Mostrando las entradas con la etiqueta 2002. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta 2002. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de mayo de 2008

La costumbre del vacío - 5

Ayer la vio. Estaba desordenadamente hermosa, con el cansancio plasmado en su rostro pequeño, a penas camuflado por un escaso maquillaje. Sabía que estaría ahí, en algún rincón de su estrecha universidad. Aun cuando la ansiedad se hacía intolerable y una corriente helada, cercana al pánico, le impedía pensar en otra cosa e intentar actuar con naturalidad, no podía sino tratar de verla.


Aunque jamás supiese que andaba por ahí, un abrir y cerrar de ojos, una imagen, un segundo le era suficiente. Más que eso un exceso. Sus ojos nerviosos la siguieron largo rato. Sin palabras ni puestas en escena. Sin formalismos vacíos, sólo sentía la necesidad enormemente dañina de volver a ver su sonrisa alegrando al mundo a su alrededor.


De pronto se vació el vestíbulo, salió de la sala de exposiciones, esbozando una intrigante sonrisa al verlo. Levantó su mano y caminó sin apuro a saludarlo. Él, a duras penas balbuceo un par de obviedades, mientras intentaba encontrar sus ojos con la mirada. Fue un enorme segundo eterno, una luz irrelevante de felicidad iluminando la superficie gris de su corazón. Más efímero imposible.


Sin querer, como suele suceder, uno a uno los días se desvanecieron hasta volver impensable concebir al mundo del mismo modo. Cuando la inmovilidad alcanzó tal grado que parecía imposible que llegase a ocurrir algo. Ocurrió. El mundo giro. El tedio y la desesperanza, faltos de la fuerza de toda novedad, se disolvieron invisibilizándose en la cotidianeidad. De pronto la lluvia cesó. El sentido no atinó a aparecer, pero al menos el sinsentido guardo silencio, se aburrió de hacerse notar.


Mecánicamente, carente de toda pasión la vida continuó, como un ritual descontextualizado, su rumbo sombrío. De este modo sucedió que pasaron los días, hasta desembocar en una ambigua ausencia de contexto. Lentamente los sentimientos extintos se reemplazaron por conductas esperadas, la desesperanza superada por un pragmatismo frío. Todo resultado de la más profunda hecatombe del espíritu.


De aquello casi dos meses. Pese a lo improbable que lucía, el efecto narcótico del paso del tiempo, fue sepultando en confusas nubes de olvido, el dolor que alguna vez llegó a hacerse insoportable. Un ciclo completo concluido. Algunas heridas cicatrizadas, no sin dejar sus marcas indelebles en la corteza del espíritu. Ya no duele como antaño, el alma dejo de sangrar la incolora y corrosiva sensación de amargura.


Sin embargo, ya nada es igual a lo que varias estaciones atrás llegó a ser. La esperanza murió en manos de la elocuencia de la realidad. Con la frialdad de un sobreviviente salió a recibir la primavera, caminando entre prados desiertos. Cada nuevo y helado atardecer viendo al mundo ofrecer a otros las oportunidades que una vez no supo aprovechar.


2002

viernes, 9 de mayo de 2008

La costumbre del vacío - 4

IV

Un frío rayo de sol lo despierta. Sabe que la constante presencia de su ausencia le nubla el sentido de la esperanza. No está en condiciones de decir qué quiere hacer, dónde quisiera ir, cómo le gustaría vivir los próximos años, pero sabe que no puede seguir igual. La perdida de la esperanza de estar con ella desparramó el corrosivo líquido de la incertidumbre y el desaliento por la superficie de sus días. El breve paso de ella por su vida dejó abierto un espacio vacío que se va enanchando paulatinamente hasta inmovilizarlo. A lo único que puede tender es a la contemplación en silencio. Cargar un poco de energía y así poder seguir, al menos, repitiendo mecánicamente una rutina sin sentido, con la única intención de no desvariar.


Sabe bien que nunca será lo que ya no fue. E incluso, parece estar seguro de que jamás fue quien alguna vez esperó que fuera. Pero, ¿qué puede hacer?. Removió su estúpida actuación despreocupada hasta lo más profundo, desnudándola, no ante el mundo al que bien poco le importa, sino frente a él. Fue el más despiadado espejo de su estupidez. Paradójicamente él la ama y ella lo detesta. Él vive pensando en encontrarla en cada esquina, y ella espera no volverlo a ver.


Lentamente ha ido acostumbrándose a los días sin la presencia de la esperanza de un futuro hermoso. Hasta han ido apareciendo algunos rayos de sol entre las nubes oscuras. Pero de pronto aparece, inesperada, su nombre resuena en boca de otros como una daga clavándose silenciosa en su abdomen. Todo da vueltas, su suave figura rondando en su mente, el recuerdo de los días que nunca pasaron. Todo lo que iba a ser y nunca ocurrió. Su ausencia tan presente como siempre. Luego invade burlona y sarcástica sus sueños, para que no quepa duda que ni siquiera le está permitido dormir en paz.


En algún lugar la vida se debe estar riendo de su falta de contundencia. Con el etéreo paso de un perfume leve, un par de voces por aquí y por allá, y de súbito se derrumba. Vino se paseo, pensó en quedarse y antes de atinar a hacer algo se evaporó, dejando sólo el espacio vacío que nunca pensó seriamente en llenar. Así simplemente. A pesar de lo aparente continúa pensando en ella cada día. La ama, y quién sabe, quizás nunca deje de hacerlo. Adherida como está a cada rincón de su existencia cotidiana no puede sino aprender a cargar con el lastre de haberla perdido sin nunca haberla tenido.


Los meses lentamente abren la perspectiva de la primavera. La molesta presencia chillona del despertador consigue por fin arrebatarlo de las garras de sus sábanas. Despierta. Ligeramente mal humorado. Sabiendo sin reconocerlo que no tiene relevancia levantarse o no. Que el ritual matinal de saltar de la cama, ducharse, vestirse y desayunar no tiene mucho sentido, pero de todos modos es mejor llevarlo a cabo. Hoy se le hace más difícil arrimarse al mundo.



2002

miércoles, 7 de mayo de 2008

La costumbre del vacío - 3

III

Despierta un día cualquiera, con la sensación de haber vuelto al mismo punto. Afuera, la ventolera continua inalterable. La vida se tuerce en una espiral en la que cada nuevo paso da la impresión de haber sido dado en un sendero ya conocido. Cuando la vida quería volver echarse a andar, el peso de la misma atmósfera aplastante, trajo el tedio de vuelta. Cual si ya todos los días hubiesen sido vividos de antemano, o se enfrentase a una exasperante esterilidad. Nada nuevo emerge de tiempos como el actual. Quizás lo único diferente sea la constatación permanente de la falta de originalidad. Decide salir a la calle.


Que agotador. La vida puede resumirse en la puesta en práctica de matrices agotadas, repetidas una y otra vez, con la esperanza de algo innovador que remueva de raíz lo que aparece como petrificado. Pero nada. El frío sigue calando hasta los huesos. Ella continúa navegando en su conciencia a eras enteras de su cotidianeidad. Inmóvilmente esquiva. Inalcanzable y próxima a la vez. La bella promesa de algo imposible de cumplir. La ciudad no le ofrece nada, camina sin más destino que dejar andar los pasos. Más allá de alguna esperanza, el sinsentido amargando cualquier afán.


Los días pasan inexorables. Vacíos. Del tedio de un verano encerrado pasó a la rutina de un invierno frío casi sin notarlo, bajo el sino de la expectativa incumplida. Como el eterno proyecto que nunca se concreta, o el gol que se niega a llegar. Pareciese que existen corrientes subterráneas que tienden a impedir doblarle la mano al destino.


El tedio instalado. Envenenando manantiales con su aliento gris. Se refleja en su mirada enrarecida el aburrimiento de no ver, pese al barullo formado, algún resultado. En esta oportunidad se necesita algo más que simple ansiedad adolescente. El peso de los años ya se siente sobre el lomo como un pequeño lastre adherido a la estructura ósea de su cuerpo. Afortunadamente aún no se hace insoportable, sin embargo es un lastre al fin y al cabo. Como una molesta mochila o una tímida joroba.


Las cuadras bajo sus pies se suceden por inercia. El aburrimiento cada vez más presente. La certidumbre de que los años lo alejaron del origen de la esperanza, le dala sensación de estar abandonado a la deriva entre un tiempo extinto y una vida vacía. Inútil. Perdido en un tiempo inmóvil. Vagando en medio de días congelados, de eras petrificadas, en la era del aburrimiento. Sintiendo tan sólo como el polvo va cubriendo sus escasos recuerdos.


Se detiene por fin, en una plaza desierta. Siente sin inmutarse como baja por su rostro una de las gruesas lágrimas que alguna se solidificaron en su garganta formando finas estalactitas grises. Su mirada, ni siquiera atina a extraviarse en algún horizonte imaginario. Simplemente se ha secado, ha apagado los restos de luz infantil que aún le daban vida.


2002

jueves, 1 de mayo de 2008

La costumbre del vacío - 2

II

Despierta de súbito, ante la insistencia del teléfono. Sonríe. ¿Quién sabe? Tal vez ha llegado al punto en que ni siquiera sabe que es lo que verdaderamente siente. Diría que es amor. Nada más normal. Sin embargo, más que un sentimiento que brote hasta volverse insoportable contenerlo, es un vacío tal que le impide concentrarme en ningún otro asunto. Probablemente no hay sensación más desagradable en situaciones como ésta que la incertidumbre absoluta. Cuan molesto puede llegar a ser el constatar la incapacidad de abstraer, de dar vuelta una página que no alcanzó a escribirse, y comenzar a fijar las miradas en otros horizontes.


Mecánicamente se prepara desayuno, prende el televisor, y se tiende sobre la cama sin deseos de dedicarse a nada. Se siente inmóvil, atado entre una sensación inalterable y una fuerza profunda que lo obliga a olvidarla y dejarla en paz. Entremezclado en una espiral repetitiva y corrosiva de la que no atina a salir. Sin detenerse en ninguna estación, se entrega en un zapping interminable a la negligencia de dejar pasar las horas, hasta el almuerzo. Quizás la actitud más fácil de adoptar es la de sentarse a ver pasar las horas y los días hasta que por fin se borre del tiempo, y no sea más que el bello reflejo de un momento extinto. Pero que porfiada rebeldía, a la negligencia de la inmovilidad se le opone en cada ocaso la necesidad de oírla y los incontrolables deseos de verla.


¿Qué más se puede decir? Las horas avanzan aceleradamente, como enrostrándole su despilfarro. Afuera, en la inmensidad de la noche, la lluvia dio paso a una brisa fría venida del sur, que no basta para arrastrar por los caminos del mundo su necia necesidad de verla. La luna cansada asomándose entre las nubes parece mirarlo sin asombrarse. Al rededor nadie nota nada. La parquedad habitual disfrazada de irresponsabilidad infantil tras su máscara de risa fácil y palabrería absurda, no evidencia la serena amargura de haber empezado amarla sin siquiera saber quien es.


Entre un pensamiento y otro, la noche comenzaba a esfumarse, anunciando la llegada del alba, del mismo modo ante sus narices se le desvaneció la posibilidad de arrimarse a la belleza. Quizás alguien más lo notó, tal vez sólo fue uno de tantos castillos en el aire que se le derrumban, esparciendo sus escombros molestos por cada rincón de su breve existencia. Sea lo que fuere aún prefiere pensar que nunca es demasiado tarde.


Ella sigue ahí. Bella. Distante. Con su lejano aire de autosuficiencia. Él, ya ni sabe donde fue a parar su antigua certeza, la mirada confiada adornada con su eterna sonrisa amplia. En estos días, de viento, lluvia y frío, se esconde en cada rincón el aroma sutil de su ausencia. El espacio que nunca ocupó se torna enorme, con cada día que se consume en la monotonía el vacío crece cual si la nada abriese un espacio cada vez mayor en medio de su vida, imposible de cerrar. Justo ahí, en el sitio donde cunde el vacío y el silencio.


Puede sonar ridículo, pero siente el dolor de la perdida. Quizás la peor de todas. Sin nunca haberla tenido, la esperanza de tenerla se comenzó a extinguir. La alegría infantil de lo posible opacándose en la tristeza de lo que acaba sin comenzar. El invierno aún no se decide a aparecer formalmente por estas grises latitudes, y ya el viento frío del sur ha empezado a arrastrar en una hojarasca furibunda los días que no alcanzaron a ser vividos.


2002

sábado, 26 de abril de 2008

La costumbre del vacío - 1

"Al tiempo se lo lleva el viento"

I

Aún sopla fuerte, como anunciando un vendaval, la tibia ventolera del medio día. Arrastra días enteros entre hojas humedecidas por la lluvia de anoche, y no deja oír nada más que su pasó furibundo. Escondido tras un ventanal, no atina aún a comprender como fue que el tiempo le arrastró hasta este punto. Está claro, no fue culpa de ella y tampoco de él. Bueno, tal vez, suya un poco. El teléfono cesó de sonar hace ya demasiados días, y parece querer guardar silencio por mucho tiempo. Posiblemente algo conspiró o jamás se dieron bien las cosas. - En realidad ya no tiene importancia - pensó, al momento que comenzaban a caer con violencia los primeros goterones.


No cabe duda que pudo ser hermoso, eso lo sabían todos. De vez en cuando, al detener el mundo su marcha acelerada, aún resuena en su conciencia el eco de lo que parecía inevitable y nunca se materializó. Resultaba difícil de creer, pero las diversas partes de la vida comenzaban a cuadrarse, luego de un período bastante poco gentil. Afuera el furibundo sonido de la lluvia, ahogaba cualquier esfuerzo de concentrarse en otra cosa. Cerró la ventana, y prendió un cigarro, cual si no hubiese nada más en el mundo y se paró a ver el azote invernal sobre las grises calles de la ciudad.


Divagando, con la mirada perdida en el aguacero, no cesaba de buscar una explicación. Al ritmo amargo de un par de desilusiones, en el cansancio de caminar en vano sin ningún destino, de súbito ciertas expectativas medio enmohecidas se despertaron con violencia tras la aparición inesperada de la belleza dando vueltas. Parecía posible, increíblemente factible. El invierno recién comenzaba, el tiempo comenzaba a cambiar con violenta rapidez. Si bien debía andarse con cautela para no quebrar tan frágil equilibrio, en esta oportunidad la sensación predominante era la inevitabilidad. Cual si hasta su torpeza recurrente fuese incapaz de evitarlo.


Rondando en su cabeza, ella. ¿Ella?, como siempre. Esquiva, alegre, distante. De pocas palabras. Dando la impresión de que la vida resbala por su piel bronceada sin afectarle y de que nada es lo suficientemente relevante como para tomarlo en serio. Hermosa y oculta a la vez. Con una facilidad casi exasperante para alejar de lo más profundo de su fragilidad a los incautos que creen ciegamente que, tras esa puesta en escena despreocupada e invulnerable, tras el brillo de una sonrisa amplia y una mirada silenciosa, se esconde la profunda belleza de una mujer sencilla y un tanto solitaria.


Él sabía bien que ciertas posibilidades se dan una sola vez. Las tomas o las pierdes. Pero, ¿qué diablos hacer?, los días no tuvieron la deferencia de dejar de correr arrastrados por el peso de estaciones impacientes. Diría que el destino nunca se puso de su lado, para dejar en sus manos la responsabilidad de concertar encuentros fugaces, inesperados y en condiciones envidiables. Lo hizo antes, cuando su ceguera aún perseguía otros afanes y ella parecía demasiado fuera del alcance de sus intenciones para tomarla en serio.


Ahora bien, ¿qué más se puede decir? Aún ante el escaso espacio abierto, el amor, dentro de las limitaciones que encontró, se filtró, como el agua por una grieta, con una fuerza inédita. Pero, ¿cómo enamorarse de lo que apenas se intuye? No basta pasarse días enteros esperando escuchar su voz, creer verla en todos lados, ni alimentar con molestia la incomoda vergüenza de saber que un simple sonido de una inofensiva palabra suya eran capaces de alegrarle un día completo. Aún no es suficiente levantarse cada mañana pensando que será de ella, y morderse la lengua para no pronunciar su nombre a cada momento. Algo dentro suyo, muy dentro. Una certidumbre inquebrantable, que lucha cotidianamente contra la última esperanza, adherida a la epidermis le recuerda cada noche que si bien pudo ser, ya no fue, y no será jamás.


Guardar silencio parece ser la única actitud posible, pues resulta estéril aburrir al mundo con su pequeña amargura adolescente y su palabrería lastimosa. En silencio. Mudo. Tragándose las agrias palabras que brotan espontáneas, envenenándole, no cesa de recriminarse el no haber tenido el valor de tomar la vida por sus manos. Era el momento. Por fin se habían cuadrado los astros. Luego de años, de paciente espera, la posibilidad de ser feliz con una mujer se vestía de certeza. Faltó decisión, los días se atropellaron hasta que acabaron con el año. Ella se hizo a un lado sin nunca haberse puesto al frente. La tarde avanza inexorable. El viento arranca sin contemplaciones las últimas hojas de los árboles. La furia del invierno ahogando cualquier esperanza de un amanecer despejado. Cierra las cortinas y se va.


Continuará (2002)

domingo, 20 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 9

El tiempo ya se deshizo, consumido en las brasas de su paso vertiginoso. El agrio aroma a final invade los diversos rincones de la oficina, abandonados ya por la frescura inaugural de la esperanza de un par de meses atrás. Volvieron el frío y el viento, los días con serias señas otoñales. El cigarrillo cómplice del aburrimiento de sus ideas recurrentes. Siempre latentes los deseos de salir huyendo lejos, a años y vidas enteras del hastío cotidiano de ver nacer y morir los días con negligencia.


Días que arrastran el aroma de un tiempo extinto. Febrero bien avanzado, esperando la amarga y violenta llegada de marzo, en silencio. El tiempo lineal enredado en una espiral revuelta. Empieza a carecer de sentido la idea de un inicio, antecedido por un final previo. Más bien, se dan multiplicidad de comienzos confundidos en la agotadora atmósfera de un ocaso global, cual si ya nada pudiese volver a cobrar sentido alguna vez.


Quisiera poder, aunque sea por un instante, escribir algo certero. Poderosamente humano e incontrarrestablemente real. Quisiera poder transmitir la elocuencia de la sequedad espiritual de esta ciudad, el vacío absoluto y abundante de su esterilidad. Cuanto le pertenecemos y que poco sacamos de ella, cuan ajena y distante luce, pero a la vez que natural se nos hace el imperio frío de su halo grisáceo. El tiempo continúa su recorrido plano y decidido, con su estructura torcida y cíclica. La espera se torna interminable, dando la impresión de que no acabará jamás. Se abre el ascensor, y en una aceleración del tiempo, casi sin notarlo, vamos de vuelta a Antuco, una vez más, mecánicamente, en silencio.


El mismo camino. Rincones y recodos archiconocidos de la ruta a Cabrero. La ausencia de la excitación o novedad de comienzos de diciembre, suplida por la monotonía repetitiva de cada salida. Las palabras que jamás se dijeron, como una barrera infranqueable que impide pronunciar ninguna más. Frente a ellos, la inexorabilidad del último viaje, el vacío aflorando en los espacios que se abrieron, sin atreverse a llenarlos. Palabras corteses, y un pálido beso de adiós.


FIN

sábado, 19 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 8

Los minutos se aceleran. El café hirviente temblando en sus manos. Llegó el momento, lo sabe. Cierto temor controlado se irradia desde su rostro, en su ausencia de sonrisa y en el extravío de su mirada. Está serio, preocupado; pero tranquilo. No va a ser la primera vez, de hecho ayer ya le había tocado. Pero, ¿y si su tradicional suerte irónica le tiende una broma?


Otra vez, como tantas otras veces, sale a la calle. Se para a espaldas del edificio mira al cielo, como si evaluase algo y se pone los lentes de sol. Todo el trayecto hasta el paradero, y el recorrido del microbús, con una preocupación presente pendiendo como una espada de Damocles sobre su cabeza. ¿Sí llega a pasar algo?


Se baja. Sus pies ya conocen el camino, y se echan a andar sin esperar una orden del cerebro. El centro de Concepción desierto, aburrido. El mes de enero está pronto a llegar a su fin, y sinceramente le parece que poca debe ser la gente que aún permanece recluida entre sus grises límites urbanos. Llega al lobby del edificio. Con un inquietante cosquilleo en la boca del estómago, mezcla de incredulidad y temor. Está en parte feliz, pero nervioso. Aún espera que un imprevisto lo saque de allí, o que todo se suspenda por “razones de fuerza mayor”.


La espera final. Sabe que esta vez estarán solos, no llegará ni el procurador ni la secretaria – chofer. Los ascensores se abren una y otra vez, entra y sale gente, siempre con apuro, y nada. Un cuarto de hora más tarde, su nivel habitual de atraso, aparece la joven figura de su jefa dentro de un ceñido vestido azul, quien con apurado ademán lo llama a bajar al estacionamiento. Lo coge del brazo y parten. Caminan despacio, en silencio, y le pasa las llaves.


De vuelta a la ciudad. El trayecto pareció más un viaje de vacaciones que de trabajo. Olvidando su acostumbrada seriedad, ella se veía radiante, despreocupada y feliz, como si en vez de laboral su relación fuera de amistad. ¿Qué importancia tenía un asentamiento más o uno menos? El sol, anaranjado la tarde ofreciendo sus últimos rayos en el horizonte y marca al mismo tiempo el fin de un día añejo, y el comienzo de una nueva noche encerrados trabajando en su oficina.


Con la vista puesta en la pantalla del computador hace caso omiso de las innumerables insinuaciones que le hace para dejar de trabajar. La atmósfera distendida en apariencia, ambos fumando y conversando animadamente sobre cualquier cosa, en el límite de cruzar un umbral tejido con cuidadosa pulcritud. La tensión se siente, pero aún no incomoda. Ella, ligeramente más directa. Él, negándose a leer entre líneas. La posibilidad de algo carente de certezas, rondando. Roces leves, movimientos suavemente calculados. La naturalidad entremezclándose con asomos de intimidad. Ambos, sin el valor de decidirse a hacer algo o dar el primer paso.


Continuará - 2002


jueves, 17 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 7

Un nuevo día. El hiriente brillo del sol por la mañana, parece querer quemarle la retina. Son recién las 7:30 y apenas puede mantener lo ojos abiertos, enceguecido por la luz. Cabizbajo y somnoliento se arrastra de la cama a la cocina. En una mano un café cargado y dulce, en la otra un cigarro. Se tiende sobre la cama, esta vez no está atrasado como de costumbre. Afuera, lloran los cachorros de la perra de la casa vecina, se escucha el pasar de los automóviles y las bocinas de los microbuses como atizándolo a salir pronto a la calle. La reunión es a las 9:30, y ya ha perdido media hora donde vueltas inútiles. En vez de estar perdiendo el tiempo en urgencias sin importancia debería estar despertando viendo la majestuosidad de las torres del Paine, sin otra ocupación que perderse en su contemplación, sacar fotografías y recorrer sus senderos.


Algo confuso. De un sitio aún inconcebible, me quieren extirpar de la vitalidad de este frío rincón del planeta. El mar sin violencia, pero con asombrosa energía sumerge de cuanto en cuando las negras arenas de este confín. Abrigada al amparo húmedo de la tierra oscura, una rústica construcción de piedra laja y techo de paja alberga el sueño de alguien a quien llaman “Odín”, que no atina a despertar. La brevedad de un invernal día boreal llega rápidamente a su fin. En el lejano horizonte, dibujado por suaves y tristes lomas verdes, el destello de un atardecer rosado y damasco se pierde en la negrura de nubes densas que ofrecen un final inminente. Sobre la playa, enterrando suavemente sus pies descalzos en la arena, ella viene a mi encuentro. Simple y jovial. Silenciosa y decidida, me toma de la mano con una sonrisa infantil y me sumerge en la oscuridad confusa del oleaje manso. Y el ruido siempre ahí. Constante. Indeterminado. Repetitivo, Alejándolo de este gélido paraje de ensueños.


Abre lo ojos. Son las 8:30. El sol, hiriente como siempre, encegueciéndolo. Está sudado. La mañana recién inaugura otra jornada de trabajo y ya es sofocante. Está atrasado. Salta de la cama, se ducha, afeita y viste, mecánicamente en quince minutos sin pensar en lo que está haciendo, por simple costumbre. La mente en blanco, como si buscara volver a quedarse dormido. Toma un café y parte resignado a la calle. El autobus demora tan sólo el instante eterno en que por fin logra despertar en llegar al centro.


La sala de reuniones está más vacía que de costumbre, se alegra. Luce cansado. No se preocupa, sabe disimular bien. Otros, sin embargo, a vidas enteras de él, donde debiera estar sentado en silencio y con la mirada perdida, cargándose de energía en el frío magnetismo de la torres del Paine. Entrega el reporte de su grupo de trabajo, las comunas de Santa Bárbara, Yumbel y Antuco, están casi cubiertas, y han avanzando más que ningún otro grupo. Palabras al oído. Sonrisas. Lee la satisfacción de su joven jefa en una leve agitación de sus manos y una sutil expresión de su rostro. Su mente en otra parte, tal como ha estado desde que comenzó el viaje que jamás será llevado a cabo. Pero, ¿qué hacía ella en mis sueños? – piensa.


Continuará (2002)

martes, 15 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 6

Los días siguen su rumbo mecánico, como un engranaje imparable. Se suceden reuniones, salidas, informes, balances, rendiciones de cuentas, como parte de una puesta en escena involuntaria, casi por inercia. En el rostro, la acostumbrada sonrisa controlada, que no deja ver nada más. Es la clave, pocas palabras pero corteses, expresiones controladas pero amables, emociones guardadas en el departamento, y los sueños olvidados a vidas enteras de aquí.


Aún así, siguen presentes lo deseos de estar lejos, entregado al placer de conocer los secretos del alma humana o, simplemente, ver otras gentes, otras vidas que le den breves bocanadas de aire puro. Preocupante. Cada noche, más solitaria que la anterior, como si fuera posible; y lo de siempre, sentarse en la ventana a ver pasar la vida y recordar. Pederse mirando las pocas estrellas que se dejan ver, con un par de cigarrillos y música, acostándose, luego, cada vez más tarde.


Cierto orden de expectativas, acuñadas en el tiempo en que parecía que las cosas iban a resultar bien, a pesar de la contundencia de los antecedentes, siguen guardadas en el ropero o empolvándose en cajas bajo la cama. Hubo un tiempo en que se abría cada día con una novedad, alimentando sueños. Luego vino el largo y pausado período en que se aquietaron las aguas, pero con la presencia viva de la esperanza, flotando por la habitación, reviviendo con cada llamada telefónica. Hasta que el tedio cubrió con su fina capa de sarro polvoriento cada pliegue de todo cuanto le rodea haciendo perder hasta la capacidad de asombro. De la efervescencia de ir descubriendo posibilidades pasaron en silencio, haciendo oídos sordos a los delirantes llamados del mundo, a repetir una y otra vez la ritualidad vacía de ser humanos en un mundo imposible de cambiar. Formateado y organizado de antemano.


Amaneció un nuevo día. El aburrido imperio del sol suplantó a la melancólica presencia del invierno veraniego, recalentando el cemento bajo los pies, reflejándose en vidrios, ventanas y autos. Encegueciendo y regalándoles tras cada atardecer la suavidad de noches sin frío, en las que sin nada más que hacer, se dejan pasar las horas con negligencia a la espera de un nuevo día. En el cual, sabe con antelación que nada dará un giro radical, y todo continuará tediosamente igual. Así sucesivamente hasta que terminen de consumirse los meses. Quizás sea mejor irse a dormir, a pesar de las evidencias esta esterilidad vital no puede ser eterna.



Continuará (2002)

sábado, 12 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 5

Y siguieron pasando los días. Prontamente, los pajaritos que dan la bienvenida al sol, volvieron a entonar sus alegres melodías. Una fresca luminosidad matinal, fue dejando en el olvido la somnolencia gris del amanecer de unos días atrás. Con ella, el velo oscuro de la desesperanza fue dejando paso a la soleada resignación de la soledad.


Pasaron ante sus incrédulos ojos, que al cerrarse se ven cruzando el estrecho de Magallanes rumbo al sur a perderse en la “Finnis Terrae”, toda la intrascendencia de sábados, en los que por fin está empezando a despertar sin resaca. Tras ellos, domingos aletargados, con sus partidos de fútbol de ligas que no apasionan por estas tierras y que bien poco le importan a la gente. Horas completas frente al computador preparando un informe, y dejando irse a los pies a cruzar las zonas residenciales que lo separan de la casa de alguna buena amiga.


Si bien, lago Blanco aún no puede concebirse en su falta de memoria, con su implacable viento gélido y sus temperaturas polares, ¿cómo imaginar lo que apenas se intuye?, al menos el teatro volvió luego de mucho tiempo por estos lugares, a endulzar un instante los espacios de vida de quienes se quedaron engrillados a la realidad.


Como suele suceder, con sus imperceptibles ritmos, la vida continúa. Ocaso tras ocaso, las horas se deshacen en noches cada vez más largas. Lentamente, como si el verano durase para siempre, transcurren los días despreocupadamente sin detenerse a pensar en cuan rápido pasaron al olvido.


Una frecuente sensación de aire rancio, tornando mustia la atmósfera de estos días inútiles. El mundo en standby. Cada uno de los que siguen andando por estas calles, cada mañana, apurados y serios, cual si fuese relevante seguir dándole cuerda a la vida cotidiana, con una mueca rígida en el semblante continúa adelante, sin parar, tediosamente con la sospecha de estar viviendo días usados, repetidos y cansados, sacados de un calendario reciclado. Aquellas jornadas que sobraron en la fabricación de cosas interesantes. Helos aquí viendo quemar sus jóvenes arrugas en el más extendido de los anonimatos. Cientos, miles, entrando y saliendo de multitud de oficinas. Realizando incontables trámites y gestiones, sin mayores rasgos de utilidad, en la eterna búsqueda de dotar de sentido al vacío.



Continuará - 2002


viernes, 11 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 4

El día despertó tarde. La sensación de tristeza y soledad lejos de aplacarse, alcanzó su peak. Las negruscas masas nubosas, que trajo la vaguada costera, se compactaron de tal modo que se aguardaba inminente un aguacero. Casi como si el clima supiese de sus estados emocionales, le dio un día acorde con ellos. Se levantó cansado, esperando ver cuantos se acordarían de él y, sabiendo que, por diversos motivos, serían pocos este año, se resignó de antemano.


Se respiraba una extraña falta de alegría. Sea porque se sentía, irremediable, cada vez más anciano, o porque por primera vez en su ya no tan breve existencia fue consciente de que el tiempo no solo pasa, sino que se pierde para siempre. En cada uno de sus movimientos controlados, la sensación de vacío, fracaso y soledad, fueron tiñendo desde el inicio aquel deprimente viernes de enero.


Al menos no debía trabajar. Claro que la falta de ocupación le ofrecía un día estéril, inútil, vacío, hasta caer en cuenta que casi no tenía vida. Esperando, nadie sabe bien qué; negando, sin asumir la contundencia del paso de las estaciones, se marchitó la gran mayoría de todo lo que anduvo sembrando por ahí. De frente a la ventana de su pieza, a medio vestir, no dejaba de pensar en ello. Sabía bien, que cuando debió dar ciertos pasos adelante, cerró los ojos. Se sentía más negligente que nunca, como desde hace muchos años no lo hacía. ¿De donde venía toda esta ausencia de sentido?


No habría que subestimar la posibilidad de que lejos de su pequeña rutina pueblerina, a cientos de kilómetros de su ahogo, tal vez no habría tanto espacio dado a la desesperanza, y que ella sólo aflore cuando los pies dejan de andar, cual si decantara la suciedad de un caudal en el lecho de la conciencia. Quizás sólo necesite aire y algo de oxígeno para renovar sus energías, bocanadas de aire fresco, ventoleras venidas de otras tierras, o derechamente ir a pederse a otras latitudes.


Quien sabe, quizás ha de deambular, como lo debe estar haciendo parte de su alma, por los rincones de la tierra del fuego. Entrar a Cerro Sombrero, y recorrer sus pequeñas calles en busca de algún vestigio que el hable del paso de su primer amor por aquellas australes tierras, hace casi 20 años, cuando apenas se abría a la vida. O perder la vista tras la estela de polvo dejada por la huida aterrada de familias de ñandúes.


Está consciente que en buena parte es sólo cansancio existencial, por no haber sabido resolver aún los dos grandes temas que arrastra desde hace años, y que parecen haberse petrificado en el ultimo tiempo: La independencia y el amor. Da un breve suspiro, cierra la ventana, apaga la música, se ata los cordones de los zapatos, y sale al encuentro de una mañana moribunda y grisácea, con un cigarrillo en la boca. Para darle algo de sentido a un día que sabe, va a ser muy largo.



Continuará (2002)

miércoles, 9 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 3

Hoy, mientras debería estar cruzando la inmensidad de la pampa patagónica, se hace más patente que nunca, que definitivamente para que “3 sí”, definitivamente debe haber “1 que no”. Sea por lo que fuere, los caminos de la vida son intrincados, y sin siquiera notarlo lo destinos se van separando unos de otros como una metáfora del “Big Bang”, hasta que es inevitable y ya nada puede volver a ser como solía. Lo desagradable de encontrar la felicidad tan luego, es no saber como hacer para conservarla con el tiempo, pero ello, es parte de otra historia.


Otra vez Yumbel, ahora con más movimiento que de costumbre, gracias al imán popular que constituye el santo. Una pequeña figura de madera del santo perforado con flechas antiguas, atrae cada año a miles de gentes de infinidad de lugares, en procesiones diversas, y a su vez, el gentío, a cientos de comerciantes. Todo en un clima festivo, caluroso, muy sudamericano y caótico, con chocantes escenas de fervor que rayan en el fanatismo, en medio de una brisa caliente y una temperatura de 36 o 38 grados a la sombra, sobre la aglomeración agobiante, de una multitud incontrolable, que sobrepasa los estériles esfuerzos de carabinaros, autoridades y voluntarios eclesiásticos por normar y regular la situación.


Tomada la vía a Yumbel – camino a Laja – ruta 5, para sortear los eternos arreglos en el acceso sur a Concepción, nos dirigimos a toda velocidad a paliar nuestro atraso imperdonable. A ambos lados bosques de pinos insigne de plantaciones forestales. En la vía, poco tráfico. El camino áspero, pero aceptable. Ya deberíamos estar en Antuco al pie de los Andes, y nos queda al menos 1 hora de viaje. La chofer impertérrita, escondiendo su actitud de sumiso malestar en el buen ánimo de siempre, descubriendo en silencio nuevas rutas para llegar al mismo lugar, en medio de reconvenciones permanentes.

Continuará (2002)

lunes, 7 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 2

Con cierto apuro, cuyo halo lejano despierta una tímida sonrisa por aquí, han de haber dejado las inmediaciones del Nahuel Huapi en dirección al atlántico. A cruzar la linealidad infinita de la pampa, probablemente por la ribera del Lago Gutiérrez, tomando la ruta 258, rumbo a Esquel. San Carlos de Bariloche debe haber lucido maravillosa, con su aire estival y su plaza con perros San Bernardos. Pese a la depresión que asola al país, algo de su habitual encanto debe permanecer incólume. Sus tentadoras chocolaterías, heladerías artesanales y restaurantes, el permanente gusto por la vida al aire libre, los automóviles, el deporte y las mujeres hermosas, que por aquellas tierras no escasean.

Frente al carro imaginario se debe abrir la pampa abrumadoramente despoblada, inmensa, dibujando una inalcanzable línea más allá lo imaginable. Por doquier, pequeños arbustos amarillentos increíblemente similares entre sí, la fuerza de un viento indomable que corre libre por las extensiones interminables de la soledad y cúmulos dispersos, que tienden a perderse por el este en las fauces del Atlántico.


Primero hasta Esquel, a casi 300 km al sur, luego tomar una diagonal de mil kilómetros hasta alcanzar la línea del mar, a velocidades constantes, de no más de 95 km por hora, para no arriesgar el rendimiento de combustible. El jeep empeñado, como un caballo ciego, en su inagotable marcha en línea recta, mientras la pampa continúa impertérrita, como un escenario petrificado, haciendo caso omiso a la rabietas, sueños, planes y canciones de quienes se afanan en tocar la costa este de Sudamérica.


Los esperaría Comodoro Rivadavia, probablemente llegarían a posar su cansancio a una villa de veraneo cercana, saldrían a recorrer un poco si el ánimo así lo indicase. Quien sabe, tal vez conocerían a alguien o irían a tomar y comer algo por ahí, para partir prontamente al día siguiente rumbo al estrecho de Magallanes, hasta arribar al atardecer a Punta Arenas.


Despertar. Otra vez aquí, saliendo de la monotonía grisácea del frío matinal. Curvas, bosques de pinos, camiones madereros, caseríos ínfimos, y otra vez el sol del interior, luego de la cortina de cerros, contrastando con la pálida sepultura que cubre Concepción cada mañana al salir de ella. Es difícil concebir esta ausencia absoluta de nubes y frescura a sólo 10 minutos de la tristeza invernal que domina la atmósfera desierta de la ciudad, desde que llegó aquel día, esperado como pocos por casi un año entero.


Concebido en las mentes ávidas de cuatro que se rigen por la lógica de “3 sí y 1 no”, cuando aún no acababan de volver de un raid por el norte, allá por febrero de un año que parece haber nunca pasado. Todo un año inútil esperando, imaginando, planificando, sacando cálculos y juntando dinero, y de pronto el tiempo se contrajo. El día que parecía no legar jamás se hizo presente, arrastrando otros planes, con más problemas que soluciones, sin responder a gran parte de las expectativas que habíanse cifrado como prerrequisito de su arribo.


Y nada. La realidad elocuente y árida pudo más. Para sueños está la adolescencia. El viaje que nunca será llevado a cabo comenzó sin él, en un día de verano en el cual un extraño dejo de tristeza instaló la humedad invernal de la melancolía, desplazando la alegría despreocupada de los días de sol. Como suele suceder, las nubes alimentan la nostalgia de lo que nunca se ha tenido, y aun así se perdió para siempre.


Continuará (2002)

viernes, 4 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 1

El golpe seco de las cuatro puertas del auto, al unísono, marcó el inició de una nueva salida. La mañana gris, arrastraba la extraña sensación de haber ingresado irremediablemente a una bifurcación de la vida. Lo que se aprestaba a ser, según los planes de un par de meses atrás, carece hoy de vigencia. A medida que las cuadras se deshacen bajo las ruedas, la vida alrededor parece dibujar la molesta sonrisa de la ironía; en cada rincón, en cada rostro, que se cruza por su campo visual. Habrá que conformarse con la soledad.


Pasado el primer tramo de la cortina de cerros que separan al valle del mar, el sol ya se hace complemente presente, sin los titubeos previos. La pereza del campo extendida hasta un horizonte no tan lejano, se ve poblada de innumerables corridas de álamos sin un orden aparente. Por todas partes salpicadas, entre diversos sembradíos, casas escondidas entre breves aglomeraciones de pinos añosos, canales colmados de aguas límpidas, y maizales entre praderas que cobijan la lentitud de las vacas.


Frente a ellos una carretera recta, doble, eterna, somnolienta, e inmóvil, cual si no avanzara hacia ningún lado. Cada metro similar a los cientos de kilómetros anteriores. Pocos autos. El día, sin brisa, se abre completamente soleado en las cercanías de Los Ángeles, prometiendo un calor sofocante. Un sol calcinante, que en la lentitud de Antuco parece aún más cercano. Se confabula el clima con la falta de sueño, para hacer de esta jornada, un tedio larguísimo.


Como era de prever, el día continuó agotador. Se sucedían, una a una, hileras de personas ante nuestros ojos. Sencillos. Desconfiados, algunos. Cargados de problemas y conflictos. Sentados, mecánicamente, repitiendo una y otra vez la rutina aprendida, pretendiendo sin querer realmente, responder la procesión inacabable de dudas. En sus miradas silenciosas se lee la desconfianza, extraída desde tiempos remotos, de que nada de esto servirá realmente. Como una especie de resignación aprendida.


Afuera el sol abrasador, una notable carencia de nubes y la plástica figura del volcán con tan sólo unos hilos de nieve tras un par de cerros grises. Lejos, mas allá de cualquier asomo de materialidad, donde la vida se escapa con sueños irrealizados, desde los fértiles valles de la fantasía, partió una parte su vida, cruzando un par de regiones, varias ciudades y muchos desvíos a lagos.


La tarde comienza su irrefrenable camino al ocaso. El sol, moribundo, aún quema. De vuelta al lugar de origen dejamos atrás Los Ángeles y Cabrero. Las sombras se alargan sobre la paciencia infinita del pavimento. Los campos de maíz se confunden con interminables plantaciones de pinos. La soledad de un verano olvidado sintiéndose por todos lados. En la carretera vacía y en la ciudad desierta.

Uno a uno pasa, enorme e incontenible una procesión de camiones en sentido contrario. Detenido, esperando que finalice la caravana en silencio, a la espera de que les den la luz verde; pierde su mirada más alla de la hilera de autos. Unos metros más allá del cruce a Yumbel, justo pasado el boldo que da la bienvenida al hogar de San Sebastián, el camino se entrampa en arreglos tan lentos como recurrentes. Ante la mirada curiosa de un caballo que ve pasar las últimas horas de la tarde tras las rejas de su hijuela.


La marcha se retoma. Concepción cada vez más cerca. Aunque claro, a estas alturas ya debería estar en territorio argentino, o al menos cruzando el paso internacional Puyehue. Quizás contando la conocida sucesión de chistes fomes, o quien sabe, rememorando viajes anteriores o comiendo en algún servicentro de carretera. Con la mente puesta en lo que ha de venir y planificando, sacando cuentas. ¿Cuántos kilómetros por litro estará dando el Jeep?, ¿Cuan caro será el petróleo en Bariloche?.


El sol aún no acaba de caer, sin embargo lo anaranja todo, suavizando cada loma que acaricia como un bostezo, iluminando las copas de los pinos que como niños se yerguen a recibir los últimos rayos del día. El repetitivo acceso sur a Concepción llegando a su fin. Finalmente ha comenzado el resto de la vida, los sueños se fraccionaron y abandonaron su cuerpo para emprender por su cuenta el maravilloso viaje que nunca fue llevado a cabo.




Continuará (2002)