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domingo, 25 de enero de 2009

Una mañana en el mundo

“Tombstone shadow” en los oídos fatigados. La inercia de un fin de año agotador, arrastrándole hasta Los Ángeles en busca de algún descanso. La necesidad de un respiro, torna imperativo abandonar la capital regional.


El día se abre precioso. Una mañana perdida en la fugacidad de los primeros días de un diciembre cualquiera, en un fin de siglo cualquiera, se colma de luz. Poco falta para que el reloj de las 10. Las plantaciones forestales alineadas uniforme y sutilmente, encaramándose en laderas y quebradas, dando cierta sensación de orden y europea inmovilidad.


Sobre las cabezas un cielo celeste rasgado por delgados cirros blancos en lo más alto, parece feliz de ver la destellante luminosidad matinal. Todo aquí, en medio de ninguna parte, rumbo a las tierras mas allá del salto que se quedó sin agua por la sequía, es luz. El sol quiso, hoy, salir con más bríos que de costumbre, cegando en parte las somnolientas miradas que se han asomado tímidas a recibir un día que amaneció aceleradamente.


Oleadas de luz jugueteando en un interminable ir y venir de sombras y colores, interrumpen la brumosa parquedad de pacientes bosques de pinos, que pareciese quisieran preservar su atesorada oscuridad de fin de mundo, de la implacable caricia cálida de una primavera de esas que pasan tan rápido como eternas parecen haber sido.


Desde la infancia, mucho tiempo pasó hasta poder volver a detenerse y observar entre bosques, el andar de una primavera así, tan verde y seca como un verano, tan corta como un domingo de Marzo, tan vertiginosa y quieta a la vez. Todo luce en fotográfica inmovilidad. Un momento eterno, plasmado en tan sólo un instante, visible únicamente desde un bus en marcha, da una impresión de petrificación. Cual si desde hace siglos no se modificara un árbol, no se moviera una rama, esperando el paso de estos viajeros de entre sueños.


Todo ahí. Aguardando. Prados, gentes perpetuas, colinas amarillentas, pinos opacos y de mal humor golpeados por aletazos de luz, álamos alegres vigilando el paso de los días, una carretera interminablemente corta. Música invadiendo la intimidad de sus oídos. Casas, cabañas, chozas, pocilgas, gallineros ruinosos, el recuerdo triste de un antiguo bosque nativo, la esperanza de un verano inolvidable que aún no comienza, pero que se esfuerza por hacerse presente, el canto de gorriones y zorzales. Todo ahí. Todo eterno.

jueves, 22 de mayo de 2008

Fragmentos al costado del camino

Que injusto sería culpar a un esquivo destino de algo tan superfluo como no haber pasado un verano inolvidable, mas aun al considerar que no sufrió desgracia alguna, ninguna clase de accidente, ni un robo menor, ningún pasaje revendido, ni peleas con nadie. Nada. Quizás he ahí el problema, no hubo nada. Nada excitante. Nada espectacular. Nada fuera de lo común que contar. Salvo aquello que sólo dos vieron y que quizás hubiese sido mejor no verlo jamás, sobre todo porque nunca quedó muy claro que fue lo que ocurrió, y no se volvió a hablar de ello. Lo cual desde aquella noche gélida les pesa enormemente sobre las espaldas, y posiblemente en parte amargó el resto de verano que les quedaba. Pero ni tanto, porque Pucón quedó esta vez a varios días y kilómetros de distancia, y finalmente ni se acordaron de tan confuso y desagradable incidente.


Viendo un poco hacia atrás, solo unos pocos días, es posible darse cuenta, con fingida resignación, que el destino sabio, repentino y cruel, ofreció una serie de oportunidades, escasas pero contundentes y exactas, de tan sólo un instante. Las cuales requerían del valor suficiente como para cruzar alguna pequeña frontera, o como para hacer alguna locura menor, o simplemente, la valentía de dejar de actuar preocupándose de las reacciones de terceros y comenzar a dejar andar los pasos. Dejarse arrastrar por el impulso de los propios y verdaderos deseos, permitiendo al fin y al cabo, que surja uno mismo, tal como está siendo en ese minuto. Fantástico y deficiente a la vez. Dándose cuenta de cuan reprimido y opresor se es al mismo tiempo, y cuanto se le teme al libre albedrío.


Supongo que se necesita demasiada valentía y voluntad para dejarse llevar, para vivir sin miedo a vivir, sin miedo a perder lo que se ha logrado, abandonando poses y siendo simplemente sin preguntarse mucho quién se es. Dada esa pequeña condición, la ausencia de valor, no se aprovecharon ninguna de las pocas oportunidades que se ofrecieron. En el tiempo que se perdía poniendo esta u otra careta, o mientras se practicaban posturas acorde a las circunstancias, las oportunidades se disipaban, perdiéndose en lo más profundo del olvido, como si nunca hubiesen existido.


Podría comenzar un largo relato por cada una de esos momentos, que se observaron en torno en aquellos días, basta mencionar a modo de ejemplo, algunas historias que se contaron por ahí. Decía uno recién llegado del litoral central, sobre una hermosa y delgada joven, perfectamente bronceada, que tomaba el sol a escasos metros de ellos, día tras día, : "... estuvo esperando, varios días, que dejara de observarla de reojo como si no me importara, abandonara mi pose mezcla de Pacific Blue y de vividor en receso, y que me acercara a hablarle cuando se quedaba sola a escasos 5 metros mirándome directamente a los ojos, tal como yo lo hacía fingiendo lo contrario. Sin importar si estaba peinado, si había practicado lo que le iba a decir, o como iba a actuar, ya que aquellos momentos sólo duraban unos minutos. Al fin cuando me decidí a actuar, esperé sentado en la playa, jugué horas a las paletas con un súbdito del chino Ríos, observe la caída del sol, y ella simplemente no bajó, yo al día siguiente volví a Santiago”.


Otro, como enojado con sigo mismo, contaba historias fabulosas sobre su colección de imbecilidades, en especial la brutalidad que hizo en el Cuzco con una mujer increíble, como nunca había conocido antes, destruyendo con el don de la palabra inoportuna lo que se ofrecía casi como una fantasía hecha realidad en un sitio mágico. Mientras seguía indignado en su recuento, lo interrumpía un tercero, peleándose el primer lugar de las oportunidades perdidas, con un “incidente” con su primer gran amor adolescente, con sus escasos 13 años, el cual fue una demostración paradigmática de la estupidez masculina, aunque en su caso, lo exculpa la falta de experiencia, y así siguieron varias más.


Repentinamente el paso veloz de un Fíat convertible amarillo lo hizo volver desde el pantano de los recuerdos. El viento sigue aquí, la gringa continua afanada en su helado, del Nissan azul ni señas. El paso de grupitos de jóvenes muy animadas los distrae un rato, a ambos lados gente comiendo helado, caminando, esperando cualquier cosa.


No puede dejar de pensar que quizás cuando quiso ir a la otra playa pero se dejó convencer que ésta estaba más vacía, lo cual finalmente resultó falso; o todas las veces que quiso ir a caminar solo, y no lo hizo; o cuando quería doblar en una esquina y seguía de largo para acompañar a su amiga a buscar alguna perdida tienda de artesanías; o cuando la acompañó a Villarrica a buscar más artesanías siendo que lo único que quería era quedarse en el pueblo para ver si encontraba a alguien conocido; quién sabe, tal vez el destino le estaba reservando algo increíble, siempre que fuera capaz de ser quien tomase la iniciativa, aun a riesgo de caer mal o pasar por antisocial.


Quizás esa vez que se quedó esperando a que todos terminaran de ducharse, vestirse, comer y arreglarse, cuando lo único que quería era salir temprano para ver si de una vez por todas lograba conocer a aquella curiosa mirada que trataba de decirle algo que no se atrevió a oír, y que acompañaba una hermosa sonrisa con la cual estuvo coqueteando, a través de la vitrina de una de las tiendas de artesanías que le hicieron conocer. A la que finalmente volvió con todos los demás pasada la media noche, cuando ya la habían cerrado, sólo quedaban melancólicas las luminarias del mostrador, que permitían ver sutilmente un puñado de candelabros metálicos y una que otra lámpara de vidrio.


Quién sabe si de haber salido sólo esa vez, siguiendo lo que la inquietud despertada ordenaba, la historia no se hubiese escrito de otra forma. Evidentemente no existe forma lógica de saberlo, sólo puede seguir conjeturándolo mientras espere pacientemente que se dignen pasarlos a buscar.


1998


martes, 20 de mayo de 2008

Fragmentos al costado del camino

Dos días enteros lleva soportando este viento atroz, tibio y polvoriento, con la esperanza de que sólo será pasajero. Este pueblo de mierda se está volviendo insoportable. Por cada agujero que encontró a su paso, el viento hizo entrar partículas de polvo, hojas y papeles. Ducharse suele ser un esfuerzo estéril, y pasear por las acogedoras callecitas de Pucón puede convertirse en un suplicio, o en deporte aventura, tratando de adivinar en que dirección va a venir el próximo aletazo de aire empolvado para, ilusamente, mantener el pelo en un sitio razonable, en vez de arremolinarse y volar en todas direcciones.


Finalmente se da por vencido. Tal vez semejante ventolera vino, cual mensajera del destino, para decirle que su tiempo aquí ya acabó, y cual hoja moribunda que se deja arrastrar debe echarse a volar con el viento. Al fin y al cabo nada de lo tan obstinadamente deseado se cumplió, ni el mejor verano de su vida, ni algún breve e intenso romance con una persona increíble, de esas que sólo existen en vacaciones, que se enamorara profundamente de su simpática existencia, y mil y una boludeses romanticonas más.


Ni encontrarse con los viejos amigos de cuando vivía en Santiago, ni nada de eso. No fue el peor, ni mucho menos, anduvo por muchos caminos, recorrió algunos lugares, otrora geniales, pero no hubo magia. Fue chato, vacío, hizo falta un poco de la sobredosis de fantasía que le invadió poco después de las elecciones parlamentarias, pero nada de lo esperado ocurrió.



Sigue aquí, empolvándose a 15 km del volcán Villarrica, comiendo un helado artesanal de chocolate con almendras y crema con café, en la Hostal O’Higgins, en medio entre el popular Pucono y la Pastelería Suiza, aprovechando además de observar la cándida ineptitud de una gringa que demoró 15 minutos en elegir dos sabores para un helado, saliendo a la calle risueña, alegrando en parte su desabrido semblante con un andar infantil que hacía relucir sus redondeces, bastante contundentes por lo demás.


Son ya las tres de la tarde. Decidido a partir hoy mismo, sigue esperando la llegada del Nissan azul que les tiene que alejar de este infierno de polvo. Todo el tiempo que ocupa recorriendo la vereda, aguardando el arribo del auto, piensa en la enorme cantidad de expectativas que se había cifrado para este verano. Uno más, en los vacíos años noventa, el cual ya comenzó de lleno el inicio de su ocaso, o como diría mi cada vez más extraño padre “la perspectiva del otoño.”


Sea como fuere el hecho es que ya entramos a la última semana de febrero, ya pasó el festival de Viña del Mar, así como el recital de U2 al cual no pudó ir y que parece tan lejano, o el histórico triunfo de Chile sobre Inglaterra en Wembley, con un golazo de antología. Ya pasaron los calores más agobiantes, los días eternamente perezosos, las horas lentas y despreocupadas, las noches junto al mar o al lago, dejando olvidadas, sepultadas en sus arenas oscuras una a una sus esperanzas de ver materializados ciertos sueños que, aunque evolucionados, siguen siendo aquellos que arrastra desde mi más estúpida y tierna infancia.



- 1998 -

miércoles, 12 de marzo de 2008

La vida en un minuto - 6

Era ella. Sola, en medio de la creciente oscuridad. La siguió, en silencio, apurando un poco su marcha pero sin atreverse a ir rápidamente a su encuentro. Un extraño temor le impedía abrir la boca para llamarla. El anonimato, la oscuridad, la falta de resolución, todos cómplices para evitar verse obligado a tomar la iniciativa. Saliendo de la facultad por la parte superior, en dirección al “Plato” (un edificio de aulas con forma de nave espacial), se acercaba a cada segundo un par de centímetros.


La tenía ahí, a dos metros. Ella viró hacia el teléfono público, a un costado de la cafetería. Él sin atreverse a nada siguió su marcha, con una profunda sensación de estupidez, hacia la biblioteca. Esta vez afloró, inexorablemente, la pétrea inmovilidad de su alma. El temor al ridículo, la timidez más intensa, la molesta sensación de no estar manejando las situaciones y ser sólo una triste hoja arrastrada por el viento, el cual, a cada segundo acarreaba nubes aún más oscuras sobre el cielo de Concepción.


Sin atinar a comprender su actitud, pasaron demasiado rápido los breves minutos que le dio la vida para revertir lo que siempre ha parecido inevitable. Pensó en volver a buscarla. Pero la actuación que traía preparada, se había desmoronado. Si apenas podía aguantarse él, qué habría podido decirle. - Hola, sabes que te seguí, pero me dio miedo hablarte, y salí arrancando como un imbécil. - Pudo haber sido, quizás lo hubiese encontrado tierno. Pero su imagen de hombre despreocupado, y desenvuelto hubiese quedado colgada en la colección de los más ridículos fraudes.



Sin saber, donde ir, que pensar o a quien culpar, siguió caminado cabizbajo. Sentía una rabia enorme hacia sí mismo. Extraña mezcla, indignación, vergüenza, impotencia, en un torbellino que lejos de aplacarse iba en crecimiento. Cual si se incubara una tormenta en su interior. Con que cara la voy a mirar cuando la vuelva a ver, es obvio que se dio cuenta que yo estaba ahí, y por algo comenzó a caminar más lento. Eran las 7:25 PM. - Soy un imbécil – Se dijo en voz alta, y subió al auto.

Lo demás una anécdota. El frío creciente. Las nubes que terminaron de cubrir el cielo de la ciudad. El temporal que se anunciaba. La radio a todo volumen. La impotencia presionando el acelerador, cual si se pudiesen expiar las culpas, y descargar la ira, acelerando. El zigzagueo a los automóviles, haciendo caso omiso de las luces de los semáforos. La calle jabonosa, por la llovizna que comenzaba. El puente de una pista en mal estado, como siempre. El río cargado de agua de lado a lado. Él a 120 kilómetros por hora.

En sus oídos retumbando la canción “
Wake up”. En sus manos un cigarrillo, y en su semblante una seriedad desacostumbrada. El niño que cruzó sin mirar a la salida del puente. El bus doblando por el otro lado, al que apenas le hizo el quite. El bendito poste que partiéndose en la base pudo frenar la carrera del vehículo, evitando una tragedia mayor. Todo en un abrir y cerrar de ojos. El líquido fluido de su sangre, mezclándose con las primeras gotas de lluvia, sobre el pavimento helado. Las sirenas. Los vidrios repartidos por todas partes. Las luces centellantes, relampagueando en sus parpados mientras daba su último respiro. La certidumbre de que la vida, no es más que la suma de pequeñas momentos, segundos inevitables y casualidades incomprensibles. Sobre el puente, un embotellamiento enorme.


FIN
(1998)

martes, 11 de marzo de 2008

La vida en un minuto - 5

Debía apurarse, tenía clases de francés en 15 minutos. De pronto, recordó que su automóvil estaba aparcado en la universidad, sin pensarlo mayormente tomó un taxi rumbo al centro. Si bien, estaba a sólo 10 cuadras del Instituto, no tenía intención de retrasarse. A siete minutos de entrar a clases, y a media cuadra de la entrada, justo en la escalinata de acceso al Alianza Francesa, se detuvo. Una amplia confusión de sensaciones, ideas, la imagen de aquella joven mujer deambulando por su conciencia, y una rara necesidad de volver a verla. Todo junto fundiéndose en un impulso irrefrenable. Rápidamente, echó marcha atrás deshaciendo sus pasos, rumbo a la universidad.


- Que importa perder un día de clases -, pensó. El reloj marcaba las 6:50 PM. Sobre su cabeza, la tarde moribunda dejaba a aparecer algunas nubes, desde la profundidad del océano. Caminaba apurado, sin pensar. Preso absoluto de una misteriosa energía, el tradicional autocontrol comenzaba a quebrarse. Sin pensar en la tontera que estaba haciendo, siguió caminando con franca resolución. Tomar un bus, para bajarse y volver caminando casi al mismo punto de donde salió, no es muy inteligente. Eso sin considerar que va a perder clases, y que no le consta que ella siga en la universidad. Da igual, más que un capricho era una necesidad. Por extraño que le pareciese había tomado una decisión hace un par de horas, alterando su frágil equilibrio interno, y debía hacer algo para recobrarlo.


La ambigüedad de su encuentro, le dejó la incomoda sensación de haber quedado en nada. - No fue nada en realidad, o fue mucho, no lo se -. Esa inquietud, lo arrastró, irreflexivamente de vuelta a los prados, ahora ensombrecidos por el atardecer, de la universidad. Sin saber realmente por qué, la alegría de su optimismo inicial se iba pudriendo en la misma medida que las nubes del ocaso cubrían los últimos rincones despejados. - ¿Quién era el sujeto con quien se sentó en el pasto? -, justo en el momento que él abandonada la facultad por el costado contrario. Comenzaba a correr un desagradable viento frío.


La Casa del Arte a la vista, ya estaba aquí. - Piensa en una excusa -, se dijo. - Obvio, vienes a buscar el auto que dejaste estacionado en la Facultad de Economía, nada más natural. Impecable. Si la ves, la llevas para su casa, total, según te dijo, ambos viven en San Pedro. Perfecto. - Siguió caminando, algo más tranquilo. A un ritmo lento, pausado, cómo si lo de él fuese la falta de preocupaciones y tuviese todo bajo control, caminó por el borde de la universidad, pegado a la calle, hasta la altura de la biblioteca.


Estaba asustado. Se sentía aún más imbécil que hace un par de horas. Era tarde, lo más probable es que se haya ido a su casa, sin embargo debía dar una vuelta por los ya oscuros pasillos de la facultad para salir de la duda. Como el absurdo ritual de un maniático. Nadie caminando. Apenas un par de luces prendidas en algunas oficinas y en la entrada de los baños. Cuando se acercaba a la escalinata de la entrada principal, titubeó. La sombra de una mujer salía del baño.


(Continuará) 1998

sábado, 8 de marzo de 2008

La vida en un minuto - 4

Salen juntos. En silencio. Se miran intermitentemente, como buscando algo. No dicen nada. Sonríen. Lucen levemente incómodos. Es extraño andar uno al lado del otro cual si viviesen otras vidas. Se despiden torpemente, sin saber que decir. Se va por la dirección contraria a la de ella, caminando rápido. Son casi las 5:30, su amiga lo va a matar.


Pensamientos difusos, inconexos, risas infantiles, imágenes, sentimientos intensos, sensaciones intranquilizantes, todo mezclado en su mente mientras recorre la diagonal entre su facultad y la biblioteca a pasos cada vez más largos. Quiere volver, ir donde ella, debe andar por ahí aún. Sigue de largo. Cada vez más rápido, casi corriendo. No quiere pensar. No puede evitarlo. Se detiene en el foro mirando la hora en el campanil, con una exhausta risa en su rostro. Da igual. Sube las escalinatas, prende un cigarro, y pierde su mirada sobre la entrada del Arco de Medicina.


Intenta articular un par de pensamientos coherentes. No lo logra. Baja corriendo. Si bien se siente como un idiota, al menos es como un idiota feliz. Se detiene un segundo. Mira alrededor. Una amplia sonrisa se dibuja en su rostro. Increíblemente, la esperanza comienza a transformarse en convicción. El sol en descenso alargando las sombras de la tarde imperceptiblemente, hasta cubrir toda la salida de la universidad. Apura la marcha, y se dirige raudo al departamento de su amiga, donde sabe lo esperan para colgarlo. Nada importa.


Suena el citófono. La puerta de acceso al edificio se abre con violencia. El ascensor se demora más que de costumbre en subir los 6 pisos, así le parece al menos. Su sonriente cara de niño cometiendo una cándida travesura, contrastaba notablemente con la seriedad iracunda que lo recibe, luego de casi tres de espera. Sobre la tosca superficie del comedor, un individual, y sobre él un frío plato de comida.


- Ya comí. Si quieres, puedes calentarte la comida – Le dijo visiblemente molesta sin dirigirle la mirada.


- Ya, gracias. – Haciendo caso omiso de su enfado evidente.


Torpemente, haciendo gala de su falta de sutileza, intentó justificar su retraso contándole su reciente aventura. Cual si constituyese la osadía más relevante del mundo. Desconocedor absoluto de la psicología femenina, se extrañó cuando en vez de recibir una cálida comprensión, la molestia de su buena amiga derivó en toda clase de muestras de indignación, mezclnándose en un celoso sermón unilateral sobre la falta de respeto.


¿Y por una mujer a quien ni siquiera conoce?. Inaceptable. Como si cualquier mujer fuese más importante que ella, la única que de verdad ha manifestado algún nivel importante de preocupación hacia él. Sin atinar a comprender como funcionan los intrincados recovecos del pensamiento femenino, se marchó visiblemente confundido, una hora más tarde. No sin antes, beber un café, y lavarse los dientes.


(Continuará) 1998

jueves, 6 de marzo de 2008

La vida en un minuto - 3

Como suele ocurrir, las horas se le hicieron minutos rellenando el espacio inútil, dejado por un ir y venir de miradas eternas, con palabrería vacía e irrelevante. Podía percibirse a kilómetros la sensación de alivio que lo inundaba. Lentamente el temor a ser rechazado violentamente se disipaba en cada sorbo helado de su café. En fin, son pocas las personas a quienes les puede desagradar ser cortejadas por algún alegre desconocido a quien ven de vez en cuando, para dar sentido a una solitaria tarde aburrida. ¿Quién no necesita alimentar su ego?.


El reloj aceleradamente marcaba las 5 de la tarde, las sombras alargadas dejaban en evidencia el incesante paso del tiempo. Se sentía todo un conquistador, ajeno a cualquier otra consideración posible. A ella el peso de la incredulidad, o la falta de energía, no la dejó actuar con un mínimo de decisión, por un segundo lo evaluó, pero finalmente se cansó de sólo pensar en correr el riesgo.


Ambos se pusieron de pie, casi como si estuvieran de acuerdo, y deshaciéndose en inexplicables justificaciones y palabras corteses de despedida, se marcharon. Había muchas cosas que hacer, era tarde y ninguno se atrevió a pronunciar alguna palabra que rompieran el frágil equilibrio entre la seducción y el anonimato. Ninguno se atrevió a tomárselo en serio. Sabían que volverían a cruzar sus miradas alguna vez en los prados universitarios, y cualquier insinuación podía dar lugar a más de alguna incomodidad.


Aquello sólo podía existir en el frágil reino de los sueños. Cada uno tenía demasiada vida real que vivir, como para darse tiempo de creer en cuentos de hadas. Es hermoso un paréntesis con un amor platónico tomándote un café, siempre y cuando sea asumido como realidad virtual. Fue bello, sutil, atemporal, pero faltó mayor dosis de valor para ser atrevidos, al fin y al cabo sólo se vive una vez, y cada día que pasa las oportunidades escasean más.


“Frío. Vidrios empañados. Ruido de bocinas. El ronroneo de un motor en mal estado. 8:00 PM. Lentamente la hilera infinita comienza a moverse. A lo lejos en la entrada el puente luces rojas acompañan el ruido de las sirenas. En su regazo, multitud de papeles colgando desordenados en un par de cuadernos. El mundo parece haberse despertado, de pronto muchos ruidos se hicieron presentes.


Cada segundo la oscuridad haciéndose más profunda, a medida que comienzan a caer las primeras gotas, las últimas del invierno. La imposibilidad de hacer otra cosa que no sea esperar a seguir la corriente de vehículos que avanzan lentamente hacia el sur, alimenta la sensación de que son pocas las cosas sobre las que realmente se tiene alguna influencia. El resto es sólo la ilusión de decidir verdaderamente algo, o de tener la capacidad de cambiar el rumbo de las cosas.


Se siente atrapada. Inmóvil. Inútil. Nada que hacer. Quizás deba olvidar este día, y esperar a cruzarse con el tipo de la cafetería otra vez. Esboza una sonrisa. Al otro lado del vidrio que sostiene su desanimo, un automóvil destrozado contra un poste, repartió millones de cuadraditos de vidrio sobre el pavimento. Junto a él, a los pies de un oficial de carabineros, un cuerpo inerte cubierto por un capa negra, le recuerda la fragilidad de cada momento.


(Continuará) 1998

lunes, 3 de marzo de 2008

La vida en un minuto - 2

Sol, inmovilidad. Todo apacible y perezoso. Ideal para dormir una siesta. Poca gente puebla esta universidad para ser las 15:00 horas. Los mismos estudiantes de periodismo de siempre que se apropiaron de nuestra mesa de ping-pong. Nadie en la fotocopiadora. Los pasillos al aire libre semi desiertos. Uno que otro sujeto caminando sin apuro. El eterno y sucio desorden del centro de alumnos, que a esta hora descansa de la locura normal. En medio de tanta quietud de jueves después de almuerzo un tipo camina, como si buscara algo. Entra a la desierta sala directo al teléfono.


- Hola pequeña, vas a estar ahí?... y almorzaste ?... Almorcemos entonces... Seguro, como en 15 minutos... Sí, no me voy a atrasar. Chao - Colgó sin el menor apuro. Una idea fija rondando en su cerebro, nada específico, más bien una inquietud. Caminó lento, seguro estaba de que debía partir de inmediato si pretendía llegar a la hora convenida, pero algo dentro de él, cierta insatisfacción, lo conducía a la inmovilidad o a otros rumbos. Quizás, queriendo perpetuar un medio día que avejentado ya proyectaba la perspectiva del ocaso de la jornada.


Algo tan incontrolable como indescriptible, capaz de superar incluso el enorme apetito que a esa hora lo embargaba. Salió a los pasillos. Nadie caminando. El sol, adormeciéndolo todo, envolvía en un manto de quietud los prados desiertos de la facultad. Se dirigió mecánicamente, por simple costumbre, a la cafetería con la certidumbre de que no encontraría nada en su interior, nada nuevo al menos. No atinó a entrar, siguiendo lentamente hasta la mesa de ping-pong sin despegar la mirada del interior del recinto vacío. Tan sólo una mujer y sus cuadernos con pose de persona enormemente ocupada, quizás para justificarle al mundo su soledad, bajo los pesados rayos del sol.


Una persona parada por tanto tiempo mirando fijamente el interior de una cafetería casi vacía perecería un idiota si no entra luego - pensó. La mujer, una desconocida de rostro familiar, era una de tantas caras que deambulan su rutina por los mismos espacios de todo el mundo. Nunca le habló, pero su figura se paseó largamente por los mismos senderos universitarios que él anduvo. Delgada, con un extraño aire afrancesado y misterioso.


Era casi una oportunidad de esas que escasean. Sin pensarlo demasiado, entró directo a la caja. Haciendo uso de todo el tiempo del mundo, se demoró absurdamente en elegir que tomar o comer, mientras miraba de cuando en cuando, con cierto aire de desenvuelto al par de ojos café que ya habían reparado en su presencia. Parecía relajado, como siempre. La cínica y teatral táctica, algo envejecida, que al menos un par de veranos atrás daba ciertos resultados. Reconocerlo constituiría una humillación flagrante, pero en el fondo no tenía la más remota idea de que hacer. Ella no se iba a acercar, de eso sí tenía certeza absoluta. ¿Qué hacer?. Por lo pronto pidió un café cortado y esperó, apoyado en la barra, con un falso aire de hombre resuelto. Casi como si esto conquistar mujeres fuera pan de cada día.


Tanta extraña soledad en un recinto normalmente bullicioso le infundía cierta dosis de valor. Después de todo, pase lo que pase y ante cualquier cosa nadie se va enterar - se dijo a sí mismo. Con un café en la mano derecha y un azucarero en la izquierda caminó con cierto titubeo hacia una mesa conjunta a la de la joven estudiante de periodismo. La inseguridad medio suicida de su decisión se plasmaba en su pulso, haciendo bailar la frágil taza de café. El sol tornaba todo lento y acogedor, digno de unas vacaciones. Día sin bullicio, tan sólo se oía el leve rumor del viento en los bosques cercanos. Hizo el ademán de sentarse a escasos dos metros de la joven sin despegar su mirada de los ojos de ella. Dándose cuenta de lo ridículo del acto procedió a situar su naturaleza en su mesa.


Ella. Haciendo como si su papeleo fuera el asunto más relevante del planeta, y todavía con la discusión de hace una hora en la cabeza, levantó la vista con fingida displicencia, y accedió a ser acompañada. Los nervios lo consumían. ¿Qué hacer ?, ¿ qué decir ?, que imbécil, soy debería ir a almorzar , ... ya estoy aquí habrá que salir airoso de esta.... piensa ¡ . Ya sé, a ti también te da lo mismo, además estás acostumbrado a conversar con medio mundo. Sin segundas intenciones te acercaste a conversar con ella por que era la única persona aquí y tu necesitabas tomar un café después de almuerzo (no he almorzado aún, da igual, no tiene por qué saberlo). Te aburre estar solo, querías hablar con alguien... Es sólo un breve descanso, .. listo. Un poco más sereno dibujó una suave, y enormemente fingida, sonrisa como queriendo sepultar su nerviosismo.


- ¿Te molesta si te acompaño? - Le dijo con los intestinos haciéndole un nudo.

- No, para nada, siéntate. - contestó desganadamente, con aire de falsa sorpresa.

- Permiso - Posando su café entre la multitud de papeles.

- Además, si no te hubieses sentado acá me hubiera visto en la obligación de sentarme en tu mesa – con un tono evidentemente cínico, casi sarcástico.


Las torpes trabas de un inicio sin saber como justificar su presencia en esa mesa fueron prontamente superadas con la decidida colaboración de la joven. A quien le complacía ser cortejada, aunque toscamente, por un alegre veinteañero que con su inexperiencia algo cándida le devolvía tonos de color un tanto más vivos a su vida resignadamente ensombrecida a los 24. Particularmente en un día como ese.


(Continuará) 1998


sábado, 1 de marzo de 2008

La vida en un minuto - 1

“Todo se reduce a una abrupta oscuridad. La de la tarde que repentina quiso ser noche, y la del espíritu que de alegría contagiosa se transformó en cosa de minutos en desesperanza. La mirada perdida. Un embotellamiento interminable que pereciere querer hacer colapsar la añosa estructura del puente viejo. Bocinas. Nubes amenazantes. Cansancio colectivo. Sentimientos confusos, cercanos a un día de furia. La noche nos calló de golpe, tal como los sucesos de la tarde en la conciencia. Aun no entiende su reacción. La primavera recién anuncia su próxima llegada y amenaza con ser tediosa.”


Sentado. Inmóvil. La ya clásica mirada en un horizonte que parece diluirse en el fresco y transparente mosaico del mediodía. Gente caminando sin apuro aparente. Sol. Brisa. Lo de siempre ahí por septiembre. Está inquieto. Ciertos malos hábitos recurrentes, cosas que no atinan a suceder y una paciencia cada vez menor.


En momentos que la vida amenaza con tornársele asfixiante, recurre a la vieja costumbre de sentarse en el pasto, apoyado en algún árbol de cara al sol, simplemente a ver pasar el día. Exhausto, ávido de momentos sutiles y agradables, como si quisiera cargar baterías para seguir viviendo, tiende su cuerpo a la sombra de un viejo abeto. Evitando, de paso, la tensión que provoca el tomar alguna clase de decisión.


Al igual que en los últimos años, fluye espontáneamente, atento a las señales de la vida, pero con la más completa falta de planificación. Nada se organiza, simplemente se sueña con la esperanza de ver los anhelos cumplidos algún día. Nunca ocurre, por lo demás, aunque esté de sobra recordarlo.


Cuanto puede llegar a suavizar a una tarde exasperante un brillante momento de sol, una breve brisa, la eterna inmovilidad primaveral y el armónico sonido de unas notas musicales (Atom - Heart - Mother ; recomendable, en particular la canción “If”), pensó mientras se desparramaba en el suelo.


“Los postes se suceden con una lentitud interminable. Destellos cobrizos adormecen una oscuridad que repentina se dejó caer en una tarde que prematuramente se ha ensombrecido. Sobre su cabeza densos nubarrones insisten en que no olvidemos al invierno agonizante. Bajo los tacos de sus zapatos, un río enorme se desliza silencioso. El bus atraviesa lento, en medio de una procesión interminable de vehículos, la vieja y larga estructura del viejo puente rumbo a San Pedro.

Por todos lados los reflejos sobre el agua, palafitos luminosos que mágicamente parecen sostener la cuidad a ambos lados del río. Sombras confusas, luces de industrias remotas, el hastío instalado, la circulación detenida en medio del puente. Todo se funde a las 7:45 de la tarde en medio de un embotellamiento infinito.


Mas allá de los últimos cerros y las más lejanas luces, se dibujan formas extrañas, presagiando grandes tormentas y desastres que nunca ocurren. Amenazan traer grandes cantidades de agua y mucho viento, en un sinfín de matices oscuros que a cada momento van mutando, casi como si estuvieran vivas.”


(Continuará) 1998

sábado, 2 de febrero de 2008

Un día como tantos - 3

Todos los síntomas de esta tarde invitan a huir lejos de aquí, a correr hasta la tibia comodidad de la casa a disfrutar del invierno en la seguridad seca del calor de hogar. Pero algo más allá de este día y su tarde tan poco acogedora le impulsan a quedarse inmóvil, resistiendo estoicamente el frío, a observar como un anochecer se cierne sobre un día moribundo.


Papeles viejos arrastrados por la ventolera acompañan el andar lento e inevitable de gentes que se abandonan serenamente al aburrimiento, intentando escapar de la amenaza de una noche fría cerniéndose sobre sus vidas.


La universidad duerme, inmensa, sobre un lecho húmedo al amparo de los cerros y bosques cercanos, esperando despedir al último solitario invernal para poder entregarse en plenitud a los brazos de Morfeo. La universidad sufre aún su letargo de los ‘90s interminables e infructuosos, con esporádicos sueños de vida real y optimismo.


Algún lejano y escuálido rayo solar, el último quizás, corrió también a buscar refugio en algún rincón de la ciudad gris. Todo es frío y temprana oscuridad, verde oscuro y humedad gris. Colillas de cigarros decorando escalinatas y senderos bordeados de arbustos, aún orgullosamente verdes, fundiéndose en la confusión de las sombras, que se compadecen de la desnudez de los árboles resignados.


El frío llamado a la cordura por fin es escuchado y se decide a seguir viviendo. Casi como despertando de una hipnosis voluntaria vuelve al mundo, se sorprende de la oscuridad reinante y del helado aliento de un invierno que se anuncia insoportable. Las ganas de ver televisión tomando un café caliente, sentado en la alfombra a los pies de la cama, lo conducen rápido a la confortabilidad de su departamento.


FIN

1998



jueves, 31 de enero de 2008

Un día como tantos - 2

Es posible observar, sin mayor dificultad, las puestas en escena de personas que con gestos amplios, teatralmente, justifican su soledad en un lugar tan público a través de ademanes exagerados de personas ocupadas. Alguno por ahí ve su reloj cada dos minutos con gran ceremonia, como para que todos sepamos que está esperando a alguien, aunque no aguarde más que la esperanza de ver personas conocidas.

Otros comunican públicamente su cansancio como poniendo barreras de defensa ante un imaginario aluvión de juicios que pululan por el ambiente ante el hecho de sentarse en una escalinata perdida a ver morir la tarde. El temor al ridículo, a la evaluación constante, a las miradas inquisidoras, se respira en cada sitio de esta ciudad y el ritmo de la vida resulta lo suficientemente estresante como para que algunos extenuados, incluso con la necesidad de tener una excusa para usufructuar del espació común, se hayan detenido brevemente a desconectarse de la realidad, a descansar de la locura de estar vivos hoy en día. El mundo está girando demasiado rápido, y no va hacia ninguna parte.


Hay poco más de 15 personas en el foro de la universidad, sentadas, leyendo, fumando o escribiendo, con una excusa perfecta para estar ahí, los otros tan rápido como llegan toman conciencia de que no tienen nada que hacer y se marchan. A la izquierda la facultad de derecho luce desierta, tras un árbol no muy grande iluminado por un sol moribundo. Alguno que otro ciclista, desafiando porfiadamente el suave viento polar, se pierde en dirección a la laguna. Resulta hasta bella la sincronización de exhalaciones humanas que indican una severa disminución de la temperatura ambiente.

No parece cierto que sea miércoles, que gran parte del plantel universitario esté en un paro indefinido de actividades, y que recién hace poco más de cuatro horas un importante contingente de jóvenes universitarios y liceanos combatiera deportivamente en una lucha desigual contra las impacientes y organizadas fuerzas de la policía uniformada, quienes haciendo uso de su superioridad logística y tecnológica abusan de la ingenuidad infantil de estudiantes con complejo de guerrilleros centroamericanos, que aún confían en la eficacia de un par de cócteles molotov y de una esporádica lluvia de piedras contra la efectividad del arsenal químico de Carabineros.

En fin, son las reglas del juego, y todos las conocen de antemano. Alrededor la fría calma de provincia inmóvil. Ya ni se siente el ácido nauseabundo del abundante gas lacrimógeno. Si al menos usaran gas hilarante, esta universidad sería más divertida.

A los costados, en los muros que bordean las escalinatas, rayados sugerentes que hacen pensar en un clima de agitación, confrontación y movimiento, propio de varios años atrás, donde la historia se fundía en el imaginario mítico de los ’60. Mas la realidad suele ser implacable y todo continúa mecánicamente en calma. La quietud invernal resulta más elocuente que cualquier sueño de revueltas de fábula.

El viento no detiene su afán de calar hasta los huesos. Se ven, a la distancia, mormones caminando con aparente despreocupación, como intentando hacer todos los esfuerzos para pasar desapercibidos, pero se ven demasiado formales y jóvenes a la vez, como para no levantar una sospecha de artificialidad, demasiado rubios y medio
nerds como para no reparar en ello.

(Continuará) 1998

Un día como tantos - 1

El traqueteo ruidoso del motor de un guardia de seguridad montado sobre su caballo de hierro interrumpe el silencio cómodo de una tarde fría y despejada, de un invierno austral. Fluye el día, como tantos otros, perdido en el anonimato de un calendario olvidado. Las informaciones incendiarias de los medios que hablan de agitación, disturbios y movilizaciones se contradicen con la calma, absolutamente carente de tensión, de un gélido atardecer apacible.

Una brisa suave, lentamente, helándolo todo y a todos, cuando el reloj aún no da las 17:00 horas y las sombras del ocaso se anuncian inevitables. Jóvenes por doquier continúan jugando a estudiar en las escalinatas al pie de la torre del reloj, fingiendo tomarse en serio la comedia post-adolescente de la universidad. Poca gente entrando y saliendo bajo el arco de la entrada principal, con una lentitud propia de las vacaciones. El sol intentando, estérilmente, invadir algunos rincones robados a las sombras invernales que lo dominan casi todo, resulta incapaz de contrarrestar el frío húmedo y penetrante que hace tiritar hasta los árboles desnudos que bordean el camino y las facultades situadas al costado de éste.

El frío, que tiende a hacer huir a todo el mundo en este perdido día de principios de invierno de esta remota universidad, deja en el olvido las típicas responsabilidades infantilmente auto impuestas para sentirnos grandes. La urgencia previa de hacer cosas y correr por el mundo, descansando en algún rincón del tiempo que se niega a pasar. Nada parece imperativo.


A lo lejos, como sentado en una tribuna fuera de este verde, húmedo y frío mundo austral, se ve a la gente seguir su marcha continua, mecánicamente interminable, a la que ha de sumarse luego. Tras el arco, pueden verse microbuses siguiendo eternamente su rutina habitual. Se escuchan palabras al viento que nadie alcanza a descifrar. Se ven personas cantando a públicos imaginarios. Perros arrancando en soledad. Caminantes incesantes con un incierto rumbo fijo.


(continuará) 1998