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lunes, 23 de marzo de 2009

El Foro de Pompeya y el Templo de Júpiter


Retumban en los oidos los tambores de los controles para el corazón del sol. Como meses atrás golpeaban los rayos del sol en las petreas calles de Pompeya. Alguna vez los mismos tambores hicieron retumbar estas mismas ruinas. Siempre bajo la mirada atenta del Vesubio, en silencio, como esperando.

martes, 9 de septiembre de 2008

Ocaso

Es de noche ya, cada vez más temprano, aún no daban las 19:30 y la oscuridad se hacía presente en la ciudad. La presencia del otoño se siente, aunque aún los días son calurosos y el sol impera a voluntad. Claro que por estos días luce cansado, un poco hastíado, como si de tanto salir, iluminar y calentar, se aburriera y pidiera vacaciones adelantadas.

Tímidas, las primeras luces del alba, apenas trajeron consigo un manto de nubes ligeramente grises. Se respira esa extraña atmósfera, donde se confunde el comienzo con el final. Las ventanas han comenzado a golpearse y los arboles a moverse. Los quejidos de las nubes grises, comienzan a botar sus primeras gotas aun tibias.

Continuará ...

miércoles, 11 de junio de 2008

Fragmentos inconexos - 3

III

Diciembre, medianoche


El clásico cigarrillo consumiéndose lento entre sus labios aburridos. La mirada tan extraviada como la de muchos otros. Una sutil expresión de cansancio. Afuera una noche inhóspita de luna llena reflejándose en la fría humedad de calles desiertas.


La sensación de vivir el tedio de una vida superficial y sin sentido envenenando los momentos de ocio y descanso, hasta lograr aburrirlo por completo. En el rostro una expresión lánguida, pero sin dejar de sentir una presión interna, como si algo en su subconsciente tuviese la certidumbre de que perdió el rumbo.


Los años apresurándose en desvanecer los sueños, dejando el amargo sabor del fracaso en la conciencia, y unas enormes ganas de llorar. Olvidar, dormir y despertar, con quince años menos, para comenzar de nuevo. Para empezar a hacer bien las cosas.


Música “anglo-deprimente1” inunda la habitación, la oscuridad le nubla el sentido. Intenta articular una idea coherente, mas las palabras han perdido su relación con las cosas de este mundo. Quisiera poder expresar el tropel de sentimientos que de tanto reprimir, esperando el momento adecuado, se solidificaron en su interior negándose a salir. Por ahí el temor a que solo emanen desgarrándolos. Por ahora se confunden con las paredes de cada arteria, se entrelazan con cada tejido.


El humo azulado escapando sutilmente de la habitación. “Paranoid android” llegando a su fin. La noche en silencio. Afuera, perros lejanos llamando a la luna. Se queda tendido, inmóvil, con la vista fija en ningún lado.

2001

1 Radiohead o Coldplay, por ejemplo.

martes, 27 de mayo de 2008

Fragmentos inconexos - 1

Enero de un año cualquiera



Que calor sofocante. Aún no son las once de la mañana. El brillo enceguecedor del sol viene acompañado de un aire inmóvil, pesado e incontrarrestable. El viento tan común por estos lados, también parecía estar descansando de un fin de año agotador e interminable. Mucha agua, santo remedio de algunas señoras con varias décadas encima, era lo único que atinaba a ingerir.


Esta vez no era la resaca tradicional, la falta de sueño o el típico cansancio pos-trasnoche de varios días, era mas bien un cansancio estructural, un agotamiento completo. Después de mucho bregar por el mundo, entrado y a la plenitud de los veintitantos, el cuerpo le exigía unas vacaciones. ¿La estrategia?, vegetar como un reptil cobijado a la sombra de un árbol a ver pasar los días con absoluta negligencia, con un botella de agua en la mano, y un malestar general a cuestas.


La tarde inexorablemente llegando a su fin, acarreando consigo la urgencia de comer algo. Nadie en casa. La perra durmiendo feliz en un living que ya no mostraba las señas del “vendaval” de fin de año, que hace dos días parecía querer dejar marcas imperecederas en el parquet. El teléfono durmiendo como todo lo demás en el letargo de este largo fin de semana.


Es sábado, dos de enero, las sombras alargándose anuncian la pronta llegada del ocaso. Da vueltas por la casa. Alguna cama a medio hacer, algún vaso olvidado con restos inidentificables tras las cortinas, el atardecer anaranjando las paredes. Sobre el computador una hoja impresa por quien sabe quien.


1999

jueves, 22 de mayo de 2008

Fragmentos al costado del camino

Que injusto sería culpar a un esquivo destino de algo tan superfluo como no haber pasado un verano inolvidable, mas aun al considerar que no sufrió desgracia alguna, ninguna clase de accidente, ni un robo menor, ningún pasaje revendido, ni peleas con nadie. Nada. Quizás he ahí el problema, no hubo nada. Nada excitante. Nada espectacular. Nada fuera de lo común que contar. Salvo aquello que sólo dos vieron y que quizás hubiese sido mejor no verlo jamás, sobre todo porque nunca quedó muy claro que fue lo que ocurrió, y no se volvió a hablar de ello. Lo cual desde aquella noche gélida les pesa enormemente sobre las espaldas, y posiblemente en parte amargó el resto de verano que les quedaba. Pero ni tanto, porque Pucón quedó esta vez a varios días y kilómetros de distancia, y finalmente ni se acordaron de tan confuso y desagradable incidente.


Viendo un poco hacia atrás, solo unos pocos días, es posible darse cuenta, con fingida resignación, que el destino sabio, repentino y cruel, ofreció una serie de oportunidades, escasas pero contundentes y exactas, de tan sólo un instante. Las cuales requerían del valor suficiente como para cruzar alguna pequeña frontera, o como para hacer alguna locura menor, o simplemente, la valentía de dejar de actuar preocupándose de las reacciones de terceros y comenzar a dejar andar los pasos. Dejarse arrastrar por el impulso de los propios y verdaderos deseos, permitiendo al fin y al cabo, que surja uno mismo, tal como está siendo en ese minuto. Fantástico y deficiente a la vez. Dándose cuenta de cuan reprimido y opresor se es al mismo tiempo, y cuanto se le teme al libre albedrío.


Supongo que se necesita demasiada valentía y voluntad para dejarse llevar, para vivir sin miedo a vivir, sin miedo a perder lo que se ha logrado, abandonando poses y siendo simplemente sin preguntarse mucho quién se es. Dada esa pequeña condición, la ausencia de valor, no se aprovecharon ninguna de las pocas oportunidades que se ofrecieron. En el tiempo que se perdía poniendo esta u otra careta, o mientras se practicaban posturas acorde a las circunstancias, las oportunidades se disipaban, perdiéndose en lo más profundo del olvido, como si nunca hubiesen existido.


Podría comenzar un largo relato por cada una de esos momentos, que se observaron en torno en aquellos días, basta mencionar a modo de ejemplo, algunas historias que se contaron por ahí. Decía uno recién llegado del litoral central, sobre una hermosa y delgada joven, perfectamente bronceada, que tomaba el sol a escasos metros de ellos, día tras día, : "... estuvo esperando, varios días, que dejara de observarla de reojo como si no me importara, abandonara mi pose mezcla de Pacific Blue y de vividor en receso, y que me acercara a hablarle cuando se quedaba sola a escasos 5 metros mirándome directamente a los ojos, tal como yo lo hacía fingiendo lo contrario. Sin importar si estaba peinado, si había practicado lo que le iba a decir, o como iba a actuar, ya que aquellos momentos sólo duraban unos minutos. Al fin cuando me decidí a actuar, esperé sentado en la playa, jugué horas a las paletas con un súbdito del chino Ríos, observe la caída del sol, y ella simplemente no bajó, yo al día siguiente volví a Santiago”.


Otro, como enojado con sigo mismo, contaba historias fabulosas sobre su colección de imbecilidades, en especial la brutalidad que hizo en el Cuzco con una mujer increíble, como nunca había conocido antes, destruyendo con el don de la palabra inoportuna lo que se ofrecía casi como una fantasía hecha realidad en un sitio mágico. Mientras seguía indignado en su recuento, lo interrumpía un tercero, peleándose el primer lugar de las oportunidades perdidas, con un “incidente” con su primer gran amor adolescente, con sus escasos 13 años, el cual fue una demostración paradigmática de la estupidez masculina, aunque en su caso, lo exculpa la falta de experiencia, y así siguieron varias más.


Repentinamente el paso veloz de un Fíat convertible amarillo lo hizo volver desde el pantano de los recuerdos. El viento sigue aquí, la gringa continua afanada en su helado, del Nissan azul ni señas. El paso de grupitos de jóvenes muy animadas los distrae un rato, a ambos lados gente comiendo helado, caminando, esperando cualquier cosa.


No puede dejar de pensar que quizás cuando quiso ir a la otra playa pero se dejó convencer que ésta estaba más vacía, lo cual finalmente resultó falso; o todas las veces que quiso ir a caminar solo, y no lo hizo; o cuando quería doblar en una esquina y seguía de largo para acompañar a su amiga a buscar alguna perdida tienda de artesanías; o cuando la acompañó a Villarrica a buscar más artesanías siendo que lo único que quería era quedarse en el pueblo para ver si encontraba a alguien conocido; quién sabe, tal vez el destino le estaba reservando algo increíble, siempre que fuera capaz de ser quien tomase la iniciativa, aun a riesgo de caer mal o pasar por antisocial.


Quizás esa vez que se quedó esperando a que todos terminaran de ducharse, vestirse, comer y arreglarse, cuando lo único que quería era salir temprano para ver si de una vez por todas lograba conocer a aquella curiosa mirada que trataba de decirle algo que no se atrevió a oír, y que acompañaba una hermosa sonrisa con la cual estuvo coqueteando, a través de la vitrina de una de las tiendas de artesanías que le hicieron conocer. A la que finalmente volvió con todos los demás pasada la media noche, cuando ya la habían cerrado, sólo quedaban melancólicas las luminarias del mostrador, que permitían ver sutilmente un puñado de candelabros metálicos y una que otra lámpara de vidrio.


Quién sabe si de haber salido sólo esa vez, siguiendo lo que la inquietud despertada ordenaba, la historia no se hubiese escrito de otra forma. Evidentemente no existe forma lógica de saberlo, sólo puede seguir conjeturándolo mientras espere pacientemente que se dignen pasarlos a buscar.


1998


martes, 20 de mayo de 2008

Fragmentos al costado del camino

Dos días enteros lleva soportando este viento atroz, tibio y polvoriento, con la esperanza de que sólo será pasajero. Este pueblo de mierda se está volviendo insoportable. Por cada agujero que encontró a su paso, el viento hizo entrar partículas de polvo, hojas y papeles. Ducharse suele ser un esfuerzo estéril, y pasear por las acogedoras callecitas de Pucón puede convertirse en un suplicio, o en deporte aventura, tratando de adivinar en que dirección va a venir el próximo aletazo de aire empolvado para, ilusamente, mantener el pelo en un sitio razonable, en vez de arremolinarse y volar en todas direcciones.


Finalmente se da por vencido. Tal vez semejante ventolera vino, cual mensajera del destino, para decirle que su tiempo aquí ya acabó, y cual hoja moribunda que se deja arrastrar debe echarse a volar con el viento. Al fin y al cabo nada de lo tan obstinadamente deseado se cumplió, ni el mejor verano de su vida, ni algún breve e intenso romance con una persona increíble, de esas que sólo existen en vacaciones, que se enamorara profundamente de su simpática existencia, y mil y una boludeses romanticonas más.


Ni encontrarse con los viejos amigos de cuando vivía en Santiago, ni nada de eso. No fue el peor, ni mucho menos, anduvo por muchos caminos, recorrió algunos lugares, otrora geniales, pero no hubo magia. Fue chato, vacío, hizo falta un poco de la sobredosis de fantasía que le invadió poco después de las elecciones parlamentarias, pero nada de lo esperado ocurrió.



Sigue aquí, empolvándose a 15 km del volcán Villarrica, comiendo un helado artesanal de chocolate con almendras y crema con café, en la Hostal O’Higgins, en medio entre el popular Pucono y la Pastelería Suiza, aprovechando además de observar la cándida ineptitud de una gringa que demoró 15 minutos en elegir dos sabores para un helado, saliendo a la calle risueña, alegrando en parte su desabrido semblante con un andar infantil que hacía relucir sus redondeces, bastante contundentes por lo demás.


Son ya las tres de la tarde. Decidido a partir hoy mismo, sigue esperando la llegada del Nissan azul que les tiene que alejar de este infierno de polvo. Todo el tiempo que ocupa recorriendo la vereda, aguardando el arribo del auto, piensa en la enorme cantidad de expectativas que se había cifrado para este verano. Uno más, en los vacíos años noventa, el cual ya comenzó de lleno el inicio de su ocaso, o como diría mi cada vez más extraño padre “la perspectiva del otoño.”


Sea como fuere el hecho es que ya entramos a la última semana de febrero, ya pasó el festival de Viña del Mar, así como el recital de U2 al cual no pudó ir y que parece tan lejano, o el histórico triunfo de Chile sobre Inglaterra en Wembley, con un golazo de antología. Ya pasaron los calores más agobiantes, los días eternamente perezosos, las horas lentas y despreocupadas, las noches junto al mar o al lago, dejando olvidadas, sepultadas en sus arenas oscuras una a una sus esperanzas de ver materializados ciertos sueños que, aunque evolucionados, siguen siendo aquellos que arrastra desde mi más estúpida y tierna infancia.



- 1998 -

miércoles, 9 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 3

Hoy, mientras debería estar cruzando la inmensidad de la pampa patagónica, se hace más patente que nunca, que definitivamente para que “3 sí”, definitivamente debe haber “1 que no”. Sea por lo que fuere, los caminos de la vida son intrincados, y sin siquiera notarlo lo destinos se van separando unos de otros como una metáfora del “Big Bang”, hasta que es inevitable y ya nada puede volver a ser como solía. Lo desagradable de encontrar la felicidad tan luego, es no saber como hacer para conservarla con el tiempo, pero ello, es parte de otra historia.


Otra vez Yumbel, ahora con más movimiento que de costumbre, gracias al imán popular que constituye el santo. Una pequeña figura de madera del santo perforado con flechas antiguas, atrae cada año a miles de gentes de infinidad de lugares, en procesiones diversas, y a su vez, el gentío, a cientos de comerciantes. Todo en un clima festivo, caluroso, muy sudamericano y caótico, con chocantes escenas de fervor que rayan en el fanatismo, en medio de una brisa caliente y una temperatura de 36 o 38 grados a la sombra, sobre la aglomeración agobiante, de una multitud incontrolable, que sobrepasa los estériles esfuerzos de carabinaros, autoridades y voluntarios eclesiásticos por normar y regular la situación.


Tomada la vía a Yumbel – camino a Laja – ruta 5, para sortear los eternos arreglos en el acceso sur a Concepción, nos dirigimos a toda velocidad a paliar nuestro atraso imperdonable. A ambos lados bosques de pinos insigne de plantaciones forestales. En la vía, poco tráfico. El camino áspero, pero aceptable. Ya deberíamos estar en Antuco al pie de los Andes, y nos queda al menos 1 hora de viaje. La chofer impertérrita, escondiendo su actitud de sumiso malestar en el buen ánimo de siempre, descubriendo en silencio nuevas rutas para llegar al mismo lugar, en medio de reconvenciones permanentes.

Continuará (2002)

lunes, 7 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 2

Con cierto apuro, cuyo halo lejano despierta una tímida sonrisa por aquí, han de haber dejado las inmediaciones del Nahuel Huapi en dirección al atlántico. A cruzar la linealidad infinita de la pampa, probablemente por la ribera del Lago Gutiérrez, tomando la ruta 258, rumbo a Esquel. San Carlos de Bariloche debe haber lucido maravillosa, con su aire estival y su plaza con perros San Bernardos. Pese a la depresión que asola al país, algo de su habitual encanto debe permanecer incólume. Sus tentadoras chocolaterías, heladerías artesanales y restaurantes, el permanente gusto por la vida al aire libre, los automóviles, el deporte y las mujeres hermosas, que por aquellas tierras no escasean.

Frente al carro imaginario se debe abrir la pampa abrumadoramente despoblada, inmensa, dibujando una inalcanzable línea más allá lo imaginable. Por doquier, pequeños arbustos amarillentos increíblemente similares entre sí, la fuerza de un viento indomable que corre libre por las extensiones interminables de la soledad y cúmulos dispersos, que tienden a perderse por el este en las fauces del Atlántico.


Primero hasta Esquel, a casi 300 km al sur, luego tomar una diagonal de mil kilómetros hasta alcanzar la línea del mar, a velocidades constantes, de no más de 95 km por hora, para no arriesgar el rendimiento de combustible. El jeep empeñado, como un caballo ciego, en su inagotable marcha en línea recta, mientras la pampa continúa impertérrita, como un escenario petrificado, haciendo caso omiso a la rabietas, sueños, planes y canciones de quienes se afanan en tocar la costa este de Sudamérica.


Los esperaría Comodoro Rivadavia, probablemente llegarían a posar su cansancio a una villa de veraneo cercana, saldrían a recorrer un poco si el ánimo así lo indicase. Quien sabe, tal vez conocerían a alguien o irían a tomar y comer algo por ahí, para partir prontamente al día siguiente rumbo al estrecho de Magallanes, hasta arribar al atardecer a Punta Arenas.


Despertar. Otra vez aquí, saliendo de la monotonía grisácea del frío matinal. Curvas, bosques de pinos, camiones madereros, caseríos ínfimos, y otra vez el sol del interior, luego de la cortina de cerros, contrastando con la pálida sepultura que cubre Concepción cada mañana al salir de ella. Es difícil concebir esta ausencia absoluta de nubes y frescura a sólo 10 minutos de la tristeza invernal que domina la atmósfera desierta de la ciudad, desde que llegó aquel día, esperado como pocos por casi un año entero.


Concebido en las mentes ávidas de cuatro que se rigen por la lógica de “3 sí y 1 no”, cuando aún no acababan de volver de un raid por el norte, allá por febrero de un año que parece haber nunca pasado. Todo un año inútil esperando, imaginando, planificando, sacando cálculos y juntando dinero, y de pronto el tiempo se contrajo. El día que parecía no legar jamás se hizo presente, arrastrando otros planes, con más problemas que soluciones, sin responder a gran parte de las expectativas que habíanse cifrado como prerrequisito de su arribo.


Y nada. La realidad elocuente y árida pudo más. Para sueños está la adolescencia. El viaje que nunca será llevado a cabo comenzó sin él, en un día de verano en el cual un extraño dejo de tristeza instaló la humedad invernal de la melancolía, desplazando la alegría despreocupada de los días de sol. Como suele suceder, las nubes alimentan la nostalgia de lo que nunca se ha tenido, y aun así se perdió para siempre.


Continuará (2002)

viernes, 4 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 1

El golpe seco de las cuatro puertas del auto, al unísono, marcó el inició de una nueva salida. La mañana gris, arrastraba la extraña sensación de haber ingresado irremediablemente a una bifurcación de la vida. Lo que se aprestaba a ser, según los planes de un par de meses atrás, carece hoy de vigencia. A medida que las cuadras se deshacen bajo las ruedas, la vida alrededor parece dibujar la molesta sonrisa de la ironía; en cada rincón, en cada rostro, que se cruza por su campo visual. Habrá que conformarse con la soledad.


Pasado el primer tramo de la cortina de cerros que separan al valle del mar, el sol ya se hace complemente presente, sin los titubeos previos. La pereza del campo extendida hasta un horizonte no tan lejano, se ve poblada de innumerables corridas de álamos sin un orden aparente. Por todas partes salpicadas, entre diversos sembradíos, casas escondidas entre breves aglomeraciones de pinos añosos, canales colmados de aguas límpidas, y maizales entre praderas que cobijan la lentitud de las vacas.


Frente a ellos una carretera recta, doble, eterna, somnolienta, e inmóvil, cual si no avanzara hacia ningún lado. Cada metro similar a los cientos de kilómetros anteriores. Pocos autos. El día, sin brisa, se abre completamente soleado en las cercanías de Los Ángeles, prometiendo un calor sofocante. Un sol calcinante, que en la lentitud de Antuco parece aún más cercano. Se confabula el clima con la falta de sueño, para hacer de esta jornada, un tedio larguísimo.


Como era de prever, el día continuó agotador. Se sucedían, una a una, hileras de personas ante nuestros ojos. Sencillos. Desconfiados, algunos. Cargados de problemas y conflictos. Sentados, mecánicamente, repitiendo una y otra vez la rutina aprendida, pretendiendo sin querer realmente, responder la procesión inacabable de dudas. En sus miradas silenciosas se lee la desconfianza, extraída desde tiempos remotos, de que nada de esto servirá realmente. Como una especie de resignación aprendida.


Afuera el sol abrasador, una notable carencia de nubes y la plástica figura del volcán con tan sólo unos hilos de nieve tras un par de cerros grises. Lejos, mas allá de cualquier asomo de materialidad, donde la vida se escapa con sueños irrealizados, desde los fértiles valles de la fantasía, partió una parte su vida, cruzando un par de regiones, varias ciudades y muchos desvíos a lagos.


La tarde comienza su irrefrenable camino al ocaso. El sol, moribundo, aún quema. De vuelta al lugar de origen dejamos atrás Los Ángeles y Cabrero. Las sombras se alargan sobre la paciencia infinita del pavimento. Los campos de maíz se confunden con interminables plantaciones de pinos. La soledad de un verano olvidado sintiéndose por todos lados. En la carretera vacía y en la ciudad desierta.

Uno a uno pasa, enorme e incontenible una procesión de camiones en sentido contrario. Detenido, esperando que finalice la caravana en silencio, a la espera de que les den la luz verde; pierde su mirada más alla de la hilera de autos. Unos metros más allá del cruce a Yumbel, justo pasado el boldo que da la bienvenida al hogar de San Sebastián, el camino se entrampa en arreglos tan lentos como recurrentes. Ante la mirada curiosa de un caballo que ve pasar las últimas horas de la tarde tras las rejas de su hijuela.


La marcha se retoma. Concepción cada vez más cerca. Aunque claro, a estas alturas ya debería estar en territorio argentino, o al menos cruzando el paso internacional Puyehue. Quizás contando la conocida sucesión de chistes fomes, o quien sabe, rememorando viajes anteriores o comiendo en algún servicentro de carretera. Con la mente puesta en lo que ha de venir y planificando, sacando cuentas. ¿Cuántos kilómetros por litro estará dando el Jeep?, ¿Cuan caro será el petróleo en Bariloche?.


El sol aún no acaba de caer, sin embargo lo anaranja todo, suavizando cada loma que acaricia como un bostezo, iluminando las copas de los pinos que como niños se yerguen a recibir los últimos rayos del día. El repetitivo acceso sur a Concepción llegando a su fin. Finalmente ha comenzado el resto de la vida, los sueños se fraccionaron y abandonaron su cuerpo para emprender por su cuenta el maravilloso viaje que nunca fue llevado a cabo.




Continuará (2002)