Mostrando las entradas con la etiqueta Soledad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Soledad. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de enero de 2009

Una mañana en el mundo - 2

Quién hubiese pensado, en medio de tanta quietud, que las semanas se iban a hacer días deshaciéndose en conflictos absurdos, rezagando esperanzas y olvidando problemas reales, que se vuelven invisibles de lo inabordables que se han tornado.

Sentado en bus, en una mañana sin tiempo, acompañado de anhelos remotos e imágenes inconexas, atraviesa un momento que ha permanecido aquí por siempre. Dándole la impresión de haber ya vivido este instante, perdido entre sus apuros cotidianos y los proyectos de siempre. Inmóvil. El mismo cielo, las mismas nubes, un villorrio extraído del siglo 19 y abandonado en el camino para recordarle la multiplicidad de niveles del tiempo.

Se siente vacío. No es hambre esta vez. Los días, las estaciones y los años pasaron con prisa. Junto con todo lo que iba a ser, los sueños de castillos en el aire y futuros maravillosos, de viajes a regiones que no existen y con gente de fábula. Todo ello perdido en algún recoveco del mundo, en alguna calle, en algún bar, en algún “sendero entre hojas llevadas por el viento". (como diría Rilke)

O en alguna playa, en un otoñal atardecer sobre el océano anaranjado, sobre la arena fría o las rocas húmedas. O quién sabe en que lugar. Aquí y ahora. Un cuerpo fatigado, vaciado, con la avidez vencida, rumbo al mismo lugar de siempre, alimentándose con desgano de campos, prados sembrados, colores primaverales y animales pastando. Campiña en permanente transformación, pero que permanece eternamente igual.

En él todo sigue igual, aunque algo opacado. Sus ideas empolvadas, los pantalones gastados, sus permanentes reacciones incoherentes, el clásico look infantil bastante envejecido y enmohecido. Ya van casi 23 años, y no parece desprenderse aún del lastre tedioso de los 18 rebeldes de todo el mundo.


jueves, 4 de diciembre de 2008

Del vacío al olvido - 3

Caen una a una, mecánicamente, las pequeñas hojas de un árbol que acaba de nacer, sin siquiera emitir un quejido. Algo que apenas asomó a la vida muriendo sin saber porqué. De cuantas certidumbre se pueden llegar a tener, sólo las menos optimistas reciben algún refuerzo, una y otra vez.

La ambigüedad permanente de no poder vislumbrar que está sucediendo, la ceguera constante de no haber sabido nunca nada concreto. Viviendo a tientas, en las sombras, entre ruidos, palabras, aromas y confianzas; en la ausencia de constancias, y el exceso de promesas. Recurrentemente, la nostalgia por los días que no llegaron a ser. El vacío, la sensación molesta de haber vivido esto antes. El vacío. La ausencia de sentido. La falta de entendimiento. La nada. Cual si solo eso hubiese sucedido, en el abrir y cerrar de ojos en que imaginó un sueño. Nada.

Todo continúa su marcha tediosa. De vuelta a lo de siempre. Nada. Algunos bailán con la fea, otros se aburren de hacerlo con la hermana, y otros simplemente se ponen a bailar sin música, ante la curiosa mirada del resto. Algún esbozo de sonrisa. Miradas apáticas. Rostros vacíos, gestos sin significado. La vida continúa.

¿Ella?, de vuelta a su vida, después del breve paso por el hotel, que por cómodo que sea no se compara con el calor del hogar. El volviendo a la falta de la suya. En verdad, cuando se es nómade por accidente, cuando estamos cansados, nos detemenos o seguimos a la intemperie rumbo a ningún lado, cuan agodedora nos peude parecer la tibia habitación de un hotel. ¿Qué hacer?, ¿dónde ir luego? Se acabó el dinero, y el sol huyó hace semanas. Recogen el decorado, se llevan la publicidad, apagan las luces y cierran el local. Recordando tan sólo una vieja canción de un tal Lennon: "... dream is over, what can I say? Dream is over, yesterday."

2004

sábado, 22 de noviembre de 2008

Del vació al olvido - 2

Ella es bellísima, aquello es incuestionable, si hubiese aparecido 4 años atras, antes del fin del tiempo, habría sido perfecto, pero muchas veces las mejores cosas de la vida no surgen cuando son realmente necesarias, o aparecen justo cuando no se les puede sacar el máximo provecho. Casi como jugar el pártido más brillante de tu vida en el momento en que ya no puedes aspirar al campeonato, y te conformas con estar en la mediana de la tabla.

Tras su sonrisa amable, y su cordial control de las situaciones, no es fácil aventurar el tipo de pensamientos que cruzan por su cerebro. A decir verdad, no se sabe realmente si le interesa averiguarlo, y mientras no se le ocurra volver a adoptar la acción de la inmovilidad, tal vez no sea necesario hacerlo. Mejor subirse a una pequeña rama y dejar que la corriente lo arrastre, preocupándose sólo de no volver a la orilla y de no estrellarse contra las rocas en los rápidos.

En este minuto lo que requiere su alma es paz, calma, movimientos predecibles, limpiar su mente del óxido adherido por años. Dejar de buscar tanto sentido a las cosas que pasan y aceptar que lo hagan. Quizás lo único en que esté fallando es el no haber aprendido aun a hablar, a decir las cosas adecuadas, aquellas que se esperan oir, para volver debidamente al rebaño del que huyo en el tiempo en que todo parecía posible y el mundo se habría demasiado hermosos y enorme como para dejarlo escapar.

Descansando en la noción de que todo pasa por algo, aunque no sepamos qué es, es más sano entregarse a la inercia, sin miedo a lo que vendrá, pero carente de expectación. La inocencia finalmente lo abandonó, sin lanzarlo a la desconfianza, simplemente lo dejó en manos de la indiferencia. Tal como cantaba cierto compositor que se resistió (sin lograrlo) al reconocimiento: "how much difference ... does it make".

Los días continuarán. A cada periodo de sol le sobrevendrán noches nubladas como esta, y a cada aguacero el renacer de una mañana despejada, sin importar demasiado si seguimos aquí, o no, para contemplarla.


2004

sábado, 8 de noviembre de 2008

En todo comienzo subyace el germen del final - 2

Es ya medianoche. Silenciosa, la urbe se apresta a un día muy agitado en unas horas más. Los árboles, plenamente enverdecidos alegrando los cada vez más frecuentes días despejados. Los semáforos repiten incansablemente su rutina tricolor, como una puesta en escena sin público, en el abandono de calles desiertas, como si tuviese alguna relevancia.

Noche aún oscura. Sin frío ni viento. En medio él, sosteniendo una de tantas conversaciones con su ausencia. Monólogos interrumpidos por el vacío. Conversaciones de existencia irreal, sin otra respuesta que la nada. De pie, la mirada clavada en la oscura silueta de los árboles. Se respira una tensa calma. Lucha por no endosar frases e intenciones a quien no abre la boca; por no dejar fluir conversaciones imaginarias. ¿Cómo hacer para no autoconvencerse de la elocuencia de la falta de eco? Cual si no hubiese más que una construcción mental germinada en su cerebro.

Cada día que se evapora del mar del tiempo abre, entre estas escasas cuadras, un abismo incomprensible. Está ahí, a sólo un taxi de distancia, pero ya irrecuperablemente lejos, casi como si jamás hubiese existido. Que asombrosamente cíclica es la vida. Debe haber algo que no alcanzo a resolver la vez anterior para que, apenas pasado un año, se encuentre en una situación similar. Ciertos patrones se repiten invisiblemente una y otra vez.

Espera prestar algo más de atención esta vez. Personalidades opuestas, circunstancias disímiles, condiciones muy distintas y sin embargo el mismo resultado adverso. Un extraño complejo de Ariadna invertido. Ellas evadiendo, alejándose a vidas completas de la suya y él expulsado, al margen, al olvido, fuera de las tablas, como si el contrato hubiese caducado, o la temporada llegase a su fin. Sentado sobre la arena de una playa conocida, fumando el enésimo último cigarro, con la mirada perdida en el horizonte y los ojos pidiendo una explicación.

2003

martes, 4 de noviembre de 2008

En todo comienzo subyace el germen del final

I

Enredado en la costumbre de leer entre líneas, develando los significados implícitos de la frases aparentemente neutras, se aferra a una taza de café, cual si estuviese en la antesala de un gran descubrimiento. Trata en vano de racionalizar el contexto, para tornar inteligibles los acontecimientos ocurridos hasta ahora. Se encuentra preso de la imposibilidad de encontrar el significado de la falta de ellos. Ahogado en la estéril intención de codificar los mensajes que emanan de esta suerte de inmovilidad, del vacío de situaciones.

Podría comprender el sentido implícito de frases lanzadas en determinadas circunstancias, podría entender gestos y declaraciones de intenciones y deseos. Pero, ¿cómo hacer para comprender una situación, cuando la ausencia de eventos se multiplica en la ambigüedad del silencio?. Cuando los días no dicen nada, cuando las actitudes se hunden en el anonimato y no se sabe si lo que iba a ser será, o si lo que no, puede llegar a ser.

¿Cómo saber?. ¿Qué ha cambiado y qué sigue inalterable?. Optando por la paciencia de dejar que las aguas sigan su curso, se perdió en conversaciones inconclusas, hasta volverse inexistentes. De pronto, de tanto estar en la sala de espera empieza a preguntarse si no habrán dejado de atender. ¿Qué hacer?, ¿irse cabizbajo, decepcionado de no saber si se decidió el futuro o no, con el riesgo de perder el turno, o esperar pacientemente a que lo llamen, sin saber si lo harán o no?

Con la sensación de haber sido olvidado, como una hoja en un vendaval, le inmoviliza no saber cual es el estado de las cosas. Ciego y sordo, no se atreve a decir palabra por temor a arruinar lo que a sus espaldas se podría estar incubando, sin tener certeza de lo que es, sabiendo que optar por la quietud y la inercia es en sí una acción. El acto de la inmovilidad, la opción del silencio.

¿Qué actitud adoptar ante las cosas cuando se desconoce en que estado están?. Contradictoriamente la única certeza que se vislumbra es la constante presencia de la incertidumbre, haciendo oídos sordos a lo que se intuye.

2003
Continuará

viernes, 31 de octubre de 2008

La costumbre del vacío - 10

La soledad estacionaria no se quiebra. El vacío se alimenta de la ausencia. De la perdida de sentido, de la muerte de los sueños, de la frialdad mecánica de las rutinas humanas. De la falta de un motivo real para permanecer toda una vida desperdiciando el tiempo por aquí. El sinsentido se torna incontrarrestable. Quién sabe, quedan aún incontables cincuenta años más (irónicamente “sin cuenta”) a la espera de la constatación final de su falta de humanidad y de que nada ocurrió realmente.

De las inmensas profundidades de toda una era olvidada vuelven elocuentes las frías masas australes a cubrir la falta de movilidad. Abruptamente nos muestra el invierno la fragilidad de todo a nuestro alrededor. El tiempo extinto paseándose entre la ventolera mientras se arrastra a sus pies las primeras hojas de marzo. Superponiéndose en un acelerado mosaico temporal, días gastados, irremediable se cruzan con el vacío de los que han de venir. Todos juntos, confundidos unos sobre otros, yuxtapuestos en una híbrida mezcla de sensaciones añejas y expectativas futuras. Los días de vuelta haciendo explotar la linealidad del tiempo.

Ha de ser el caos del fin de una época o el anárquico desorden de las hojas del calendario. Da la impresión de que se podría entrar a vivir cualquier momento. Elegir al azar minutos ya vividos, desempolvándolos e intentar volver a darles vida. Pero que remedio, más allá de una ventolera, y su temprana hojarasca, removiendo sensaciones trasnochadas e imágenes caducas, poco queda finalmente. A diferencia de muchos otros, sabe que no volverán aquellos días mágicos donde se paseaba la esperanza por cada pequeño espacio. Ni tampoco las personas que otrora parecían durar para siempre.

Finalmente cayó la noche, imperceptible, irrelevante. Una vez más. En silencio. Sin otro motivo que la mecánica costumbre de dejar pasar las horas. ¿y ahora qué?. Se preguntará más de alguien. Nada. Sólo la inercia se siente verdadera. ¿El resto?, mudos testigos de una era que jamás nos perteneció, simplemente nos echamos a dormir un rato para seguir luego lidiando inconscientemente contra el eterno paso del tiempo. Alimentando, de paso, la ingenua ilusión de que algún día llegue a suceder realmente algo.

2003

lunes, 27 de octubre de 2008

La costumbre del vacío - 9

Por alguna misteriosa razón que aún no alcanza a desentrañar, cada vez que cree haberse librado, por fin, de la presencia de su ausencia, vuelve ella a reafirmar bruscamente su soledad. Sin importar cuantos días desaparezcan inútiles frente a él, ni cuantos kilómetros insista en recorrer en busca de algo incapaz de llenar este vacío, ni cuantas mujeres pierdan su tiempo a su lado, aquel espacio en el que no está permanece inalterable, inmenso.

Cuanta fragilidad. Basta con una mirada, para desarmar su afán de olvidarla. Sigue ahí, a una llamada de distancia, a un par barrios de su habitación, y a vidas enteras de la suya. La nostalgia cíclica de la posibilidad de haberla tenido a su lado es suficiente para que nada vuelva a cobrar sentido.

Sin pretender librarse de la desgastadora inercia del tiempo perdido, con un hilo remoto de confianza en el porvenir que se niega a morir, continúa aquí. Inmóvil. Fumando. Inútil. Sin ánimo ni energía. Esperando a que las cosas cambien, se decida a aparecer o se desvanezca. Nada cambia, nada ocurre. Todo se revuelve, los días se gastan cual si no existiesen, Las estaciones siguen su andar continuo, indiferentes, envejeciéndole. Finalmente, la totalidad prsea de un movimiento que lo deja todo igual.

2003

martes, 21 de octubre de 2008

La costumbre del vacío - 8

El azote tosco de una árida ventolera del desierto norteño como marco permanente ha quedado tempranamente en el olvido. Añadiendo un par de nuevas arrugas a la prematura vejez de su cuerpo. Nuevamente, bajo la mirada cansada de la luna en decadencia, comienzan a agotarse las reservas energéticas acumuladas durante largas semanas deambulando por la enorme diversidad de rincones que guarda muda la sequedad infinita del desierto.


El iluso amago de una historia verdadera se deshizo entre la inmensidad sin nombre, borrada por el viento incesante. En cierta medida se siente trasplantado a un momento que no parece pertenecerle en absoluto, como si el alma hubiese despertado de un letargo imperceptible en una era ajena. Extrañamente el acostumbrado vacío de la pérdida, ha dejado lugar a la limpieza de un cuaderno en blanco, esperando escribir sus líneas con lápices que aún no han sido creados.


Ahora la labor de la paciencia no consiste en aguardar el final, como de costumbre, sino por el contrario crear los medios para construir un comienzo. Carente de estructuras, proyectos y planes, en el espacio vacío que queda al otro día del final, quizás sea tiempo de reinventar una rutina, imaginar un futuro y empezar a trabajar para llegar a él.


Cuantos damnificados queden de este cambio de era, no tiene ninguna importancia, ya no constituye un lastre ni una carga, de hecho no son más su responsabilidad. Indiferente a los restos botados al costado de tanto camino recorrido, ha llegado a un momento donde se abre todo un horizonte, sin sentimiento alguno de culpa. Es extraño, no hay duda, pero el tiempo lo situó en un lugar donde ya no prolifera, como antaño, la corrosiva costumbre de la autoflagelación. Las recriminaciones parecen parte de una historia antigua, carente de realidad. De ahora en más, algo de materialidad, frío pragmatismo y largarse a vivir la vida por el mundo.


Los sueños de amores inconclusos y futuros irrealizables, se quedaron prendados de algún valle solitario junto a las sombras alargadas de un atardecer eterno. Quien sabe, tal vez por fin pueda comenzar a andar sin esa molesta sensación de haber errado el camino. No por nada los senderos y las bifurcaciones distractoras han terminado, fundiéndose en un llano interminable, en una planicie perpetua. Apenas el último eslabón de una adolescencia rancia sobrevive aún a la contundencia del fin. Como un fósil adherido a una roca dormida.


2003

lunes, 28 de julio de 2008

La costumbre del vacío - 7

II

Hoy se siente particularmente solo. El breve espacio de su departamento se le hace insoportable. Se siente al margen de todo el torbellino que alguna vez prometió en convertirse en su vida. Extraviado en aquella fría inflexión del devenir, entre la certidumbre de un anónimo futuro estéril y la posibilidad de largarme lejos, sin que nadie llegue a notarlo.


Dentro, una molesta inquietud revuelve amargamente la constatación de la total falta de movimiento. Apenas el sonido de una radioemisora, que le recuerda otro tiempo, se atreve a interrumpir el silencio de una noche inútil. Brotan por todos lados sombras aburridas de personas que alguna vez pasaron por ahí. Mares silenciosos de rostros, recuerdos, palabras mudas de conversaciones interrumpidas. Tanta gente que los zarpazos del paso del tiempo arrojó a una infinidad de caminos, intrincados y de rumbos desconocidos. Lejos. ¿Cuántos lazos se cortaron?, ¿cuántas llamadas se ahogaron en el miedo a dar la vida por alguien?


No es únicamente el estar, efectivamente, sin compañía. Ni que sea el aniversario de su nacimiento. La lucidez que dan los años deja ver con nitidez que el vacío se ha incrementado. Cual si estuviese en los descuentos, soñando con dar vuelta el partido para lograr la clasificación, el tiempo pasa desvaneciendo las esperanzas, aguardando el momento adecuado para poner la lápida. Lleva cuatro años negándose a morir, a rendirse. No obstante ya no parece haber nada más que hacer que esperar el pitazo final.


La permanente constelación evanescente de sonrisitas pululando ha comenzado su proceso inexorable de extinción. Sólo quedan ecos de promesas al aire, el aroma lejano de perfumes en desuso, el recuerdo de enredos de sábanas, un puñado de fotografías amarillentas, y extraviadas libretas de teléfonos empolvándose en alguna caja en el fondo de la bodega. Todo listo para el fin.


Las opciones son sólo dos. Quedarse a reafirmar la derrota, la muerte del espíritu, o irse a vidas completas de distancia. Cerrar este cuaderno y partir a buscar un resto de vida a alguna parte. Sea lo que fuere lo único inalterable es la soledad.


Lentamente, invisible e inevitable, llega la lluvia a interrumpir la quietud lánguida de un verano opaco. Se cierne el invierno sobre nuestras vidas, cual si ya no quedase espacio para albergar una esperanza. Los sueños sepultados en el gris de una ciudad inmóvil. El amor carcomido por la indiferencia reducido a la negligencia del acostumbramiento. Van a comenzar los próximos cuarenta tediosos años de una vida rutinaria, con escasas luces. La actuación, finalmente, sin aplausos, ovaciones, ni pifias, parece haber llegado a su fin.


2003

domingo, 6 de julio de 2008

La costumbre del vació - 6

I

Tal como escribí alguna vez en hojas ya perdidas en el olvido, cualquier comienzo confundido en el ocaso, ¿nace un día o se sella un destino?. Todo comienza y muere a la vez. Sentado al sol frío de un fin de año muy extraño, en un paréntesis que le dio la costumbre de perpetuar la falta de vida, mira alrededor. Se extienden solitarias las sombras jóvenes de un domingo inmóvil. En silencio, como en un escenario preparado horas antes del inicio de la obra, todo sigue en orden. Limpio. Vacío. A la espera de la marcha continua de las horas, envuelto en un quieto manto de incertidumbre, en la antesala de un cambio radical.


Se mezclan asimétricamente una sensación de eternidad sólida, cual si en el mundo no existiese fuerza capaz de hacer cambiar algo realmente, y una extraña certidumbre de que este marco no puede durar mucho tiempo más. La inmovilidad enfrentada a lo inevitable. La contundencia incontenible del avejentamiento desafiando la precocidad infantil de la seguridad imperecedera. Si fuese gato (en cierta media lo es, según el horóscopo chino) sería ésta claramente la antesala de su cuarta vida. O el momento de tranquilidad que antecede al cambio de piel de las serpientes.


Por mucho que en una remota y rebelde zona de su alma se enciendan anhelantes las luces de la esperanza, es mayoritaria la certeza de que demasiada es la arena que arrastró el viento como para empezar a barrer la playa. Nada ocurrirá mañana, eso lo sabría hasta el más ingenuo de los ilusos. Desde hace mucho que la elocuente risa de lo incierto no se instala en su vida.


La magia quedó colgada, como un trapo viejo, en las ramas desnudas de los recuerdos adolescentes. Los años no pasaron en vano. Los días ya no resultan sorpresivos y maravillosos, como en los años en que brillaba el sol sobre nuestras cabezas. Hoy en día, todo es más lento, predecible y mecánico. Cual si en un cambio generacional le hubiesen restado todo protagonismo relegándolo a papeles secundarios en la obra de nuestras vidas.


Ella va a estar presente, es evidente. Probablemente remueva sin saberlo un par de sentimientos añejos y trasnochados, pero ya sin influencia en el mando de su estado de ánimo. Se va a ver hermosa, distante y alegre, como siempre. Pero apenas alcanzará para despertar una tímida sonrisa nostálgica. Es demasiado tarde. Pero, ¿de que extraños rincones emana esta sensación de inquietud?. Será acaso que más allá de cualquier constatación empírica o conclusión lógica, aún le tememos al poder de lo inesperado.


2003 (continuará)


domingo, 15 de junio de 2008

Fragmentos inconexos - 4

Noviembre, al medio día.


No es errado suponer que el sitio al que debe llegarse buscando la esencia de lo que se era no debiera estar lejos del lugar donde se consumó la fuga. Lo problemático surge cuando, al volver a abrir los ojos hacia atrás, se constata que tal lugar dejó de existir hace ya demasiado. Mientras enceguecidos en sus afanes mundanos, irreflexivamente, sólo se piensa en llegar lo más alejado posible del punto de partida. Sin querer, ni saber como hacer para volver algún día.


Considerando el particular sentido del humor de la vida, en estos momentos, cuando resulta imposible obviar la presencia predominante del vacío, parece no quedar más alternativa que buscar entre los vestigios de lo que alguna vez los expulsó. Atisbos, sombras silenciosas, alguna luz, un recuerdo empolvado, una razón, por mínima que esta sea, que le de algo de sentido al hecho de seguir, tras cada nuevo montón de días inútiles, viviendo en este mundo. Si en un inicio fue huir para rehacerse, una vez rehecho o al menos de pie, necesariamente se ha de volver a la raíz para ver donde ir luego.


Pero deteniéndose a analizar. A pensar un poco, ya saben, a desentrañar los enredos de su desempeño en esta vida, finalmente qué le ha dejado el paso de un cuarto de siglo por el mundo, sino la amarga sensación de haber desaprovechado la gran mayoría de sus días.


Se han vivido, tal vez, los 25 años más infructuosos que se puedan vivir. Llegando al estado de sentir el paso de los días con indiferencia, alimentando el desapego bajo la inercia plana del tiempo perdido. Cada nueva mañana levantarse, como suele hacerse, para repetir una y otra vez una rutina que ayude a estructurar el paso de las horas. Viendo desvanecer, con total displicencia, lo poco de real que va quedando dentro. Obsesionado con la mecánica manía de seguir esperando encontrar el espacio extinto donde se forjó hace ya incontables años algo verdadero. Pero sin hacer nada concreto para lograrlo, más allá de buscar refugio, escuchando los sonidos más bellos en las cada vez más breves cavernas de soledad.


Aún se conserva la certidumbre de que la belleza es lo único capaz de devolverlos al lugar donde el espíritu asfixiado consigue salir a mirar el mundo. Si bien, esta vez, la belleza no vino con ella, al menos alcanzó para remover un poco la paciencia inconmovible de la estructura pétrea de su andar por la tierra. Dejó entrar tibios rayos de luz sobre el lomo de su alma dormida. Un breve arrebato de belleza, como un flash en la noche, se coló intruso, justo por la abertura donde la tristeza rompió el cerco.


2001

viernes, 9 de mayo de 2008

La costumbre del vacío - 4

IV

Un frío rayo de sol lo despierta. Sabe que la constante presencia de su ausencia le nubla el sentido de la esperanza. No está en condiciones de decir qué quiere hacer, dónde quisiera ir, cómo le gustaría vivir los próximos años, pero sabe que no puede seguir igual. La perdida de la esperanza de estar con ella desparramó el corrosivo líquido de la incertidumbre y el desaliento por la superficie de sus días. El breve paso de ella por su vida dejó abierto un espacio vacío que se va enanchando paulatinamente hasta inmovilizarlo. A lo único que puede tender es a la contemplación en silencio. Cargar un poco de energía y así poder seguir, al menos, repitiendo mecánicamente una rutina sin sentido, con la única intención de no desvariar.


Sabe bien que nunca será lo que ya no fue. E incluso, parece estar seguro de que jamás fue quien alguna vez esperó que fuera. Pero, ¿qué puede hacer?. Removió su estúpida actuación despreocupada hasta lo más profundo, desnudándola, no ante el mundo al que bien poco le importa, sino frente a él. Fue el más despiadado espejo de su estupidez. Paradójicamente él la ama y ella lo detesta. Él vive pensando en encontrarla en cada esquina, y ella espera no volverlo a ver.


Lentamente ha ido acostumbrándose a los días sin la presencia de la esperanza de un futuro hermoso. Hasta han ido apareciendo algunos rayos de sol entre las nubes oscuras. Pero de pronto aparece, inesperada, su nombre resuena en boca de otros como una daga clavándose silenciosa en su abdomen. Todo da vueltas, su suave figura rondando en su mente, el recuerdo de los días que nunca pasaron. Todo lo que iba a ser y nunca ocurrió. Su ausencia tan presente como siempre. Luego invade burlona y sarcástica sus sueños, para que no quepa duda que ni siquiera le está permitido dormir en paz.


En algún lugar la vida se debe estar riendo de su falta de contundencia. Con el etéreo paso de un perfume leve, un par de voces por aquí y por allá, y de súbito se derrumba. Vino se paseo, pensó en quedarse y antes de atinar a hacer algo se evaporó, dejando sólo el espacio vacío que nunca pensó seriamente en llenar. Así simplemente. A pesar de lo aparente continúa pensando en ella cada día. La ama, y quién sabe, quizás nunca deje de hacerlo. Adherida como está a cada rincón de su existencia cotidiana no puede sino aprender a cargar con el lastre de haberla perdido sin nunca haberla tenido.


Los meses lentamente abren la perspectiva de la primavera. La molesta presencia chillona del despertador consigue por fin arrebatarlo de las garras de sus sábanas. Despierta. Ligeramente mal humorado. Sabiendo sin reconocerlo que no tiene relevancia levantarse o no. Que el ritual matinal de saltar de la cama, ducharse, vestirse y desayunar no tiene mucho sentido, pero de todos modos es mejor llevarlo a cabo. Hoy se le hace más difícil arrimarse al mundo.



2002

miércoles, 7 de mayo de 2008

La costumbre del vacío - 3

III

Despierta un día cualquiera, con la sensación de haber vuelto al mismo punto. Afuera, la ventolera continua inalterable. La vida se tuerce en una espiral en la que cada nuevo paso da la impresión de haber sido dado en un sendero ya conocido. Cuando la vida quería volver echarse a andar, el peso de la misma atmósfera aplastante, trajo el tedio de vuelta. Cual si ya todos los días hubiesen sido vividos de antemano, o se enfrentase a una exasperante esterilidad. Nada nuevo emerge de tiempos como el actual. Quizás lo único diferente sea la constatación permanente de la falta de originalidad. Decide salir a la calle.


Que agotador. La vida puede resumirse en la puesta en práctica de matrices agotadas, repetidas una y otra vez, con la esperanza de algo innovador que remueva de raíz lo que aparece como petrificado. Pero nada. El frío sigue calando hasta los huesos. Ella continúa navegando en su conciencia a eras enteras de su cotidianeidad. Inmóvilmente esquiva. Inalcanzable y próxima a la vez. La bella promesa de algo imposible de cumplir. La ciudad no le ofrece nada, camina sin más destino que dejar andar los pasos. Más allá de alguna esperanza, el sinsentido amargando cualquier afán.


Los días pasan inexorables. Vacíos. Del tedio de un verano encerrado pasó a la rutina de un invierno frío casi sin notarlo, bajo el sino de la expectativa incumplida. Como el eterno proyecto que nunca se concreta, o el gol que se niega a llegar. Pareciese que existen corrientes subterráneas que tienden a impedir doblarle la mano al destino.


El tedio instalado. Envenenando manantiales con su aliento gris. Se refleja en su mirada enrarecida el aburrimiento de no ver, pese al barullo formado, algún resultado. En esta oportunidad se necesita algo más que simple ansiedad adolescente. El peso de los años ya se siente sobre el lomo como un pequeño lastre adherido a la estructura ósea de su cuerpo. Afortunadamente aún no se hace insoportable, sin embargo es un lastre al fin y al cabo. Como una molesta mochila o una tímida joroba.


Las cuadras bajo sus pies se suceden por inercia. El aburrimiento cada vez más presente. La certidumbre de que los años lo alejaron del origen de la esperanza, le dala sensación de estar abandonado a la deriva entre un tiempo extinto y una vida vacía. Inútil. Perdido en un tiempo inmóvil. Vagando en medio de días congelados, de eras petrificadas, en la era del aburrimiento. Sintiendo tan sólo como el polvo va cubriendo sus escasos recuerdos.


Se detiene por fin, en una plaza desierta. Siente sin inmutarse como baja por su rostro una de las gruesas lágrimas que alguna se solidificaron en su garganta formando finas estalactitas grises. Su mirada, ni siquiera atina a extraviarse en algún horizonte imaginario. Simplemente se ha secado, ha apagado los restos de luz infantil que aún le daban vida.


2002

jueves, 17 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 7

Un nuevo día. El hiriente brillo del sol por la mañana, parece querer quemarle la retina. Son recién las 7:30 y apenas puede mantener lo ojos abiertos, enceguecido por la luz. Cabizbajo y somnoliento se arrastra de la cama a la cocina. En una mano un café cargado y dulce, en la otra un cigarro. Se tiende sobre la cama, esta vez no está atrasado como de costumbre. Afuera, lloran los cachorros de la perra de la casa vecina, se escucha el pasar de los automóviles y las bocinas de los microbuses como atizándolo a salir pronto a la calle. La reunión es a las 9:30, y ya ha perdido media hora donde vueltas inútiles. En vez de estar perdiendo el tiempo en urgencias sin importancia debería estar despertando viendo la majestuosidad de las torres del Paine, sin otra ocupación que perderse en su contemplación, sacar fotografías y recorrer sus senderos.


Algo confuso. De un sitio aún inconcebible, me quieren extirpar de la vitalidad de este frío rincón del planeta. El mar sin violencia, pero con asombrosa energía sumerge de cuanto en cuando las negras arenas de este confín. Abrigada al amparo húmedo de la tierra oscura, una rústica construcción de piedra laja y techo de paja alberga el sueño de alguien a quien llaman “Odín”, que no atina a despertar. La brevedad de un invernal día boreal llega rápidamente a su fin. En el lejano horizonte, dibujado por suaves y tristes lomas verdes, el destello de un atardecer rosado y damasco se pierde en la negrura de nubes densas que ofrecen un final inminente. Sobre la playa, enterrando suavemente sus pies descalzos en la arena, ella viene a mi encuentro. Simple y jovial. Silenciosa y decidida, me toma de la mano con una sonrisa infantil y me sumerge en la oscuridad confusa del oleaje manso. Y el ruido siempre ahí. Constante. Indeterminado. Repetitivo, Alejándolo de este gélido paraje de ensueños.


Abre lo ojos. Son las 8:30. El sol, hiriente como siempre, encegueciéndolo. Está sudado. La mañana recién inaugura otra jornada de trabajo y ya es sofocante. Está atrasado. Salta de la cama, se ducha, afeita y viste, mecánicamente en quince minutos sin pensar en lo que está haciendo, por simple costumbre. La mente en blanco, como si buscara volver a quedarse dormido. Toma un café y parte resignado a la calle. El autobus demora tan sólo el instante eterno en que por fin logra despertar en llegar al centro.


La sala de reuniones está más vacía que de costumbre, se alegra. Luce cansado. No se preocupa, sabe disimular bien. Otros, sin embargo, a vidas enteras de él, donde debiera estar sentado en silencio y con la mirada perdida, cargándose de energía en el frío magnetismo de la torres del Paine. Entrega el reporte de su grupo de trabajo, las comunas de Santa Bárbara, Yumbel y Antuco, están casi cubiertas, y han avanzando más que ningún otro grupo. Palabras al oído. Sonrisas. Lee la satisfacción de su joven jefa en una leve agitación de sus manos y una sutil expresión de su rostro. Su mente en otra parte, tal como ha estado desde que comenzó el viaje que jamás será llevado a cabo. Pero, ¿qué hacía ella en mis sueños? – piensa.


Continuará (2002)

martes, 15 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 6

Los días siguen su rumbo mecánico, como un engranaje imparable. Se suceden reuniones, salidas, informes, balances, rendiciones de cuentas, como parte de una puesta en escena involuntaria, casi por inercia. En el rostro, la acostumbrada sonrisa controlada, que no deja ver nada más. Es la clave, pocas palabras pero corteses, expresiones controladas pero amables, emociones guardadas en el departamento, y los sueños olvidados a vidas enteras de aquí.


Aún así, siguen presentes lo deseos de estar lejos, entregado al placer de conocer los secretos del alma humana o, simplemente, ver otras gentes, otras vidas que le den breves bocanadas de aire puro. Preocupante. Cada noche, más solitaria que la anterior, como si fuera posible; y lo de siempre, sentarse en la ventana a ver pasar la vida y recordar. Pederse mirando las pocas estrellas que se dejan ver, con un par de cigarrillos y música, acostándose, luego, cada vez más tarde.


Cierto orden de expectativas, acuñadas en el tiempo en que parecía que las cosas iban a resultar bien, a pesar de la contundencia de los antecedentes, siguen guardadas en el ropero o empolvándose en cajas bajo la cama. Hubo un tiempo en que se abría cada día con una novedad, alimentando sueños. Luego vino el largo y pausado período en que se aquietaron las aguas, pero con la presencia viva de la esperanza, flotando por la habitación, reviviendo con cada llamada telefónica. Hasta que el tedio cubrió con su fina capa de sarro polvoriento cada pliegue de todo cuanto le rodea haciendo perder hasta la capacidad de asombro. De la efervescencia de ir descubriendo posibilidades pasaron en silencio, haciendo oídos sordos a los delirantes llamados del mundo, a repetir una y otra vez la ritualidad vacía de ser humanos en un mundo imposible de cambiar. Formateado y organizado de antemano.


Amaneció un nuevo día. El aburrido imperio del sol suplantó a la melancólica presencia del invierno veraniego, recalentando el cemento bajo los pies, reflejándose en vidrios, ventanas y autos. Encegueciendo y regalándoles tras cada atardecer la suavidad de noches sin frío, en las que sin nada más que hacer, se dejan pasar las horas con negligencia a la espera de un nuevo día. En el cual, sabe con antelación que nada dará un giro radical, y todo continuará tediosamente igual. Así sucesivamente hasta que terminen de consumirse los meses. Quizás sea mejor irse a dormir, a pesar de las evidencias esta esterilidad vital no puede ser eterna.



Continuará (2002)

sábado, 12 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 5

Y siguieron pasando los días. Prontamente, los pajaritos que dan la bienvenida al sol, volvieron a entonar sus alegres melodías. Una fresca luminosidad matinal, fue dejando en el olvido la somnolencia gris del amanecer de unos días atrás. Con ella, el velo oscuro de la desesperanza fue dejando paso a la soleada resignación de la soledad.


Pasaron ante sus incrédulos ojos, que al cerrarse se ven cruzando el estrecho de Magallanes rumbo al sur a perderse en la “Finnis Terrae”, toda la intrascendencia de sábados, en los que por fin está empezando a despertar sin resaca. Tras ellos, domingos aletargados, con sus partidos de fútbol de ligas que no apasionan por estas tierras y que bien poco le importan a la gente. Horas completas frente al computador preparando un informe, y dejando irse a los pies a cruzar las zonas residenciales que lo separan de la casa de alguna buena amiga.


Si bien, lago Blanco aún no puede concebirse en su falta de memoria, con su implacable viento gélido y sus temperaturas polares, ¿cómo imaginar lo que apenas se intuye?, al menos el teatro volvió luego de mucho tiempo por estos lugares, a endulzar un instante los espacios de vida de quienes se quedaron engrillados a la realidad.


Como suele suceder, con sus imperceptibles ritmos, la vida continúa. Ocaso tras ocaso, las horas se deshacen en noches cada vez más largas. Lentamente, como si el verano durase para siempre, transcurren los días despreocupadamente sin detenerse a pensar en cuan rápido pasaron al olvido.


Una frecuente sensación de aire rancio, tornando mustia la atmósfera de estos días inútiles. El mundo en standby. Cada uno de los que siguen andando por estas calles, cada mañana, apurados y serios, cual si fuese relevante seguir dándole cuerda a la vida cotidiana, con una mueca rígida en el semblante continúa adelante, sin parar, tediosamente con la sospecha de estar viviendo días usados, repetidos y cansados, sacados de un calendario reciclado. Aquellas jornadas que sobraron en la fabricación de cosas interesantes. Helos aquí viendo quemar sus jóvenes arrugas en el más extendido de los anonimatos. Cientos, miles, entrando y saliendo de multitud de oficinas. Realizando incontables trámites y gestiones, sin mayores rasgos de utilidad, en la eterna búsqueda de dotar de sentido al vacío.



Continuará - 2002


viernes, 11 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 4

El día despertó tarde. La sensación de tristeza y soledad lejos de aplacarse, alcanzó su peak. Las negruscas masas nubosas, que trajo la vaguada costera, se compactaron de tal modo que se aguardaba inminente un aguacero. Casi como si el clima supiese de sus estados emocionales, le dio un día acorde con ellos. Se levantó cansado, esperando ver cuantos se acordarían de él y, sabiendo que, por diversos motivos, serían pocos este año, se resignó de antemano.


Se respiraba una extraña falta de alegría. Sea porque se sentía, irremediable, cada vez más anciano, o porque por primera vez en su ya no tan breve existencia fue consciente de que el tiempo no solo pasa, sino que se pierde para siempre. En cada uno de sus movimientos controlados, la sensación de vacío, fracaso y soledad, fueron tiñendo desde el inicio aquel deprimente viernes de enero.


Al menos no debía trabajar. Claro que la falta de ocupación le ofrecía un día estéril, inútil, vacío, hasta caer en cuenta que casi no tenía vida. Esperando, nadie sabe bien qué; negando, sin asumir la contundencia del paso de las estaciones, se marchitó la gran mayoría de todo lo que anduvo sembrando por ahí. De frente a la ventana de su pieza, a medio vestir, no dejaba de pensar en ello. Sabía bien, que cuando debió dar ciertos pasos adelante, cerró los ojos. Se sentía más negligente que nunca, como desde hace muchos años no lo hacía. ¿De donde venía toda esta ausencia de sentido?


No habría que subestimar la posibilidad de que lejos de su pequeña rutina pueblerina, a cientos de kilómetros de su ahogo, tal vez no habría tanto espacio dado a la desesperanza, y que ella sólo aflore cuando los pies dejan de andar, cual si decantara la suciedad de un caudal en el lecho de la conciencia. Quizás sólo necesite aire y algo de oxígeno para renovar sus energías, bocanadas de aire fresco, ventoleras venidas de otras tierras, o derechamente ir a pederse a otras latitudes.


Quien sabe, quizás ha de deambular, como lo debe estar haciendo parte de su alma, por los rincones de la tierra del fuego. Entrar a Cerro Sombrero, y recorrer sus pequeñas calles en busca de algún vestigio que el hable del paso de su primer amor por aquellas australes tierras, hace casi 20 años, cuando apenas se abría a la vida. O perder la vista tras la estela de polvo dejada por la huida aterrada de familias de ñandúes.


Está consciente que en buena parte es sólo cansancio existencial, por no haber sabido resolver aún los dos grandes temas que arrastra desde hace años, y que parecen haberse petrificado en el ultimo tiempo: La independencia y el amor. Da un breve suspiro, cierra la ventana, apaga la música, se ata los cordones de los zapatos, y sale al encuentro de una mañana moribunda y grisácea, con un cigarrillo en la boca. Para darle algo de sentido a un día que sabe, va a ser muy largo.



Continuará (2002)

domingo, 27 de enero de 2008

Perdido en la inmensidad - 6

VI

Si anidase la soledad en algún pueblo, probablemente elegiría un lugar como este. A casi 3.700 metros de altitud, donde se levantó en un tiempo inexacto Enquelga, entre cerros despoblados y rebaños de llamas, bajo el golpe inclemente del sol y de un viento seco.

Si no fuese por un par de parroquianos sacados de un libro de viejas historias andinas que aparecen de tanto en tanto a ver la novedad que significa un grupo de viajeros en este rincón olvidado, sencillamente este sitio pasaría por pueblo fantasma, cual resabio de una era extinta.

La tarde, que bien podría ser de cualquier año, descansa adormecida por la luz del sol, ante la vigilante mirada de enormes volcanes y montañas apenas nevadas. Entre la polvareda y el bofedal poblado de auquénidos pastando eternamente ajenas al paso de los años y las estaciones, la vida parece haber olvidado continuar su paso en estas lejanías.

Como extranjeros en una lejana y olvidada región del pasado, aplacamos nuestro apetito acompañados por un anciano surgido de la profundidad del polvo y la nada, cual si no existiera. Del mismo modo que esta pequeña aglomeración de casas, que rodea a una vieja iglesia estucada con cal, que insisten en denominar pueblo.

Se respira la sequedad infinita, bajo un halo de atemporalidad que no deja de sorprender. La inmensidad árida del desierto aguarda nuestro regreso desde los confines del tiempo. Los años se olvidaron de pasar por el altiplano, a tal grado, que no sorprendería toparse con una caravana de conquistadores españoles del siglo XVI, mientras permanecemos aquí, en silente espera, quemándonos, esperando saciar nuestra falta de buena alimentación, para proseguir adentrándonos hacia el fin del reino del tiempo extinto.



VII


Rugen bravías y pausadas al unísono, una y otra vez, las heladas aguas del océano pacífico, como si quisieran quebrar el sueño inmutable de los cerros. Mudos testigos del paso del sol calcinando la sequedad del mundo, hasta que desgastado ahoga su impotencia anaranjada más allá del horizonte.

Permanecemos sentados, tendidos, sin más que hacer que dejar pasar las horas. Al final de este viaje, como dijiera alguien por ahí, en la soledad de las playas atacameñas, con el rumor permanente del pacífico, y el cansancio convertido en serenidad.

El golpe eterno de las olas contra la paciencia de las rocas, adormece cualquier humanidad detenida a contemplarlo. Entre la proliferación angulosa de roqueríos ennegrecidos, la ruidosa monotonía del mar nos recuerda cuan innecesario es apresurar la marcha de los acontecimiento. Tal como alguien dijo una vez en la Patagonia, durante el viaje que nunca existió –
El que está apurado en estas tierras, pierde el tiempo.

FIN
(2003)





miércoles, 9 de enero de 2008

Recuerdos perdidos (1° Parte)

En los oídos se escuchan ritmos antiguos, de un tiempo en se abría algo así como todo un horizonte frente a él. De un tiempo simple, con aroma a tierra humeda y días de sol. De un tiempo en el que si bien las cosas distaban bastante de ser perfectas, al menos todo parecía posible. Estaba más relajado y bastante más cerca de ser feliz que nunca antes en su vida, y nunca después. Las calles se deshacían bajo sus pies sin apuro, las conversaciones se hacían eternas y sobraba tiempo para apreciar atardeceres irrepetibles. Daba la sensación que eran eternos, aquellos hermosos tiempos, justo antes de la huida final. La última, la peor de todas, la que esta vez lo alejó de lo poco verdadero que construyó, de lo poco real e inmaculado, de lo poco realmente suyo.


Nunca se entendió muy bien. ¿Por qué dejó de hacer ciertas cosas en el momento en que los astros se alineaban a su pasó?, por qué se negó a cosechar lo que por años había pacientemente sembrado y comenzó a escapar cada vez más lejos y por más tiempo. Hubo un momento en que conoció el cariño más desinteresado y la pasión más intensa, la amistad completa y la lealtad más profunda. Hubo un tiempo, en que se podía dar la espalda con la confianza aboluta en que siempre iban a estar ahí, y estaban. Hubo una era verdaderamente honesta, pero una fuerza telúrica comenzó a llevarlos por caminos diversos, que nunca comprendió muy bien porque siguió. Siempre preso de sus opciones, sin poder logar lo que andaba buscando, así sus pasos comenzaron a alargarse y la sombra que proyectaba se perdió, hasta desvanecerse.


(continuará)