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domingo, 27 de enero de 2008

Perdido en la inmensidad - 6

VI

Si anidase la soledad en algún pueblo, probablemente elegiría un lugar como este. A casi 3.700 metros de altitud, donde se levantó en un tiempo inexacto Enquelga, entre cerros despoblados y rebaños de llamas, bajo el golpe inclemente del sol y de un viento seco.

Si no fuese por un par de parroquianos sacados de un libro de viejas historias andinas que aparecen de tanto en tanto a ver la novedad que significa un grupo de viajeros en este rincón olvidado, sencillamente este sitio pasaría por pueblo fantasma, cual resabio de una era extinta.

La tarde, que bien podría ser de cualquier año, descansa adormecida por la luz del sol, ante la vigilante mirada de enormes volcanes y montañas apenas nevadas. Entre la polvareda y el bofedal poblado de auquénidos pastando eternamente ajenas al paso de los años y las estaciones, la vida parece haber olvidado continuar su paso en estas lejanías.

Como extranjeros en una lejana y olvidada región del pasado, aplacamos nuestro apetito acompañados por un anciano surgido de la profundidad del polvo y la nada, cual si no existiera. Del mismo modo que esta pequeña aglomeración de casas, que rodea a una vieja iglesia estucada con cal, que insisten en denominar pueblo.

Se respira la sequedad infinita, bajo un halo de atemporalidad que no deja de sorprender. La inmensidad árida del desierto aguarda nuestro regreso desde los confines del tiempo. Los años se olvidaron de pasar por el altiplano, a tal grado, que no sorprendería toparse con una caravana de conquistadores españoles del siglo XVI, mientras permanecemos aquí, en silente espera, quemándonos, esperando saciar nuestra falta de buena alimentación, para proseguir adentrándonos hacia el fin del reino del tiempo extinto.



VII


Rugen bravías y pausadas al unísono, una y otra vez, las heladas aguas del océano pacífico, como si quisieran quebrar el sueño inmutable de los cerros. Mudos testigos del paso del sol calcinando la sequedad del mundo, hasta que desgastado ahoga su impotencia anaranjada más allá del horizonte.

Permanecemos sentados, tendidos, sin más que hacer que dejar pasar las horas. Al final de este viaje, como dijiera alguien por ahí, en la soledad de las playas atacameñas, con el rumor permanente del pacífico, y el cansancio convertido en serenidad.

El golpe eterno de las olas contra la paciencia de las rocas, adormece cualquier humanidad detenida a contemplarlo. Entre la proliferación angulosa de roqueríos ennegrecidos, la ruidosa monotonía del mar nos recuerda cuan innecesario es apresurar la marcha de los acontecimiento. Tal como alguien dijo una vez en la Patagonia, durante el viaje que nunca existió –
El que está apurado en estas tierras, pierde el tiempo.

FIN
(2003)





sábado, 26 de enero de 2008

Perdido en la inmensidad - 5

V


Cae la noche sobre los brumosos cielos de la ciudad de la eterna primavera. Nos aprestamos a subir 4.500 metros de altitud en sólo unas horas. Hemos dado comienzo al lento regreso a nuestro punto de partida. Atrás quedó la expectación de lo desconocido, el temprano deslumbramiento de la increíble aridez de todo cuanto nos rodeaba, cuando las energías aún permanecían intactas.


Días que ya no volverán. Con sus interrumpidas conversaciones que jamás llegaron a algún puerto, extraviadas en la sequedad de un tiempo efímero. Presas de su imposibilidad, condenadas a una muerte prematura. Días de vistas maravillosas, de sorprendentes rincones y animales donde pareciere no haber sino perpetua esterilidad. Sus personajes fabulescos sacados de conversaciones ajenas, como aquel ruso que solitario venía viajando desde Moscú a España, de donde pasó a Nueva York, luego a México y de ahí a Perú, para terminar recalando 40 días más tarde en San Pedro de Atacama, y junto a él cuantas otras historias que fueron deambulando entre nuestro peregrinar por el norte. Hasta llegar aquí, lejos, donde escasea el aire y abunda el silencio.


En este confín gélido y limpio, más cercano al cielo que a cualquier otra cosa. El brillo del sol reflejando ancianos volcanes gigantescos sobre el azul del algo, adornados de cúmulos que fácilmente podrían traer nieve, granizo o lluvia, ante la indiferencia cancina de rebaños de llamas y manadas de vicuñas.

Sentados, a ver pasar la mañana de una noche heladísima, sobre pircas o mesones, junto a lauchones orejudos, pájaros cometocino, gaviotas andinas, unas ranas minúsculas y negras, y con la vista puesta en taguas que a lo lejos parecen luchar por despegar del agua para sacudirse del rocío enceguecedor de la mañana.

Los momentos tienden a desvanecerse en una carencia de eventos singulares, perdiendo importancia el paso de las horas. El mundo, en silencio, apenas interrumpido por aleteos lejanos, nos brinda uno de sus hermosos minutos de paz. Perdiendo relevancia, definitivamente, todo lo demás, cual si quisiera hacernos saber que lo verdaderamente importante es bastante más simple de lo aparente, y que muchos de nuestros afanes no tienen más sentido que la absurda manía humana de despilfarrar el tiempo.


(continuará) 2003

miércoles, 23 de enero de 2008

Perdido en la inmensidad - 4

IV

Es raro. Estoy sólo a miles de kilómetros, y apenas a semanas de ti, y dentro mío se afianza una extraña sensación, como si jamás hubieses existido. Aquí conmigo. Nunca había sentido con tanta claridad que el carril de tu vida se extiende por senderos muy distintos a los míos.


Sobre mi cabeza un cielo despejado, escaso de estrellas, adornado en un costado por la marca sutil de una luna naciente. La momentánea soledad del principio de nuestra última noche en el extremo norte del país, internados unos metros valle adentro. Lejanos se oyen perros descontentos, murmullos apenas perceptibles de árboles de mangos, paltas, una higuera y dos palmeras, alternando con unos cuantos pájaros que se aprestan a dormir.


No sabría como explicarlo, pero ya no soy el mismo que me fui, ya no siento el pasar de los días de la forma que acostumbraba. Y tu ahí, en un rincón de mi recuerdo, igual a como te dejé. Viviendo la contundencia de la rutina, con el horizonte cercenado por la materialidad de los compromisos y el día a día. Mientras yo, cada vez más lejos, sólo pienso en seguir corriendo y perdiéndome en la inmensidad ajena de este mundo, como siempre y a vidas enteras de ti.


Es triste pensar que en apenas un mes la certeza de la ausencia de futuro se ha instalado en mi, presa de la búsqueda de un presente perpetuo. Trato de buscarte, pero la tierra sabia me dejo claro que mi vida y la tuya se separaron antes incluso de conocernos. Sólo la porfía podría torcer el sentido de lo inevitable.



(continuará) 2003

martes, 22 de enero de 2008

Perdido en la inmensidad - 3

III

Hoy las altas cumbres cubren su seriedad habitual con blancos cúmulos, cual sombreros de paja en las cabezas ancianas de nuestros antepasados. Una extraña energía emanada de la profunda aridez de la tierra nos arrastra lejos, a internarnos en las entrañas olvidadas del altiplano, a sentir el viento frío de las altas cumbres, quemándonos la piel, en extraña alianza con un sol libre y juvenil.

Se siente el cosquilleo clásico de cualquier nuevo comienzo. Definitivamente, no se puede pensar por más tiempo, en la vida que veníamos soportando con su dejo resignado de inmovilidad. Racionalícese o no, ya no es posible volver a sentir la vida del mismo modo. Estamos quietos, frente a la increiblemente inmóvil enormidad de los Andes atacameños, con una única perspectiva hacia el futuro, estirando un horizonte ya demasiado gastado, eras enteras hacia delante.


Muchas veces hemos pensado en el comienzo del fin de cualquier cosa, ahora sólo es posible pensar en el advenimiento del fin de un comienzo. Del inicio de todo un tiempo por delante.


Algo de la magia inerte, dormida entre las rocas calcinantes del desierto, en quebradas y laderas, se ha pegado a la suela de nuestros zapatos. Lentamente, a veces de un modo abruto también, aletazos de luz parecen devolverle el sentido al paso de los días. Estamos en medio de la pretemporada de una nueva era, por ahora sólo resta vivir, correr, salir a enfrentar un rato la mundo, sentir, conversar, andar, ver, oír.


Luego vendrán largos y fríos días donde nos abandonemos al pensamiento, meses enteros para la asimilación. En este minuto, cuando el calor parece querer adormecer cualquier pensamiento, sólo tenemos a nuestro haber la enorme responsabilidad de la contemplación.


(continuará) 2003

domingo, 20 de enero de 2008

Perdido en la inmensidad - 2

II

Extraviado del mundo, sin otro motivo que perder la vista en la inmensa soledad atacameña. Sin otro sonido que el azote permanente del viento. La sequedad eterna, muda, estéril, dormida, ahoga cualquier asomo de palabra. Miles de cabezas desiertas, golpeadas por la fría aridez de la ventolera incansable, esconden el océano de sal entre sus cuerpos erosionados, areniscos, y la silente magnificencia de las cumbres andinas.

Con la paciencia de las rocas golpeadas por el mar, las piedras rojizas muerden el polvo gris de un tiempo extinto. Aguardando un final anunciado hace siglos, sin emitir palabra alguna, ahogando los quejidos amargos del paso inútil de los días, sin más novedad que el eco fugaz del rebaño humano invadiendo su descanso perpetuo.

Tierra condenada al silencio, a la soledad desnuda, seca. La paciencia infinita de cambios glaciares. La sequedad salina de llanuras blancas, apenas resguardadas por la elegancia frágil de flamencos asustadizos y negligentes.

Sentado. Absorto. Las palabras apenas son capaces de balbucear una idea, en la incontenible marea de sensaciones que esta extensión interminable de desiertos, valles y quebradas desnudas, con llagas de miles de años sobre su epidermis resquebrajada, es capaz de evocar. Salen a borbotones por cada poro, como un torrente ansioso, millones de sensaciones indescriptibles, tras cada cambio de color, giro de sombra o montaña en silencio.

Quisiera que estas hojas pudieran, al menos llevarse un trozo, una imagen, una sensación. Temo que después de este minuto no vuelva ser capaz de articular palabra alguna. Quien sabe, quizás el ahora es sólo sentir, vivir, dejar llevar el proyecto íntimo lo más lejos posible, sin pensar. Cerrar los ojos, olvidar el vacío y lanzarse abrazando al viento, simplemente a vivir la vida.

El sol continúa su marcha inexorable, en todos lados las infinitas tonalidades café, amarillas, rojizas, blanquecinas, grises, ocres, liliáceas y anaranjadas, van mutando, alargando sombras, cual si la tierra hubiese decidido echarse a dormir cubriendo silenciosa y paulatinamente el escenario perfecto para cualquier fin.

Todos aquellos que por aquí andamos, corremos, de cerrar la boca y dejar ir la vista hacia el horizonte eterno, el serio riesgo de perdernos, más allá de nuestra vida, dejando un trozo de nuestro espíritu errando lentamente y para siempre, por la increíble inmensidad del desierto en silencio.

(continuará) 2003