sábado, 4 de octubre de 2008

Un día en la vida ... - 2

En solo un instante la lluvia se había transformado en un diluvio, obligándolo a buscar refugio bajo alguno de los pinos mediterráneos, típicos de roma, que flanquean la avenida. A su alero permanecía en silencio, además, una señora, que ignoró absolutamente su presencia. Frente a él un enorme bus cargado de viejos turista nor-europeos sonrientes y secos, que lo observaban con una mezcla entre curiosidad y compasión.

Una vez menguada la intensidad de las precipitaciones, continuó raudo la marcha, intentando descontar segundos a su atraso involuntario. En pocos minutos estaba ya cruzando el río, a un costado del ponre roto, rumbo a Trastevere. Se detuvo un segundo a fotografiar el espacio entre la ruina del puente y la isla tiberina, sin lograr captar la atmósfera que andaba buscando. Por fortuna, a este punto, la lluvia había cesado.

Los diez minutos siguiente los aprovecho, caminando rápidamente, para secar sus ropas. Acompañado de una constante sensación de retardo, no lograba inhibir el florecimiento de la molestia de estar perdiéndose parte de la obra, tan solo por haber tomado la desición equivocada. Subió decididamente las escaleras del monte Gianicolo, y en un abrir y cerrar de ojos estaba sobre la explanada donde se emplaza la Real Academia de España y su envidiable vista de la ciudad.

Contrariamente a lo que esperaba, con sus escasos 10 minutos de ratardo, en una ciudad como Roma, él era el primero de su grupo en llegar. Recorrió el lugar con la mirada, poca gente a esa hora de la mañana. Entró duditativamente a mirar el templete de Bramante, luego volvió sobre sus pasos y se dirigió a la entrada. Los estaban esperando, indicándole las escaleras del fondo. Ligeramente confuso atraveso la galería, hasta llegar al salón desde donde el eco de la conferencia. Cogió una carpeta de manos de una amable joven de Salamanca, de mirada transparente y el rostro iluminado por una sonrisa amplia, mientras le indicaba la puerta de entrada.

Se sentó, tal como lo hacía desde sus años de colegio, en la parte posterior de la sala. Sacó su cuaderno, y un lápiz. Buscaba rostros familiares, un tanto desconcertado. ¿No se habrá equivocado de conferencia?. En eso vio al profesor, con su aire de auto-suficiencia, sentado adelante junto a una profesora de Bologna. Un poco más allás, hacia la derecha del recinto, un par de estudiantes de la universidad tomando apuntes. Poco después, llegan juntas dos compañeras, el día y la noche, el orden y el caos, la planificación y la improvisación; una extraña mezlca de carácteres que parecía funcionar bastante bien.

- Mayo, 2008 -

jueves, 2 de octubre de 2008

Un día en la vida ...

La jornada se abre con cierto grado de indefinición, propio de la primavera. No bien si hará frio o calor. Se impondrá el sol o se terminaraá de cubrir de nubes. A la misma hora de siempre, y luego de revisar rutinariamente si portaba la billetera, las llaves, el celular y algunas monedas, salió de su departamente con desición.

Sin pensar, mecánicamente, bajó velozmente las escaleras, salió a la calle y se dirigió a comprar el ticket del autobus donde la Tabaccaia. Recién cuando vio irse en la lejanía al 63, tomó conciencia que no todo sucede simplemente por el hecho de repetir rutinariamente los pasos. Quizás en Suiza sí, pero en Italia, claramente no.

Una pequeña ventolera, su bus alejándose, un pequeño gentío agolpándose en la pareda, y un bus con otro recorrido acercándose. ¿Qué hacer? Las opciones son, dejarlo pasar y esperar el próximo 63 que debería pasar en 15 minutos más; o bien, coger este, cambiar la ruta y entregarse un poco a la improvisación.

Quizás impulsado por un día que ya se asomaba extraño, optó por lo segundo, sin aún tener claro donde bajarse para hacer el transbordo. En 20 minutos ya estaba desenciendo en la Estación Termini, donde tomó el metro; y 10 minutos más tarde estaba saliendo por las escalas subterráneas en "Circo Massimo", a los pies del edificio de la FAO.

Caminó unos pasos. Se paró frente a la parada del autobus intentando dilucidar si alguno lo acercaba a destino. Error. Debía caminar un buen trecho. Justo antes de termianr su faena, sintió el golpe frio de una gruesa gota de lluvia sobre su cabeza recién rapada. - Minchia -, se dijo, con evidente acento sudamericano, mirando al cielo. Una robusta masa de nubes negras se movía sobre su humanidad, mientras lejos en el horizonte, extendía un cielo azul, y nubes blancas.

En pocos segundos, los esporádicos goterones se multiplicaron rápidamente, como si se tratase de una reacción en cadena, cual si la nube sobre su cabeza hubiese explotado. Antes de que termianara de cruzar la calle, en dirección al río, ya estaba absolutamente empapado. Caminaba con obstinada determianción, buscando refugio al abrigo de los árboles, mientras se repetía una y otra vez. - Debí esperar el 63.

- Mayo 2008, continuará -

martes, 9 de septiembre de 2008

Ocaso

Es de noche ya, cada vez más temprano, aún no daban las 19:30 y la oscuridad se hacía presente en la ciudad. La presencia del otoño se siente, aunque aún los días son calurosos y el sol impera a voluntad. Claro que por estos días luce cansado, un poco hastíado, como si de tanto salir, iluminar y calentar, se aburriera y pidiera vacaciones adelantadas.

Tímidas, las primeras luces del alba, apenas trajeron consigo un manto de nubes ligeramente grises. Se respira esa extraña atmósfera, donde se confunde el comienzo con el final. Las ventanas han comenzado a golpearse y los arboles a moverse. Los quejidos de las nubes grises, comienzan a botar sus primeras gotas aun tibias.

Continuará ...

viernes, 29 de agosto de 2008

Fábrica de ruinas - Roma

En las imágenes que siguen a continuación es posible observar los restos del Foro de Augusto, en la vía de los Foros Imperiales de Roma.


Con mayor detención es posible observar también, unas marcas de techumbre y ventanas. Estas corresponden a edificios de un barrio entero mandado a destruir durante el gobierno de Benito Mussolini para crear los Foros Imperiales, entre los años 1924 y 1940.



Las columnas que se ven a un costado de la estructura fueron armadas en los años '20 en el lugar que ocupaban las casa destruidas. Es posible observar, además, muros de ladrillo que corresponden a las nuevas construcciones para reforzar las estructuras antiguas.


Finalmente, en la última imagen se oberva los trabajos de demolición del barrio que daría origen a la via Imperial, y a los Foros Imperiales, "cuya recuperación y restauración escenográfica se realizó con el ideal de continuidad histórica de la Roma fascista con la Época Imperial." (Presentación de la exposición "L’invenzione dei Fori Imperali: Demolizioni e scavi: 1924-1940")

lunes, 28 de julio de 2008

La costumbre del vacío - 7

II

Hoy se siente particularmente solo. El breve espacio de su departamento se le hace insoportable. Se siente al margen de todo el torbellino que alguna vez prometió en convertirse en su vida. Extraviado en aquella fría inflexión del devenir, entre la certidumbre de un anónimo futuro estéril y la posibilidad de largarme lejos, sin que nadie llegue a notarlo.


Dentro, una molesta inquietud revuelve amargamente la constatación de la total falta de movimiento. Apenas el sonido de una radioemisora, que le recuerda otro tiempo, se atreve a interrumpir el silencio de una noche inútil. Brotan por todos lados sombras aburridas de personas que alguna vez pasaron por ahí. Mares silenciosos de rostros, recuerdos, palabras mudas de conversaciones interrumpidas. Tanta gente que los zarpazos del paso del tiempo arrojó a una infinidad de caminos, intrincados y de rumbos desconocidos. Lejos. ¿Cuántos lazos se cortaron?, ¿cuántas llamadas se ahogaron en el miedo a dar la vida por alguien?


No es únicamente el estar, efectivamente, sin compañía. Ni que sea el aniversario de su nacimiento. La lucidez que dan los años deja ver con nitidez que el vacío se ha incrementado. Cual si estuviese en los descuentos, soñando con dar vuelta el partido para lograr la clasificación, el tiempo pasa desvaneciendo las esperanzas, aguardando el momento adecuado para poner la lápida. Lleva cuatro años negándose a morir, a rendirse. No obstante ya no parece haber nada más que hacer que esperar el pitazo final.


La permanente constelación evanescente de sonrisitas pululando ha comenzado su proceso inexorable de extinción. Sólo quedan ecos de promesas al aire, el aroma lejano de perfumes en desuso, el recuerdo de enredos de sábanas, un puñado de fotografías amarillentas, y extraviadas libretas de teléfonos empolvándose en alguna caja en el fondo de la bodega. Todo listo para el fin.


Las opciones son sólo dos. Quedarse a reafirmar la derrota, la muerte del espíritu, o irse a vidas completas de distancia. Cerrar este cuaderno y partir a buscar un resto de vida a alguna parte. Sea lo que fuere lo único inalterable es la soledad.


Lentamente, invisible e inevitable, llega la lluvia a interrumpir la quietud lánguida de un verano opaco. Se cierne el invierno sobre nuestras vidas, cual si ya no quedase espacio para albergar una esperanza. Los sueños sepultados en el gris de una ciudad inmóvil. El amor carcomido por la indiferencia reducido a la negligencia del acostumbramiento. Van a comenzar los próximos cuarenta tediosos años de una vida rutinaria, con escasas luces. La actuación, finalmente, sin aplausos, ovaciones, ni pifias, parece haber llegado a su fin.


2003

domingo, 6 de julio de 2008

La costumbre del vació - 6

I

Tal como escribí alguna vez en hojas ya perdidas en el olvido, cualquier comienzo confundido en el ocaso, ¿nace un día o se sella un destino?. Todo comienza y muere a la vez. Sentado al sol frío de un fin de año muy extraño, en un paréntesis que le dio la costumbre de perpetuar la falta de vida, mira alrededor. Se extienden solitarias las sombras jóvenes de un domingo inmóvil. En silencio, como en un escenario preparado horas antes del inicio de la obra, todo sigue en orden. Limpio. Vacío. A la espera de la marcha continua de las horas, envuelto en un quieto manto de incertidumbre, en la antesala de un cambio radical.


Se mezclan asimétricamente una sensación de eternidad sólida, cual si en el mundo no existiese fuerza capaz de hacer cambiar algo realmente, y una extraña certidumbre de que este marco no puede durar mucho tiempo más. La inmovilidad enfrentada a lo inevitable. La contundencia incontenible del avejentamiento desafiando la precocidad infantil de la seguridad imperecedera. Si fuese gato (en cierta media lo es, según el horóscopo chino) sería ésta claramente la antesala de su cuarta vida. O el momento de tranquilidad que antecede al cambio de piel de las serpientes.


Por mucho que en una remota y rebelde zona de su alma se enciendan anhelantes las luces de la esperanza, es mayoritaria la certeza de que demasiada es la arena que arrastró el viento como para empezar a barrer la playa. Nada ocurrirá mañana, eso lo sabría hasta el más ingenuo de los ilusos. Desde hace mucho que la elocuente risa de lo incierto no se instala en su vida.


La magia quedó colgada, como un trapo viejo, en las ramas desnudas de los recuerdos adolescentes. Los años no pasaron en vano. Los días ya no resultan sorpresivos y maravillosos, como en los años en que brillaba el sol sobre nuestras cabezas. Hoy en día, todo es más lento, predecible y mecánico. Cual si en un cambio generacional le hubiesen restado todo protagonismo relegándolo a papeles secundarios en la obra de nuestras vidas.


Ella va a estar presente, es evidente. Probablemente remueva sin saberlo un par de sentimientos añejos y trasnochados, pero ya sin influencia en el mando de su estado de ánimo. Se va a ver hermosa, distante y alegre, como siempre. Pero apenas alcanzará para despertar una tímida sonrisa nostálgica. Es demasiado tarde. Pero, ¿de que extraños rincones emana esta sensación de inquietud?. Será acaso que más allá de cualquier constatación empírica o conclusión lógica, aún le tememos al poder de lo inesperado.


2003 (continuará)