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domingo, 10 de mayo de 2009

Rampa del Lingotto - Turín


Detalle de la Rampa del Lingotto, edificio construido entre 1916 y 1923 en Turín para albergar la fábrica de la FIAT (Fabbrica Italiana Automobili Torino). Es un edificio de proporciones monumentales, mide más de 500 metros de largo y 80 metros de ancho, ocupando 181.000 metros cuadrados. Los automoviles iban siendo armados piso a piso, hasta llegar al techo, donde existe un circuito de pruebas, un autodromo de 1 km en el cual los autos eran probados por pilotos profesionales.

La fábrica fue cerrada en 1982, debido a la deslocalización de las funciones productivas de la FIAT provocada por la crisis económica de los años '70. Es considerado uno de los mayores ejemplos de arquitectura industrial en el mundo. En la actualidad alberga distibtas funciones, entre las cuales se cuentan una pinacoteca, un centro de grandes eventos, un centro de congresos, un auditorio, un Insituto Técnico Profesional, 8 galerías de arte, y hasta un mall.

jueves, 7 de febrero de 2008

El nacimiento de las rutinas


Soy un animal de rutinas, no hay caso. Tras el afán de simplificar ciertos aspectos de la vida, pues hay otros que poseen una complejidad a ratos abrumadora, hay cierto orden de cosas que realizo mecánicamente sin siquiera deterne a pensar. Siempre ha sido más o menos así, siempre sentado en el mismo banco en el colegio y la universidad, siempre siguiendo el mismo trayecto a casa, esperando siempre el bus en el mismo paradero, yendo siempre al mismo café, y así sucesivamente.

Pues bien, considerando que el volumen de la empresa que supone la conquista de Roma es de una envergadura monumental, necesito de todos y cada uno de mis recursos para llevarla a cabo. Así, de un inicio medio caótico, sobrepoblado de estímulos, imágenes y problemas, pasamos lenta, pero progresivamente a elaborar un esbozo de rutina, si se le puede llamar asi, luego de 3 o 4 días.


Suena el despertador, ahora suena pues me compré un teléfono, constituyendo la única compra junto con el diccionario, que he hecho hasta ahora. Pero bueno, suena el teléfono con una extraña voz que dice “é l'ora di alzarsi, sono le sette e quindici”, salgo de la cama. Enciendo la luz del baño, me ducho. En poco más de 15 minutos estoy limpio y vestido. Cojo las llaves de la pieza, y bajo a tomar desayuno. Saludo a la madre superiora, que me mira con curiosidad. Todos los días igual, un vaso de jugo de naranja, una porción de nutella, un café espresso y un pan gordo y extraño, que como con queso crema suizo, con mantequilla de la Provincia de Süd Tirol (fronteriza con Austria) o con una mermelada, que más parece jalea.


Luego del desayuno subo, me lavo los dientes, me pongo la chaqueta. Bajo. Dejo las llaves en el mostrador, y salgo a la calle. Camino siempre por el medio, porque en estas tierras tienen la costumbre de estacionarse en la vereda, o medio metidos en la vereda. En realidad se estacionan en cualquier parte, incluso en las más increíbles. Camino unas 4 cuadras pequeñas y cruzo una calzada de la calle para esperar el tranvía en un andén. El travía está situado entre las dos calzadas, al medio. Me subo al carro, a veces valido el ticket, otras veces no, y me bajo en Largo Argentina, en el lugar donde mataron a Julio César y está plagado de gatos.

Rodeo el cuadrado de las ruinas de los gatos y camino presto rumbo a la Piazza Venezia, la misma donde daba sus discusos Mussolini. Ahí cometo el mismo error todos los días, en vez de cruzar en dirección al Altar de la Patria (que más parece una vieja “Máquina de Escribir”), paso de largo, y debo torcer el camino una cuadra más adelante, apareciendo frente a la columna que está en uno de los extremos del Foro de Trajano.


Cruzo los pocos metros antes de que aparezca la reja, atravieso un puente sobre otro monton de ruinas, y llego a la via dei Fori Imperiali. Aprovecho de saludar a Trajano y a Julio César que están ahí esperando con el brazo en alto, recibir los saludos de su pueblo. Especialmente este último, en cuya base esta escrito PATRI PATRIAE. Pocos metros más adelante, se tuerce el camino a la izquierda, justo en una plaza de inmigrantes sin hogar y mendigos, doblo en una torre de piedra, y me interno en una callecita estrecha y adoquinada para llegar a la Universidad.


En la U trato de conectarme a la red inalambrica, e inevitabelemente nunca lo logro. Si salgo a eso de la 1 o 2 de la tarde, camino unos 100 metros rumbo al almacén, compro un pan con prosciutto (jamón crudo a la italiana) y algún queso, y me siento a comerlo en las escalinatas de una fuente ubicada a la vuelta de la esquina. Si salgo antes, camino por la callecita adoquinada, hasta aparecer en las cercanías, de la la Iglesia Santa María la Mayor, una construcción monumental. Voy siempre al mismo ciber café, y me conecto al rededor de una hora. Nuevamente, si salgo entre 1 y 2, me como un Kebbab enorme que hace un turco a cuadra y media por 3.5 Euros. Si llegue y salí más tarde, me aguanto.

Luego deshago parte del camino andado, rumbo a la parada del Tranvía número 8, en largo Argentina, pero tomando un atajo, en una bajada pronunciada de adoquines, paso frente a una estación de los Carabinieri, y empalmo bien abajo con la vía Cavour. Miro algunas tiendas, ropa, recuerdos, artículos deportivos, postales, librerías, entre otras. Llegando al final de la calle, a la izquierda tengo el Coliseo y al frente el Foro Romano, giro a la derecha, en la misma placita de los mendigos e inmigrantes sin hogar, nuevamente saludo a Julio César (pobre, ni cacha que lo van a matar unas cuadras más adelante) y a Trajano. Admiro las ruinas iluminadas, y cruzo frente a la “Máquina de Escribir”, esta vez no cometo el error y tomo la vía directa, paso frente a la Iglesia San Marcos, a la librería Rinascita (donde compré el diccionario) y llego al Area Sacra (las ruinas pobladas de gatos, donde está la escalera en la cual mataron a Julio Cesar).


Nuevamente tomo el tranvía de vuelta. Uno 20 minutos má tarde desciendo en Ospedale San Camillo. Cosa extraña, Hospital se dice Ospedale (sin H), pero el símbolo es una H (acca, en italiano). En fin. Como ya es de noche, 7 u 8 de la tarde, entro a una Tavola Calda, una pizzería de esas que venden las pizza por kilo, y me como cualquiera, son todas ricas. Antes de ayer probé una con anchoas, definitivamente excelente, ayer una con carne, tres días atrás una con aceitunas sevillanas (pero no eran lonjitas finitas, eran trozos de media aceituna cada uno). Cada una de esas, entre 150 y 250 gramos, por 1.7 euros, 2.5 euros o algo así. Nada mal. De las pizzas, una cuadra despues pasó al ultimo café del día, y de ahí donde las monjas. Así todos los días desde hace 5 días.

11 de noviembre 2007

miércoles, 30 de enero de 2008

Primeras veces y algunas costumbres italianas


Un anuncio inquietante, leído en un diario vespertino a la bajada del tranvía la noche anterior, me levantó decididamente de la cama, aún antes de que diera la hora fijada en el despertador. Por suerte, porque al acabarse la batería no iba a sonar. Una ducha rápida, casi por inercia, y bajar como todos los días. Aun no daban las 8 de mañana y ya estaba sentado tomando el desayuno, que tempraneramente dejan listo las monjas dominicas que me albergan. Claro, tras una compensación de 30 euros diarios, pues mientras más cerca se esté de la Santa Sede, no se profundiza tanto la religiosidad como la visión comercial del asunto. En fin, pasaron rapidamente el jugo, el café y la nutella de rigor. Dejé la llave en el mostrador, y salí presto a tomar el tranvía lo antes posible.

El día de ayer se había anunciado una huelga general del transporte y los servicios públicos. Mi primera manifestación política en Italia. Pero claro, los temas son los mismos, los colores casi iguales, la producción similar, pero hay una diferencia radical. Pues aun cuando esuviesen discutiendo sobre los bajos salarios, la precarización del empleo, el aumento de los precios de los combustibles, y ese tipo de vicisitudes, y a pesar de que era una marea roja de proporciones nada despreciables; acá se tiene la costumbre de hacer hueglas y tomarse el espacio público, en un ejercicio bastante repúblicano, que a la mayoría tiene sin cuidado.

Y no hubo una crisis política, no bajó la bolsa, no hubo guanacos, zorrillos, cientos de detenidos, e histeria colectiva por la falta de orden público, no hubo un Ministro del Interior hablando estupideces, ni "pendejos" afiebrados quemando cuanta huevada pillaran o haciendo pedazos paraderos de micro. No ocurrió nada. Sólo una marcha, cantos, fiesta, una escolta policial importante eso sí, harto Carabinieri y "Poliziotto" dando vueltas, pero con boina, no con casco, y fumando relajadamente, como si fuera un día de campo. Caminaban casi al ritmo de los parlantes que venían más atrás.


Pues bien, a esa primera manifestación, le antecedió a su vez, la primer a lluvia. Más bien una pasadita mínima de agua, pero algo es algo. Más tarde, de vuelta ya de clases, luego de un almuerzo delicioso en una tratoria ubicada en una callecita adoquinada, de una buena conversación con una compañera y un investigador del Departamento de Estudios Urbanos de la Universidad; después de la vivista de rigor al "Ciber" (Internet Point) donde ya me he hecho medio amigo de los dependientes, dueños, empleados o socios, a decir verdad no entiendo muy bien su sistema, porque hay al menos 4 tipos jóvenes, sin aparente jerarquía, que se turnan, o se reempalzan al menos, (2 hombres y dos mujeres), 3 son italianos más una arquitecta alemana. Pero bueno, de vuelta del Ciber, me tocó también, la primera tormenta eléctrica. Sólida, violenta, pero con poca agua.


En fin, volviendo a la manifestación. En medio de la clase, el profesor, un doctor en Lingüistica (o algo así), decide hacer un break, conminándonos a tomar café afuera, a la calle. Pues, claro, muy en la U estaremos, pero es una costumbre italiana tomar café, y no cualquier café ordinario, aguado o de máquina cagona (tipo Vendomática). No. Tiene que ser un café de grano, en un Bar o cafetería, de preferencia un espresso, cappuccino o macchiato. Y uno, como anda de weon, les sigue la coriente, y se va a tomar el café. Para suerte de mi escualida economía, una de las pocas cosas que no son tan caras en Roma, es el café, por 0.7 euros (como 500 pesos) puede uno beber un espresso (pero de un tercio de taza chica).


Los tipos son relajados, tal como se toman las calles, y nadie se espanta; paran las actividades y salen a tomarse un café. Quizás como una forma de sintetizar el concepcto de la naturalidad de las costumbres. En el segundo que ibamos llegando al café por una calle, la marcha que iba por otra, se cruzó con nuestro camino en la esquina, y cada uno siguió su rumbo. Pero, ojo, tal es la costumbre de tomar café que algún pequeño brazo de la marcha, bandera comunista en mano, entró al café a tomar el espresso de rigor. Cual si todo fluyera con una naturalidad envidiable, en ningún momento se hizo presencia la sensación de tensión, de fuerzas contrapuestas, de la inevitabilidad del choque.


Nuestros pasos continuaron, volvimos a nuestros afanes univeristarios, volví a prender mi grabadora. Me concentré hasta el dolor de cabeza en comprender al profesor, a eso de las dos, fuimos a almorzar. Los manifestantes continuaron su lucha por un mañana mejor. Los buses, el metro y los tranvías comenzaron horas despues a pasar nuevamente. La noche cayó sobre Roma, bajo mis pies, un dejo de humedad guiaba mis pasos, rumbo al lugar exacto donde hace más de 2000 años cayera ultimado Julio César, para abordar el Tranvía. El número 8, por cierto.


9 de noviembre de 2007


lunes, 7 de enero de 2008

Las primeras 24 horas en Roma

Es extraño escribir estas palabras. Puede ser más extraño aún, sin consideramos cuando odia el ejercicio de egolatría que implica largarse a contar las venturas y desventuras de la estancia de ciertas personas en tierras lejanas. Pero bueno, una necesidad irrefrenable lo sentado tiene aquí, justo frente a esta panatalla, escribiendo, intentando reroducir todo lo que dejaron estas primeras veinticuadro horas en Roma.


Está sentado, las piernas cruzadas, con el cansancio cayendo sobre sus hombros y los pies ardiendo. Fue un día duro, atina a pensar. Pero atengámonos a los acontecimientos. Luego de un viaje excesivamente largo, por fin el avión, el tercero al que subió en su ruta de ida, y el quinto en 1 semana, aterrizó luego de pequeñas turbulencias en el Aeropuerto Leonardo Da Vinci, en Fiumicino. Hasta ahí todo nomal, predecible.


Se suponía que luego de todas las dificultades que encontró, de cada uno de los contratiempos, de la infinidad de barreras que se sortearon, de los plazos que se acabaron, de los días que pasaron demasiado rápido, incluso despues de que ya casi sin fuerzas lo logró, por fin, cuando ya no lo creía posible. Luego de todo ello, y más, se suponía que las cosas iban a darse modo fácil, que lo difícil era llegar. Que contrario a lo que decían los nervios, una vez pisada estas históricas tierras todo iba a resultar con asombrosa fluidez, casi como si estuviese predestinado. Pero claro, olvida uno que cuando se ha remado contra la corriente, cuando la porfía le ha doblado la mano al destino, todos los triunfos deben surgir únicamente del esfuerzo y la perseverancia.


Pareciera que el destino quiere verlo fracasar, pues de algún modo su perseverancia viene a quitarle protagonismo, cual si no tuviera mucho que hacer. Pues, si todo lo que queramos lo lograremos a fuerza de voluntad, la idea de un sino trágico o maravilloso, va quedando en el olvido. En este estado de cosas, el destino se encarga de poner obstáculos en el camino, como diciendo “tu no deberías estar aquí”, y él continua luchando.


A pesar que de pronto ya no queden alojamientos, o sus precios sean inalcanzables, y la única persona que te iba a ayudar, debió viajar fuera de la ciudad y de paso recibió visitas. O que el único pariente que tengas, sea del tipo cada uno mata su piojo, y te ofrece una hipotética ayuda en la medida que no le entorpezca la vida cotidiana, y si te las puedes arreglar solo, mejor aún. Está demás decir que seres con inteligencia, un poco de dignidad y una dosis prudente de orgullo, siempre terminan arreglándoselas solos, aunque no necesariemente de la mejor forma. A pesar de todo ello, nada es aún suficiente para hacerlo desistir. Si en su vida ha dormido en lugares inimaginables, desde recodos del camino, terminales de buses, hasta bancas de iglesia, no tener donde descansar los huesos un día, no debiera ser gran cosa. Pero lo es, hoy en día lo es, de hecho siempre lo ha sido.


Pero bueno, será el berrinche del destino contra la perseverancia, será la simple casualidad que esta vez no se dio. Vaya uno a saber que es, pero lo innegable es que desde hace ya mucho tiempo que la fortuna no se hace presente por su vida. Los pequeños y breves milagos que alegraban los días han desaparecido, nada es horrible, pero ya nada es bello. No hay mala suerte, pero tampoco buena, Finalmente la magia de la vida despareció, dejar de ser un ser único, para pasar a ser un número en un registro.


Nuevamente el sueño de un despertar maravilloso empolvándose, arrumado entre bosquejos desechados, y colillas de cigarro. Las promesas hechas, cual pago existencial por el favor concedido, no se han traducido en los resultados esperados, todo lo que sacrificó para lograr algo que le iba a abrir las puertas de todo un mundo por descubrir, parace haber sido en vano. Da igual si es allá, aquí o en cualquier lugar, sea con un dependiente hindú, un amigo chileno, un vecino italiano o un transeunte africano, esa pequeña magia, simple y cotidiana, dejó de estar presente en su vida.


La ciudad puede ser hermosa, y lo es. La gente puede ser amable, el clima puede ser agradable, las condiciones favorables, pero cuando la vida nos quitó la gracia de su ser, no queda más remedio que resignarse a que nada será facil, nada fluira como predestinado y siempre habremos de encontrar más obstáculos de los esperados, hasta el final de los tiempos.


Noviembre, 2007.