiarlo. El aire, levemente pesado, denota que la noche anterior se estuvo fumando en este departamento.

Camina lento, un par de pasos, haciendo sonar las pantuflas contra el mármol del piso. Abre el refrigerador. El sonido seco de una gota cayendo en el lavaplatos recién desocupado, se confunde con el ruido de la goma de la puerta del refrigerador separándose de su cuerpo, como si fuera una ventosa.

Saca su acostumbrado yoghurt de frutillas de Vipiteno, en el Süd-Tirol. Sirve un vaso de jugo de naranja, limón y zanahoria, y pone a tostar dos panes. Junta las cosas en una bandeja, y se dirije al comedor. Su pareja de amigos está terminando de desayunar. La mañana parcialmente nublada, se desenvuelve con rápida normalidad. Por ahí uno leyendo las noticias, mientras ella se entretiene ensimismada en su Vaio, detrás de sus particulares anteojos blancos.

2008, continuará

sábado, 22 de noviembre de 2008

Del vació al olvido - 2

Ella es bellísima, aquello es incuestionable, si hubiese aparecido 4 años atras, antes del fin del tiempo, habría sido perfecto, pero muchas veces las mejores cosas de la vida no surgen cuando son realmente necesarias, o aparecen justo cuando no se les puede sacar el máximo provecho. Casi como jugar el pártido más brillante de tu vida en el momento en que ya no puedes aspirar al campeonato, y te conformas con estar en la mediana de la tabla.

Tras su sonrisa amable, y su cordial control de las situaciones, no es fácil aventurar el tipo de pensamientos que cruzan por su cerebro. A decir verdad, no se sabe realmente si le interesa averiguarlo, y mientras no se le ocurra volver a adoptar la acción de la inmovilidad, tal vez no sea necesario hacerlo. Mejor subirse a una pequeña rama y dejar que la corriente lo arrastre, preocupándose sólo de no volver a la orilla y de no estrellarse contra las rocas en los rápidos.

En este minuto lo que requiere su alma es paz, calma, movimientos predecibles, limpiar su mente del óxido adherido por años. Dejar de buscar tanto sentido a las cosas que pasan y aceptar que lo hagan. Quizás lo único en que esté fallando es el no haber aprendido aun a hablar, a decir las cosas adecuadas, aquellas que se esperan oir, para volver debidamente al rebaño del que huyo en el tiempo en que todo parecía posible y el mundo se habría demasiado hermosos y enorme como para dejarlo escapar.

Descansando en la noción de que todo pasa por algo, aunque no sepamos qué es, es más sano entregarse a la inercia, sin miedo a lo que vendrá, pero carente de expectación. La inocencia finalmente lo abandonó, sin lanzarlo a la desconfianza, simplemente lo dejó en manos de la indiferencia. Tal como cantaba cierto compositor que se resistió (sin lograrlo) al reconocimiento: "how much difference ... does it make".

Los días continuarán. A cada periodo de sol le sobrevendrán noches nubladas como esta, y a cada aguacero el renacer de una mañana despejada, sin importar demasiado si seguimos aquí, o no, para contemplarla.


2004

domingo, 16 de noviembre de 2008

Sombras en la ciudad

El ruido seco de un trueno lo despierta. Medio desorientado hurga entre las cosas del velador para ver la hora. Por su ventana entra en plenitud la opaca luz de un día de tormenta. Eran las 8:45.

Se levanta cansado, con una ligera sensación de amargura que no sabe identificar. Algo no va bien, y él evidentemente no está comprendiendo que cosa es. Entra al baño, se lava la cara, mirándose en modo interrogativo. Recorre con mecánica lentitud los oscuros metros del pasillo que separan su pieza de la cocina. Prepara un café, se sirve un vaso de jugo de naranja y saca un yoghurt del refrigerador.

Se oye aún el rumor del secador de pelo, en el otro baño. Sonríe. Los demás comienzan lentamente a despertar. Se encuentran en la cocina, rostros somnolientos. Se saludan con cierta frialdad. Se respira, sino una tensión, al menos una extraña sensación de incomodidad. Sin ocurrir nada en particular, sin llegar a decirse ningún tipo de declaración específica, ayer parece haberse cruzado una de las tantas fronteras indefinidas, que marcan un punto de no retorno.

Sin entender muy bien, ni saber exactamente qué, sabe que desde hoy, hay algo que no volverá a ser igual. Llegó a estas lejanas tierras hace exactamente un año, cargado de esperanzas, proyectos, una ciega convicción y una maleta roja de 35 kilos. Comunicándose apenas, con su lengua tarzanesca y escasa, luego de un par de semanas dando bastonazos de ciego, arrastrando el cansancio de no ver resultados postivos, por las calles adoquinadas de la ciudad entre edificios vetustos, llegó al lugar que se convertiría en su hogar, gracias a una enorme casualidad. Quizás Dios exista después de todo, pensó.

2008

sábado, 15 de noviembre de 2008

Del vacío al olvido

Y ocurre. Como debía ser. El vacío de la vida rutinaria hace olvidar, incluso, la certeza desesperanzada de que nada va a cambiar verdaderamente. Tal como se olvidan los buenos tiempos, con sus gentes alegres y sus díasde sol, los malos también insisten en desvanecerse del recuerdo. Despertamos de pronto con sensaciones a las que no prestamos atención, y con una ausencia de sentimientos que no parece alterarnos en absoluto. Libres, vacíos, amnésicos.

Un buen día, sin otra cosa que hacer que continuar la costumbre de evadir, nos encontramos de frente, de improviso, con aquel regalo de la belleza que esperamos por tanto tiempo, sin conmovenros ni importanos demasiado. Aquel viejo lema "que sea lo que Dios quiera", surge como la sentencia más cómoda. Sin ánimo de huir, ni de hacer algo al respecto, nos dejamos llevar, con negligencia. Quién sabe, tal vez sin proponérnoslo, algo puede llegar a resultar.

A la sombra de una ciudad inmóvil, ante la indiferencia total del resto de la humanidad, como personas invisibles, cuya existencia no afecta al curso de los acontecimientos a su alrededor, algo parece estar creciendo, tímida y lentamente, como si fuera inevitable. Como una maleza en un jardín abandonado. Quizás sea mejor así, dejar que las cosas pasen, y que con el tiempo la política de los hechos consumados se haga inevitable.

Abrir los ojos un día y notar, con indiferencia, que aquel es, sin derecho a réplica, el actual estado de las cosas. Aquel día será, probablemente, el comienzo de la felicidad, al menos aquella a la que se puede aspirar. Sobretodo si consideramos que las cosas siempre pudieron ser peor, y que de pronto los afanes del mundo se olvidaron de nosotros, permitiendo simplemente que pudiéramos existir. Continuar la vida con algo de sentido, con la conformidad que da la falta de procupaciones, más allá del fin.

2004

miércoles, 12 de noviembre de 2008

En todo comienzo suyace el germen del final - 3

La mente, en su laborioso camino, repensando las cosas una y otra vez, lo hace sentirse lo suficientemente responsable, como para llegar a relativizarlo todo. Sentimientos confusos, agolpándose. Deseos incontenibles de salir corriendo lejos, de gritarle algo a alguien en la cara. El conflicto eterno entre el vacío y la búsqueda permanente. La soledad estacionaria, reafirmándose una vez más.

Cae lenta la noche sobre la ciudad. Despierta de la hipnosis televisiva, sin saber bie que pensar. Quiere certezas, cerrar círculos, comprender el sentido de las cosas, empezar a vivir dejando el pasado atrás. Escapar de este enjambre donde se mezcla todo, superponipéndose imégenes, días y personas. Abandonar el laste de vidas pasadas que se arrastran con cada nuevo día, con su halo grisáceo y corrosivo. Cortar por lo sano. Terminar las conversaciones a medias. Sacar a la luz los mensajes entre líneas. Exponerse de verdad. Mandar, quizás, todo al carajo.

Intentar escribir es siempre una buena opción, cuando no se logran articular verbalmente las ideas que navegan difusas por la mente, en una conversación. O bien, cuando el tiempo y la distancia tornan absurdo el pronunciar palabra alguna, impidiendo hablar mirándose a los ojos. No es, tal vez, la mejor forma de desahogarse, ni de solucionar algo, pero da la tranquilidad de impedir las interrupciones.

Ahogándose en un vaso de agua a medio llenar, de un par de torpes aletazos, echó abajo la pobre construcción que comenzaba a levantarse. Quebró la magia, rompió el encanto. La decepción cubrió rapidamente el sitio de la oscuridad, y de la atracción se pasó velozmente al hastío.

La noche en plenitud. Notas suaves de una guitarra triste deambulan por la habitación, sala, comedor, a espaldas de la ciudad dormida. Tendido sobre la cama, sillón, fumando, sin más ánimo que el suficiente para dejar pasar el tiempo. El té enfriándose a un costado de la vela. Ideas repetitivas, imágenes desteñidas, proyectos irrealizados envejeciéndose gracias a la falta de constancia. Libros silenciosos aguardando ser leídos. El eterno conflicto entre la grata tentación de ir a dormir y no querer que vuelva a amanecer. El fin cada vez más cerca.

2003

sábado, 8 de noviembre de 2008

En todo comienzo subyace el germen del final - 2

Es ya medianoche. Silenciosa, la urbe se apresta a un día muy agitado en unas horas más. Los árboles, plenamente enverdecidos alegrando los cada vez más frecuentes días despejados. Los semáforos repiten incansablemente su rutina tricolor, como una puesta en escena sin público, en el abandono de calles desiertas, como si tuviese alguna relevancia.

Noche aún oscura. Sin frío ni viento. En medio él, sosteniendo una de tantas conversaciones con su ausencia. Monólogos interrumpidos por el vacío. Conversaciones de existencia irreal, sin otra respuesta que la nada. De pie, la mirada clavada en la oscura silueta de los árboles. Se respira una tensa calma. Lucha por no endosar frases e intenciones a quien no abre la boca; por no dejar fluir conversaciones imaginarias. ¿Cómo hacer para no autoconvencerse de la elocuencia de la falta de eco? Cual si no hubiese más que una construcción mental germinada en su cerebro.

Cada día que se evapora del mar del tiempo abre, entre estas escasas cuadras, un abismo incomprensible. Está ahí, a sólo un taxi de distancia, pero ya irrecuperablemente lejos, casi como si jamás hubiese existido. Que asombrosamente cíclica es la vida. Debe haber algo que no alcanzo a resolver la vez anterior para que, apenas pasado un año, se encuentre en una situación similar. Ciertos patrones se repiten invisiblemente una y otra vez.

Espera prestar algo más de atención esta vez. Personalidades opuestas, circunstancias disímiles, condiciones muy distintas y sin embargo el mismo resultado adverso. Un extraño complejo de Ariadna invertido. Ellas evadiendo, alejándose a vidas completas de la suya y él expulsado, al margen, al olvido, fuera de las tablas, como si el contrato hubiese caducado, o la temporada llegase a su fin. Sentado sobre la arena de una playa conocida, fumando el enésimo último cigarro, con la mirada perdida en el horizonte y los ojos pidiendo una explicación.

2003

viernes, 7 de noviembre de 2008

Un día en la via - 5

Todo aquí, en la extraña quietud de la noche de un día agitado. Luego de un par de puertas cerrándose en su cara, y de ciertos plazos vencidos, arrastra el polvo de media ciudad bajo sus pies cansados. Como si qusiera lavar las marcas de sus pasos en los antiguos adoquines, se precipita un sobre la ciudad una tormenta feroz, arrastrando todo lo posible, retumbando e iluminando por doquier. En todas direcciones, arremolinádose, gruesos goterones azotados por la furia del viento, en torno a gaviotas desorientadas y cuervos incrédulos.

Quizás uno haría tantas cosas con 10 años de menos, como sugería un tal Silvio 30 años atrás, pero por mucho que uno se resista el paso del tiempo es inexorable. El continuo estado entre la promesa de un futuro en que las cosas resultan y un presente inmóvil. Como si la personas que esperas te llama por fin para visitarte, y siempre ocurriera algo de último minuto que le impidiera hacerlo. Sigues esperando, repitiendo rutinas, escribien, planificando y buscando el modo de hacer que la vida tome nuestro paso.

Luego viene, se acerca, te hace un guiño, y cuando crees haberlo logrado se vuelve a alejar y te deja sentado sin comprender que diablos ha sucedido, boquiabierto al costado del camino. Es cansador, pero quizás ello sea parte de la gracia de la vida. Quizpas no sea el tiempo de que las cosas se le den facilemente. Tal vez la recompensa será más grane de todo lo que se ha invertido.

Quien sabe, es posible incluso, que luego de esta inmovilidad petrea las cosas tomen un giro inesperado y nada vuelva a ser como solía. Por lo pronto, continúa la mecánica repetición de rutinas para darle sentido a los días. Quizás el viejo, y mal comprendido Federico tenía razón y "la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre."

2008

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Un día en la vida - 4

Cierra la ventana. Un leve gesto de preocupación se dibuja en su rostro, el mismo que de un modo u otro se puede observar desde hace varios días. Las noche, sin luna, descansa fria y tranquila, como si esperase algo.

La quietud es apena interrumpida por ruidos intermitentes de pajaros lejanos. Inevitablemente le vienen a la cabeza imágenes de infinidad de noches similares. Extrañas, frias, solitarias, e inmóviles. Noches de otro tiempo, cuando el mundo era otro, y la vida era distinta.

Siguiendo su porfía llegó donde jamás pensó que podía hacerlo. Cada vez más lejos, se multiplican las posibilidades ir cada vez más allá, hasta perderse. Sin embargo, persiste una multitud de cosas que parecen no haber cambiado en absoluto, y que lo atan a su lugar de origen.

Más allá de la caducidad de ciertos fanes, o del cambio de planes; de la decoloración de algunos sueños, del enmohecimiento de algunas ideas, o de la oxidación de la voluntad. Aquellos elementos que 20 años atrás descansaban en la base que generó todo el movimiento posterior, continuán presentes inalterablemente. Puede resultar extraño, pero sustancialmente de ello no ha resuelto nada.

Se ha movido cuanto ha podido, ha caminado por toda clase de senderos, ha cambiado cosas de lugar, se ha desplazado, ha vuelto sobre sus pasos, ha envejecido, se ha hastíado, ha iniciado situaciones finalizando otras, ha construido y destuido, se ha entregado y ha tomado a cambio. No obstante, todo el aparente cambio, no ha hecho sino dejar las cosas sutancialmente en el mismo estado. Podrá haber conocido muchas canciones, pero vuelve una y otra vez a escuchar una y otra vez las mismas melodías de antaño.


noviembre, 2008

martes, 4 de noviembre de 2008

En todo comienzo subyace el germen del final

I

Enredado en la costumbre de leer entre líneas, develando los significados implícitos de la frases aparentemente neutras, se aferra a una taza de café, cual si estuviese en la antesala de un gran descubrimiento. Trata en vano de racionalizar el contexto, para tornar inteligibles los acontecimientos ocurridos hasta ahora. Se encuentra preso de la imposibilidad de encontrar el significado de la falta de ellos. Ahogado en la estéril intención de codificar los mensajes que emanan de esta suerte de inmovilidad, del vacío de situaciones.

Podría comprender el sentido implícito de frases lanzadas en determinadas circunstancias, podría entender gestos y declaraciones de intenciones y deseos. Pero, ¿cómo hacer para comprender una situación, cuando la ausencia de eventos se multiplica en la ambigüedad del silencio?. Cuando los días no dicen nada, cuando las actitudes se hunden en el anonimato y no se sabe si lo que iba a ser será, o si lo que no, puede llegar a ser.

¿Cómo saber?. ¿Qué ha cambiado y qué sigue inalterable?. Optando por la paciencia de dejar que las aguas sigan su curso, se perdió en conversaciones inconclusas, hasta volverse inexistentes. De pronto, de tanto estar en la sala de espera empieza a preguntarse si no habrán dejado de atender. ¿Qué hacer?, ¿irse cabizbajo, decepcionado de no saber si se decidió el futuro o no, con el riesgo de perder el turno, o esperar pacientemente a que lo llamen, sin saber si lo harán o no?

Con la sensación de haber sido olvidado, como una hoja en un vendaval, le inmoviliza no saber cual es el estado de las cosas. Ciego y sordo, no se atreve a decir palabra por temor a arruinar lo que a sus espaldas se podría estar incubando, sin tener certeza de lo que es, sabiendo que optar por la quietud y la inercia es en sí una acción. El acto de la inmovilidad, la opción del silencio.

¿Qué actitud adoptar ante las cosas cuando se desconoce en que estado están?. Contradictoriamente la única certeza que se vislumbra es la constante presencia de la incertidumbre, haciendo oídos sordos a lo que se intuye.

2003
Continuará

viernes, 31 de octubre de 2008

La costumbre del vacío - 10

La soledad estacionaria no se quiebra. El vacío se alimenta de la ausencia. De la perdida de sentido, de la muerte de los sueños, de la frialdad mecánica de las rutinas humanas. De la falta de un motivo real para permanecer toda una vida desperdiciando el tiempo por aquí. El sinsentido se torna incontrarrestable. Quién sabe, quedan aún incontables cincuenta años más (irónicamente “sin cuenta”) a la espera de la constatación final de su falta de humanidad y de que nada ocurrió realmente.

De las inmensas profundidades de toda una era olvidada vuelven elocuentes las frías masas australes a cubrir la falta de movilidad. Abruptamente nos muestra el invierno la fragilidad de todo a nuestro alrededor. El tiempo extinto paseándose entre la ventolera mientras se arrastra a sus pies las primeras hojas de marzo. Superponiéndose en un acelerado mosaico temporal, días gastados, irremediable se cruzan con el vacío de los que han de venir. Todos juntos, confundidos unos sobre otros, yuxtapuestos en una híbrida mezcla de sensaciones añejas y expectativas futuras. Los días de vuelta haciendo explotar la linealidad del tiempo.

Ha de ser el caos del fin de una época o el anárquico desorden de las hojas del calendario. Da la impresión de que se podría entrar a vivir cualquier momento. Elegir al azar minutos ya vividos, desempolvándolos e intentar volver a darles vida. Pero que remedio, más allá de una ventolera, y su temprana hojarasca, removiendo sensaciones trasnochadas e imágenes caducas, poco queda finalmente. A diferencia de muchos otros, sabe que no volverán aquellos días mágicos donde se paseaba la esperanza por cada pequeño espacio. Ni tampoco las personas que otrora parecían durar para siempre.

Finalmente cayó la noche, imperceptible, irrelevante. Una vez más. En silencio. Sin otro motivo que la mecánica costumbre de dejar pasar las horas. ¿y ahora qué?. Se preguntará más de alguien. Nada. Sólo la inercia se siente verdadera. ¿El resto?, mudos testigos de una era que jamás nos perteneció, simplemente nos echamos a dormir un rato para seguir luego lidiando inconscientemente contra el eterno paso del tiempo. Alimentando, de paso, la ingenua ilusión de que algún día llegue a suceder realmente algo.

2003

lunes, 27 de octubre de 2008

La costumbre del vacío - 9

Por alguna misteriosa razón que aún no alcanza a desentrañar, cada vez que cree haberse librado, por fin, de la presencia de su ausencia, vuelve ella a reafirmar bruscamente su soledad. Sin importar cuantos días desaparezcan inútiles frente a él, ni cuantos kilómetros insista en recorrer en busca de algo incapaz de llenar este vacío, ni cuantas mujeres pierdan su tiempo a su lado, aquel espacio en el que no está permanece inalterable, inmenso.

Cuanta fragilidad. Basta con una mirada, para desarmar su afán de olvidarla. Sigue ahí, a una llamada de distancia, a un par barrios de su habitación, y a vidas enteras de la suya. La nostalgia cíclica de la posibilidad de haberla tenido a su lado es suficiente para que nada vuelva a cobrar sentido.

Sin pretender librarse de la desgastadora inercia del tiempo perdido, con un hilo remoto de confianza en el porvenir que se niega a morir, continúa aquí. Inmóvil. Fumando. Inútil. Sin ánimo ni energía. Esperando a que las cosas cambien, se decida a aparecer o se desvanezca. Nada cambia, nada ocurre. Todo se revuelve, los días se gastan cual si no existiesen, Las estaciones siguen su andar continuo, indiferentes, envejeciéndole. Finalmente, la totalidad prsea de un movimiento que lo deja todo igual.

2003

martes, 21 de octubre de 2008

La costumbre del vacío - 8

El azote tosco de una árida ventolera del desierto norteño como marco permanente ha quedado tempranamente en el olvido. Añadiendo un par de nuevas arrugas a la prematura vejez de su cuerpo. Nuevamente, bajo la mirada cansada de la luna en decadencia, comienzan a agotarse las reservas energéticas acumuladas durante largas semanas deambulando por la enorme diversidad de rincones que guarda muda la sequedad infinita del desierto.


El iluso amago de una historia verdadera se deshizo entre la inmensidad sin nombre, borrada por el viento incesante. En cierta medida se siente trasplantado a un momento que no parece pertenecerle en absoluto, como si el alma hubiese despertado de un letargo imperceptible en una era ajena. Extrañamente el acostumbrado vacío de la pérdida, ha dejado lugar a la limpieza de un cuaderno en blanco, esperando escribir sus líneas con lápices que aún no han sido creados.


Ahora la labor de la paciencia no consiste en aguardar el final, como de costumbre, sino por el contrario crear los medios para construir un comienzo. Carente de estructuras, proyectos y planes, en el espacio vacío que queda al otro día del final, quizás sea tiempo de reinventar una rutina, imaginar un futuro y empezar a trabajar para llegar a él.


Cuantos damnificados queden de este cambio de era, no tiene ninguna importancia, ya no constituye un lastre ni una carga, de hecho no son más su responsabilidad. Indiferente a los restos botados al costado de tanto camino recorrido, ha llegado a un momento donde se abre todo un horizonte, sin sentimiento alguno de culpa. Es extraño, no hay duda, pero el tiempo lo situó en un lugar donde ya no prolifera, como antaño, la corrosiva costumbre de la autoflagelación. Las recriminaciones parecen parte de una historia antigua, carente de realidad. De ahora en más, algo de materialidad, frío pragmatismo y largarse a vivir la vida por el mundo.


Los sueños de amores inconclusos y futuros irrealizables, se quedaron prendados de algún valle solitario junto a las sombras alargadas de un atardecer eterno. Quien sabe, tal vez por fin pueda comenzar a andar sin esa molesta sensación de haber errado el camino. No por nada los senderos y las bifurcaciones distractoras han terminado, fundiéndose en un llano interminable, en una planicie perpetua. Apenas el último eslabón de una adolescencia rancia sobrevive aún a la contundencia del fin. Como un fósil adherido a una roca dormida.


2003

lunes, 28 de julio de 2008

La costumbre del vacío - 7

II

Hoy se siente particularmente solo. El breve espacio de su departamento se le hace insoportable. Se siente al margen de todo el torbellino que alguna vez prometió en convertirse en su vida. Extraviado en aquella fría inflexión del devenir, entre la certidumbre de un anónimo futuro estéril y la posibilidad de largarme lejos, sin que nadie llegue a notarlo.


Dentro, una molesta inquietud revuelve amargamente la constatación de la total falta de movimiento. Apenas el sonido de una radioemisora, que le recuerda otro tiempo, se atreve a interrumpir el silencio de una noche inútil. Brotan por todos lados sombras aburridas de personas que alguna vez pasaron por ahí. Mares silenciosos de rostros, recuerdos, palabras mudas de conversaciones interrumpidas. Tanta gente que los zarpazos del paso del tiempo arrojó a una infinidad de caminos, intrincados y de rumbos desconocidos. Lejos. ¿Cuántos lazos se cortaron?, ¿cuántas llamadas se ahogaron en el miedo a dar la vida por alguien?


No es únicamente el estar, efectivamente, sin compañía. Ni que sea el aniversario de su nacimiento. La lucidez que dan los años deja ver con nitidez que el vacío se ha incrementado. Cual si estuviese en los descuentos, soñando con dar vuelta el partido para lograr la clasificación, el tiempo pasa desvaneciendo las esperanzas, aguardando el momento adecuado para poner la lápida. Lleva cuatro años negándose a morir, a rendirse. No obstante ya no parece haber nada más que hacer que esperar el pitazo final.


La permanente constelación evanescente de sonrisitas pululando ha comenzado su proceso inexorable de extinción. Sólo quedan ecos de promesas al aire, el aroma lejano de perfumes en desuso, el recuerdo de enredos de sábanas, un puñado de fotografías amarillentas, y extraviadas libretas de teléfonos empolvándose en alguna caja en el fondo de la bodega. Todo listo para el fin.


Las opciones son sólo dos. Quedarse a reafirmar la derrota, la muerte del espíritu, o irse a vidas completas de distancia. Cerrar este cuaderno y partir a buscar un resto de vida a alguna parte. Sea lo que fuere lo único inalterable es la soledad.


Lentamente, invisible e inevitable, llega la lluvia a interrumpir la quietud lánguida de un verano opaco. Se cierne el invierno sobre nuestras vidas, cual si ya no quedase espacio para albergar una esperanza. Los sueños sepultados en el gris de una ciudad inmóvil. El amor carcomido por la indiferencia reducido a la negligencia del acostumbramiento. Van a comenzar los próximos cuarenta tediosos años de una vida rutinaria, con escasas luces. La actuación, finalmente, sin aplausos, ovaciones, ni pifias, parece haber llegado a su fin.


2003

viernes, 9 de mayo de 2008

La costumbre del vacío - 4

IV

Un frío rayo de sol lo despierta. Sabe que la constante presencia de su ausencia le nubla el sentido de la esperanza. No está en condiciones de decir qué quiere hacer, dónde quisiera ir, cómo le gustaría vivir los próximos años, pero sabe que no puede seguir igual. La perdida de la esperanza de estar con ella desparramó el corrosivo líquido de la incertidumbre y el desaliento por la superficie de sus días. El breve paso de ella por su vida dejó abierto un espacio vacío que se va enanchando paulatinamente hasta inmovilizarlo. A lo único que puede tender es a la contemplación en silencio. Cargar un poco de energía y así poder seguir, al menos, repitiendo mecánicamente una rutina sin sentido, con la única intención de no desvariar.


Sabe bien que nunca será lo que ya no fue. E incluso, parece estar seguro de que jamás fue quien alguna vez esperó que fuera. Pero, ¿qué puede hacer?. Removió su estúpida actuación despreocupada hasta lo más profundo, desnudándola, no ante el mundo al que bien poco le importa, sino frente a él. Fue el más despiadado espejo de su estupidez. Paradójicamente él la ama y ella lo detesta. Él vive pensando en encontrarla en cada esquina, y ella espera no volverlo a ver.


Lentamente ha ido acostumbrándose a los días sin la presencia de la esperanza de un futuro hermoso. Hasta han ido apareciendo algunos rayos de sol entre las nubes oscuras. Pero de pronto aparece, inesperada, su nombre resuena en boca de otros como una daga clavándose silenciosa en su abdomen. Todo da vueltas, su suave figura rondando en su mente, el recuerdo de los días que nunca pasaron. Todo lo que iba a ser y nunca ocurrió. Su ausencia tan presente como siempre. Luego invade burlona y sarcástica sus sueños, para que no quepa duda que ni siquiera le está permitido dormir en paz.


En algún lugar la vida se debe estar riendo de su falta de contundencia. Con el etéreo paso de un perfume leve, un par de voces por aquí y por allá, y de súbito se derrumba. Vino se paseo, pensó en quedarse y antes de atinar a hacer algo se evaporó, dejando sólo el espacio vacío que nunca pensó seriamente en llenar. Así simplemente. A pesar de lo aparente continúa pensando en ella cada día. La ama, y quién sabe, quizás nunca deje de hacerlo. Adherida como está a cada rincón de su existencia cotidiana no puede sino aprender a cargar con el lastre de haberla perdido sin nunca haberla tenido.


Los meses lentamente abren la perspectiva de la primavera. La molesta presencia chillona del despertador consigue por fin arrebatarlo de las garras de sus sábanas. Despierta. Ligeramente mal humorado. Sabiendo sin reconocerlo que no tiene relevancia levantarse o no. Que el ritual matinal de saltar de la cama, ducharse, vestirse y desayunar no tiene mucho sentido, pero de todos modos es mejor llevarlo a cabo. Hoy se le hace más difícil arrimarse al mundo.



2002

miércoles, 7 de mayo de 2008

La costumbre del vacío - 3

III

Despierta un día cualquiera, con la sensación de haber vuelto al mismo punto. Afuera, la ventolera continua inalterable. La vida se tuerce en una espiral en la que cada nuevo paso da la impresión de haber sido dado en un sendero ya conocido. Cuando la vida quería volver echarse a andar, el peso de la misma atmósfera aplastante, trajo el tedio de vuelta. Cual si ya todos los días hubiesen sido vividos de antemano, o se enfrentase a una exasperante esterilidad. Nada nuevo emerge de tiempos como el actual. Quizás lo único diferente sea la constatación permanente de la falta de originalidad. Decide salir a la calle.


Que agotador. La vida puede resumirse en la puesta en práctica de matrices agotadas, repetidas una y otra vez, con la esperanza de algo innovador que remueva de raíz lo que aparece como petrificado. Pero nada. El frío sigue calando hasta los huesos. Ella continúa navegando en su conciencia a eras enteras de su cotidianeidad. Inmóvilmente esquiva. Inalcanzable y próxima a la vez. La bella promesa de algo imposible de cumplir. La ciudad no le ofrece nada, camina sin más destino que dejar andar los pasos. Más allá de alguna esperanza, el sinsentido amargando cualquier afán.


Los días pasan inexorables. Vacíos. Del tedio de un verano encerrado pasó a la rutina de un invierno frío casi sin notarlo, bajo el sino de la expectativa incumplida. Como el eterno proyecto que nunca se concreta, o el gol que se niega a llegar. Pareciese que existen corrientes subterráneas que tienden a impedir doblarle la mano al destino.


El tedio instalado. Envenenando manantiales con su aliento gris. Se refleja en su mirada enrarecida el aburrimiento de no ver, pese al barullo formado, algún resultado. En esta oportunidad se necesita algo más que simple ansiedad adolescente. El peso de los años ya se siente sobre el lomo como un pequeño lastre adherido a la estructura ósea de su cuerpo. Afortunadamente aún no se hace insoportable, sin embargo es un lastre al fin y al cabo. Como una molesta mochila o una tímida joroba.


Las cuadras bajo sus pies se suceden por inercia. El aburrimiento cada vez más presente. La certidumbre de que los años lo alejaron del origen de la esperanza, le dala sensación de estar abandonado a la deriva entre un tiempo extinto y una vida vacía. Inútil. Perdido en un tiempo inmóvil. Vagando en medio de días congelados, de eras petrificadas, en la era del aburrimiento. Sintiendo tan sólo como el polvo va cubriendo sus escasos recuerdos.


Se detiene por fin, en una plaza desierta. Siente sin inmutarse como baja por su rostro una de las gruesas lágrimas que alguna se solidificaron en su garganta formando finas estalactitas grises. Su mirada, ni siquiera atina a extraviarse en algún horizonte imaginario. Simplemente se ha secado, ha apagado los restos de luz infantil que aún le daban vida.


2002