sábado, 12 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 5

Y siguieron pasando los días. Prontamente, los pajaritos que dan la bienvenida al sol, volvieron a entonar sus alegres melodías. Una fresca luminosidad matinal, fue dejando en el olvido la somnolencia gris del amanecer de unos días atrás. Con ella, el velo oscuro de la desesperanza fue dejando paso a la soleada resignación de la soledad.


Pasaron ante sus incrédulos ojos, que al cerrarse se ven cruzando el estrecho de Magallanes rumbo al sur a perderse en la “Finnis Terrae”, toda la intrascendencia de sábados, en los que por fin está empezando a despertar sin resaca. Tras ellos, domingos aletargados, con sus partidos de fútbol de ligas que no apasionan por estas tierras y que bien poco le importan a la gente. Horas completas frente al computador preparando un informe, y dejando irse a los pies a cruzar las zonas residenciales que lo separan de la casa de alguna buena amiga.


Si bien, lago Blanco aún no puede concebirse en su falta de memoria, con su implacable viento gélido y sus temperaturas polares, ¿cómo imaginar lo que apenas se intuye?, al menos el teatro volvió luego de mucho tiempo por estos lugares, a endulzar un instante los espacios de vida de quienes se quedaron engrillados a la realidad.


Como suele suceder, con sus imperceptibles ritmos, la vida continúa. Ocaso tras ocaso, las horas se deshacen en noches cada vez más largas. Lentamente, como si el verano durase para siempre, transcurren los días despreocupadamente sin detenerse a pensar en cuan rápido pasaron al olvido.


Una frecuente sensación de aire rancio, tornando mustia la atmósfera de estos días inútiles. El mundo en standby. Cada uno de los que siguen andando por estas calles, cada mañana, apurados y serios, cual si fuese relevante seguir dándole cuerda a la vida cotidiana, con una mueca rígida en el semblante continúa adelante, sin parar, tediosamente con la sospecha de estar viviendo días usados, repetidos y cansados, sacados de un calendario reciclado. Aquellas jornadas que sobraron en la fabricación de cosas interesantes. Helos aquí viendo quemar sus jóvenes arrugas en el más extendido de los anonimatos. Cientos, miles, entrando y saliendo de multitud de oficinas. Realizando incontables trámites y gestiones, sin mayores rasgos de utilidad, en la eterna búsqueda de dotar de sentido al vacío.



Continuará - 2002


viernes, 11 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 4

El día despertó tarde. La sensación de tristeza y soledad lejos de aplacarse, alcanzó su peak. Las negruscas masas nubosas, que trajo la vaguada costera, se compactaron de tal modo que se aguardaba inminente un aguacero. Casi como si el clima supiese de sus estados emocionales, le dio un día acorde con ellos. Se levantó cansado, esperando ver cuantos se acordarían de él y, sabiendo que, por diversos motivos, serían pocos este año, se resignó de antemano.


Se respiraba una extraña falta de alegría. Sea porque se sentía, irremediable, cada vez más anciano, o porque por primera vez en su ya no tan breve existencia fue consciente de que el tiempo no solo pasa, sino que se pierde para siempre. En cada uno de sus movimientos controlados, la sensación de vacío, fracaso y soledad, fueron tiñendo desde el inicio aquel deprimente viernes de enero.


Al menos no debía trabajar. Claro que la falta de ocupación le ofrecía un día estéril, inútil, vacío, hasta caer en cuenta que casi no tenía vida. Esperando, nadie sabe bien qué; negando, sin asumir la contundencia del paso de las estaciones, se marchitó la gran mayoría de todo lo que anduvo sembrando por ahí. De frente a la ventana de su pieza, a medio vestir, no dejaba de pensar en ello. Sabía bien, que cuando debió dar ciertos pasos adelante, cerró los ojos. Se sentía más negligente que nunca, como desde hace muchos años no lo hacía. ¿De donde venía toda esta ausencia de sentido?


No habría que subestimar la posibilidad de que lejos de su pequeña rutina pueblerina, a cientos de kilómetros de su ahogo, tal vez no habría tanto espacio dado a la desesperanza, y que ella sólo aflore cuando los pies dejan de andar, cual si decantara la suciedad de un caudal en el lecho de la conciencia. Quizás sólo necesite aire y algo de oxígeno para renovar sus energías, bocanadas de aire fresco, ventoleras venidas de otras tierras, o derechamente ir a pederse a otras latitudes.


Quien sabe, quizás ha de deambular, como lo debe estar haciendo parte de su alma, por los rincones de la tierra del fuego. Entrar a Cerro Sombrero, y recorrer sus pequeñas calles en busca de algún vestigio que el hable del paso de su primer amor por aquellas australes tierras, hace casi 20 años, cuando apenas se abría a la vida. O perder la vista tras la estela de polvo dejada por la huida aterrada de familias de ñandúes.


Está consciente que en buena parte es sólo cansancio existencial, por no haber sabido resolver aún los dos grandes temas que arrastra desde hace años, y que parecen haberse petrificado en el ultimo tiempo: La independencia y el amor. Da un breve suspiro, cierra la ventana, apaga la música, se ata los cordones de los zapatos, y sale al encuentro de una mañana moribunda y grisácea, con un cigarrillo en la boca. Para darle algo de sentido a un día que sabe, va a ser muy largo.



Continuará (2002)

miércoles, 9 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 3

Hoy, mientras debería estar cruzando la inmensidad de la pampa patagónica, se hace más patente que nunca, que definitivamente para que “3 sí”, definitivamente debe haber “1 que no”. Sea por lo que fuere, los caminos de la vida son intrincados, y sin siquiera notarlo lo destinos se van separando unos de otros como una metáfora del “Big Bang”, hasta que es inevitable y ya nada puede volver a ser como solía. Lo desagradable de encontrar la felicidad tan luego, es no saber como hacer para conservarla con el tiempo, pero ello, es parte de otra historia.


Otra vez Yumbel, ahora con más movimiento que de costumbre, gracias al imán popular que constituye el santo. Una pequeña figura de madera del santo perforado con flechas antiguas, atrae cada año a miles de gentes de infinidad de lugares, en procesiones diversas, y a su vez, el gentío, a cientos de comerciantes. Todo en un clima festivo, caluroso, muy sudamericano y caótico, con chocantes escenas de fervor que rayan en el fanatismo, en medio de una brisa caliente y una temperatura de 36 o 38 grados a la sombra, sobre la aglomeración agobiante, de una multitud incontrolable, que sobrepasa los estériles esfuerzos de carabinaros, autoridades y voluntarios eclesiásticos por normar y regular la situación.


Tomada la vía a Yumbel – camino a Laja – ruta 5, para sortear los eternos arreglos en el acceso sur a Concepción, nos dirigimos a toda velocidad a paliar nuestro atraso imperdonable. A ambos lados bosques de pinos insigne de plantaciones forestales. En la vía, poco tráfico. El camino áspero, pero aceptable. Ya deberíamos estar en Antuco al pie de los Andes, y nos queda al menos 1 hora de viaje. La chofer impertérrita, escondiendo su actitud de sumiso malestar en el buen ánimo de siempre, descubriendo en silencio nuevas rutas para llegar al mismo lugar, en medio de reconvenciones permanentes.

Continuará (2002)

lunes, 7 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 2

Con cierto apuro, cuyo halo lejano despierta una tímida sonrisa por aquí, han de haber dejado las inmediaciones del Nahuel Huapi en dirección al atlántico. A cruzar la linealidad infinita de la pampa, probablemente por la ribera del Lago Gutiérrez, tomando la ruta 258, rumbo a Esquel. San Carlos de Bariloche debe haber lucido maravillosa, con su aire estival y su plaza con perros San Bernardos. Pese a la depresión que asola al país, algo de su habitual encanto debe permanecer incólume. Sus tentadoras chocolaterías, heladerías artesanales y restaurantes, el permanente gusto por la vida al aire libre, los automóviles, el deporte y las mujeres hermosas, que por aquellas tierras no escasean.

Frente al carro imaginario se debe abrir la pampa abrumadoramente despoblada, inmensa, dibujando una inalcanzable línea más allá lo imaginable. Por doquier, pequeños arbustos amarillentos increíblemente similares entre sí, la fuerza de un viento indomable que corre libre por las extensiones interminables de la soledad y cúmulos dispersos, que tienden a perderse por el este en las fauces del Atlántico.


Primero hasta Esquel, a casi 300 km al sur, luego tomar una diagonal de mil kilómetros hasta alcanzar la línea del mar, a velocidades constantes, de no más de 95 km por hora, para no arriesgar el rendimiento de combustible. El jeep empeñado, como un caballo ciego, en su inagotable marcha en línea recta, mientras la pampa continúa impertérrita, como un escenario petrificado, haciendo caso omiso a la rabietas, sueños, planes y canciones de quienes se afanan en tocar la costa este de Sudamérica.


Los esperaría Comodoro Rivadavia, probablemente llegarían a posar su cansancio a una villa de veraneo cercana, saldrían a recorrer un poco si el ánimo así lo indicase. Quien sabe, tal vez conocerían a alguien o irían a tomar y comer algo por ahí, para partir prontamente al día siguiente rumbo al estrecho de Magallanes, hasta arribar al atardecer a Punta Arenas.


Despertar. Otra vez aquí, saliendo de la monotonía grisácea del frío matinal. Curvas, bosques de pinos, camiones madereros, caseríos ínfimos, y otra vez el sol del interior, luego de la cortina de cerros, contrastando con la pálida sepultura que cubre Concepción cada mañana al salir de ella. Es difícil concebir esta ausencia absoluta de nubes y frescura a sólo 10 minutos de la tristeza invernal que domina la atmósfera desierta de la ciudad, desde que llegó aquel día, esperado como pocos por casi un año entero.


Concebido en las mentes ávidas de cuatro que se rigen por la lógica de “3 sí y 1 no”, cuando aún no acababan de volver de un raid por el norte, allá por febrero de un año que parece haber nunca pasado. Todo un año inútil esperando, imaginando, planificando, sacando cálculos y juntando dinero, y de pronto el tiempo se contrajo. El día que parecía no legar jamás se hizo presente, arrastrando otros planes, con más problemas que soluciones, sin responder a gran parte de las expectativas que habíanse cifrado como prerrequisito de su arribo.


Y nada. La realidad elocuente y árida pudo más. Para sueños está la adolescencia. El viaje que nunca será llevado a cabo comenzó sin él, en un día de verano en el cual un extraño dejo de tristeza instaló la humedad invernal de la melancolía, desplazando la alegría despreocupada de los días de sol. Como suele suceder, las nubes alimentan la nostalgia de lo que nunca se ha tenido, y aun así se perdió para siempre.


Continuará (2002)

viernes, 4 de abril de 2008

El viaje que nunca existió - 1

El golpe seco de las cuatro puertas del auto, al unísono, marcó el inició de una nueva salida. La mañana gris, arrastraba la extraña sensación de haber ingresado irremediablemente a una bifurcación de la vida. Lo que se aprestaba a ser, según los planes de un par de meses atrás, carece hoy de vigencia. A medida que las cuadras se deshacen bajo las ruedas, la vida alrededor parece dibujar la molesta sonrisa de la ironía; en cada rincón, en cada rostro, que se cruza por su campo visual. Habrá que conformarse con la soledad.


Pasado el primer tramo de la cortina de cerros que separan al valle del mar, el sol ya se hace complemente presente, sin los titubeos previos. La pereza del campo extendida hasta un horizonte no tan lejano, se ve poblada de innumerables corridas de álamos sin un orden aparente. Por todas partes salpicadas, entre diversos sembradíos, casas escondidas entre breves aglomeraciones de pinos añosos, canales colmados de aguas límpidas, y maizales entre praderas que cobijan la lentitud de las vacas.


Frente a ellos una carretera recta, doble, eterna, somnolienta, e inmóvil, cual si no avanzara hacia ningún lado. Cada metro similar a los cientos de kilómetros anteriores. Pocos autos. El día, sin brisa, se abre completamente soleado en las cercanías de Los Ángeles, prometiendo un calor sofocante. Un sol calcinante, que en la lentitud de Antuco parece aún más cercano. Se confabula el clima con la falta de sueño, para hacer de esta jornada, un tedio larguísimo.


Como era de prever, el día continuó agotador. Se sucedían, una a una, hileras de personas ante nuestros ojos. Sencillos. Desconfiados, algunos. Cargados de problemas y conflictos. Sentados, mecánicamente, repitiendo una y otra vez la rutina aprendida, pretendiendo sin querer realmente, responder la procesión inacabable de dudas. En sus miradas silenciosas se lee la desconfianza, extraída desde tiempos remotos, de que nada de esto servirá realmente. Como una especie de resignación aprendida.


Afuera el sol abrasador, una notable carencia de nubes y la plástica figura del volcán con tan sólo unos hilos de nieve tras un par de cerros grises. Lejos, mas allá de cualquier asomo de materialidad, donde la vida se escapa con sueños irrealizados, desde los fértiles valles de la fantasía, partió una parte su vida, cruzando un par de regiones, varias ciudades y muchos desvíos a lagos.


La tarde comienza su irrefrenable camino al ocaso. El sol, moribundo, aún quema. De vuelta al lugar de origen dejamos atrás Los Ángeles y Cabrero. Las sombras se alargan sobre la paciencia infinita del pavimento. Los campos de maíz se confunden con interminables plantaciones de pinos. La soledad de un verano olvidado sintiéndose por todos lados. En la carretera vacía y en la ciudad desierta.

Uno a uno pasa, enorme e incontenible una procesión de camiones en sentido contrario. Detenido, esperando que finalice la caravana en silencio, a la espera de que les den la luz verde; pierde su mirada más alla de la hilera de autos. Unos metros más allá del cruce a Yumbel, justo pasado el boldo que da la bienvenida al hogar de San Sebastián, el camino se entrampa en arreglos tan lentos como recurrentes. Ante la mirada curiosa de un caballo que ve pasar las últimas horas de la tarde tras las rejas de su hijuela.


La marcha se retoma. Concepción cada vez más cerca. Aunque claro, a estas alturas ya debería estar en territorio argentino, o al menos cruzando el paso internacional Puyehue. Quizás contando la conocida sucesión de chistes fomes, o quien sabe, rememorando viajes anteriores o comiendo en algún servicentro de carretera. Con la mente puesta en lo que ha de venir y planificando, sacando cuentas. ¿Cuántos kilómetros por litro estará dando el Jeep?, ¿Cuan caro será el petróleo en Bariloche?.


El sol aún no acaba de caer, sin embargo lo anaranja todo, suavizando cada loma que acaricia como un bostezo, iluminando las copas de los pinos que como niños se yerguen a recibir los últimos rayos del día. El repetitivo acceso sur a Concepción llegando a su fin. Finalmente ha comenzado el resto de la vida, los sueños se fraccionaron y abandonaron su cuerpo para emprender por su cuenta el maravilloso viaje que nunca fue llevado a cabo.




Continuará (2002)

jueves, 27 de marzo de 2008

Sobre el origen de las cosas - 5

Éramos, en la medida de lo posible, bastante felices en aquellos años. Corrían los primeros meses de los noventa. El sonido seco de la puerta despertó los airados gritos de la nana, quien nunca entendí muy bien porqué, siempre andaba de mal humor. Eran Gonzalo, con su rostro eternamente sonriente, y su permanente escudero, Pascual. Sorprendentemente, aquella inseparable pareja de amigos, quienes fueron las primeras personas con las que cruce alguna palabra en mi nuevo colegio, estaban parados en mi puerta.


¿Qué estás haciendo? – Preguntó.


Mmm... Nada – Balbucee, mirando de reojo la cara de desaprobación de la Rosa.

Ya, vamos a jugar a pelota con los huevones del B, y nos falta uno. No nos puedes fallar – Me dijo. Más bien, me ordenó.

El campo de juego, una polvareda convertida en barrial por las primeras lluvias de marzo, estaba a un costado de la laguna. La tarde, pese a la luz del sol, estaba más helada que de costumbre. Siempre muy ordenados, y más atléticos que nosotros, los del B ya se encontraban practicando tiros al arco a nuestro arribo.


El Flaco al arco, el Chino adelante con Gonzalo, Pascual y el Chicho al medio, y Javier y yo atrás, ese era nuestro sencillo planteamiento táctico, un extraño 2-2-2. Claro que en los partidos de a siete, siempre terminaban todos adelante, dejando sólo al arquero para repeler los contragolpes. La idea era sencilla, el primer equipo en llegar a 20 goles gana, claro que solía ocurrir que cuando la cuenta era pareja y cercana a los 15 goles, ya nadie se acordaba exactamente del resultado.


El caso es que aquel era un partido a muerte. En educación física los del B nos habían ganado por un penal que inventó el profe, acordando una revancha de verdad, lejos de los límites del colegio. El honor de todo nuestro curso estaba en nuestras manos, más bien en nuestros pies, situación que a los 14 años dista mucho de ser algo menor. Elegimos lado para quedar con el viento a favor en el segundo tiempo. Sobre nuestras cabezas unos cuantos cúmulos negros amenazaban con terminar de cubrir el cielo. Al costado un reguero de bicicletas, ropas y un par de perros ladrando, junto a unas cuantas compañeras siempre fieles que no cesaban de gritar.


El balón comenzó a rodar con la seriedad de una final de campeonato, la rivalidad se respiraba. Un partido áspero, de juego fuerte, no nos favorecía en absoluto. Pascual anotó el primero del partido con un tremendo cabezazo al ángulo. Increíble. Quien lo hubiera dicho, con lo tímido y callado que era. Lentamente fueron pasando los minutos, sucediéndose goles en ambos pórticos. No nos dábamos tregua. El final del primer tiempo nos pilló 10 a 8 abajo. Gonzalo estaba indignado, Pascual mirando el suelo sin decir palabra, yo simplemente intentando no desteñir le daba ánimos al resto.


El entretiempo era apenas el minuto y medio en que nos demorábamos en cambiar de lado, tomar un poco de agua, y cruzar un par de palabras. Había que seguir. Nuestra suciedad alcanzaba niveles inimaginables. El Flaco era un pedazo de barro de los pies a la cabeza, el resto no lo hacía nada mal tampoco. Avanzaba la tarde, comenzaban a extinguirse los últimos rayos del sol entre las nubes oscuras, y el viento aumentaba, arrastrando a su paso las primeras hojas amarillentas por las calles semi desiertas de la Villa San Pedro. De súbito, un par de gotas comenzaron a licuar aún más el lodo. Daba lo mismo. Estábamos 16 a 16, no había forma de parar el partido. Pero claro el clima por estos lados, y sobre todo en aquel tiempo, si no respetaba las estaciones, menos se iba a preocupar por un infantil partido de vida o muerte.


Luego de imperdonable error de la defensa rival, Pascual volvió a agarrar un rebote, y con un horrible golpe entre la canilla y el empeine metió la pelota en un ángulo inverosímil. Era la ventaja momentanea. Acto seguido, un trueno aterrador trajo consigo un violento aguacero, de esos que no dejan ver mucho más allá de unos cuantos metros. Salimos corriendo, como era de esperar, unos a las bicicletas, otros en dirección a algún árbol. Íbamos 17 a 16 arriba, y dejamos el campo, pese la furia incontenible de nuestros rivales, con la alegría inmensa de haber dado por finalizado el encuentro, y la excitación de estar completamente mojados. Después de todo la pelota era de Gonzalo. Habíamos ganado. Claro que de vuelta al hogar la falta de comprensión de nuestros padres nos hizo olvidar rápidamente nuestra sacrificada victoria.


(2003)

(Fotografía de Francisca Insunza)

jueves, 20 de marzo de 2008

Cuidado con los Centuriones

Cuando uno llega a estas tierras, y da la rápida una e inevitablemente vuelta por los lugares "imán", uno se asombra rapidamente de varias cosas. Primero, y evidentemente, soprenden los lugares en sí, la imponencia del Coliseo, la extensión del Foro, la monumentalidad del Vittoriano, la sutiliza de la fontana di Trevi, y así sucesivamente; y al cabo de unos días no se puede sino reconocer que esta ciudad guarda sitios maravillosos y fascinante repartidos por todas partes.

Paralelamente, llaman la atención la infinidad de cosas que se venden: postales, poleras, ceniceros, réplicas, dibujos, calendarios, lápices, encendedores, tazones, delantales de cocina, calzoncillos, sostenes, pareos, prendedores, aros, bufandas, poñolines, crucifijos, rosarios, libros, folletos, gladiadores, adornos inútiles, soldados de juguete, gorros, jockeys, polerones, juguetes, y muchas otras cosas; todo con alguna referencia a Roma, el Imperio Romano o el Vaticano.

Llama la atención también quienes los venden, generalmente hindúes, pakistaníes, bangladesíes o cingaleses, quienes parecen ser quienes más saben de Roma y su historia, a tal punto que cuando cae la primera gota de agua, ellos saben exactamente de donde sacar multitud de paraguas, y parecen estar siempre preparados para vender cualquier cosa, con una gran e insistente sonrisa.

Es imposible, a su vez, sustraerse del espectáculo que ofrecen las largas delegaciones de "asiáticos de ojos rasgados", que acá son siempre japoneses aunque vengan de China o Corea; de gringos de Estados Unidos que para los italianos son siempre "americanos". Llama la atención como los acarrean, en buses o a pie, como el curso de un jardín de la mano de la Tía Guía Turístico.

Y como no, unos de los fenomenos más llamativos, son los Centuriones. Unos guatones decadentes, generalmente altos, que merodean por el Coliseo y la via dei Fori Imperiali, sacándose fotos con los turistas, fumando y rascándose la panza. Son y parecen actores en escena, y los turistas suelen sacarse fotos con ellos, jugando a la parodia del Galdiador en decadencia.

Sin embargo, a pesar de todo ello. Uno no alcanza ni a vislumbrar toda la suciedad que se oculta bajo la maravilla económica de la industria del turismo de masas. Cada vez que vemos una delegación de "americanos" o "japoneses", olvidamos que son llevados por una acompañante, que deliberadamente lleva a los turistas a determinados negocios, donde previamente ha negociado una comisión lucrativa por cada compra que haga su "grupo", sin importar la calidad de la comida, el servicio o los recuerdos. Y como buena actividad en el país del Padrino, todo esto se hace de palabra, sin regulación, impuestos o legalidad, es decir, en "negro". Todo se basa en las relaciones de respeto y confianza.

Claramente, tampoco notamos, que esta acompañante debe subordinarse a un personaje que está por encima en la escala de status, y que hace y dice lo que se le viene en gana: la Guía Turístico. Aquella que recibe entre 350 y 500 (al menos) por un par de horas explicando la historia del Coliseo o algún otro sitio histórico, y quienes, obviamente no permiten que ninguna otra se entrometa en su territorio. Existen unas cuantas autorizadas y listo. De esta forma, si por desconocimiento uno hace de guía improvisado, misteriosamente aparece la policía y se lleva una gran multa, que puede andar en unos 2 mil Euros.

Evidentemente, tampoco notamos como se pelean las guías entre ellas, y como están atentas a denunciar a los neofitos que tratan de profitar del lucrativo negocio sin permiso. Pero ellas no son las únicas. Están los "fotógrafos oficiales", quienes no permiten a ningún guía o acompañante que saquen fotos a los grupos, y les cobran 8 Euros a cada turista, por las "fotos oficiales".

Y por su supuesto están los Centuriones, aquellos gorditos simpaticones que hablan fuerte y de modo vulgar, que juegan entre ellos y parecen en estado de ebriedad permanente. Gorditos que en general lucen como recién sacados de alguna prisión, y varios de ellos efectivamente anduvieron por ahí. Al no poder encontrar otro trabajo se calzaron el trajecito romano, para cobrarle dos euros a cada incauto "americano" o "japonés", por una foto frente al Coliseo, o frente a cualquier piedra.

Pero la cosa no es tan simple. Si uno mañana decide calzarse las medias, ponerse el casquito y la armadura, para jugar al soldado romano, va a aprecer algún gentil y robusto sujeto de 1:90 para invitarte a abandonar rápidamente el lugar, pues ese "territorio" ya tiene dueño. Del mismo modo, es impensable no darle los 2 euros al centurión, a menos que uno quiera recibir como mínimo un "rosario" de improperios en italiano y algún manotazo de parte de un iracundo y desgarbado legionario.

En resumen, todo es una mafia. Los acompañantes que te llevan donde ellos quieren aunque sea pesimo, por una comisión. Las guías que funcionan como mafía, quienes se mezclan con la mafía de los vendores callejeros, los fotografos o la mafía de los centuriones. Quienes dicen que solo defienden se trabajo. Pero ¿qué es un monopolio, sin mayor regulación formal, basado en relaciones de confianza y donde para entrar, debes ser autorizado por un "capo", sino una Mafia?

Ahora bien, si hablamos de mafia del turismo, podemos mirar a los pies del Vesubio. La mafía de los porteros y vigilantes de Pompeya, es otra historia, bastante más sabrosa y peligrosa aún, pero ya hablaremos de ella más adelante, cuando andemos por Nápoles.

Marzo, 2008.