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sábado, 14 de marzo de 2009

Desvaríos

Cae la noche rápidamente sobre esta ciudad. Cómo van cayendo velozmente las hojas del calendario, y como las ideas van cayendo en el olvido. Imágenes que se suceden. La tranquilidad de siempre en torno. Más de alguna frase cliché se me viene a la mente.

Extraña época esta. El invierno ya casi no se recuerda, luego de la llegada vehemente del sol, pero el frío aún no se va. Salgo a caminar, a deambular por el barrio, viendo puesta en práctica las añejas ideas modernas de los años '30. Disfruto de la comodidad del anonimato, y las ancianas me saludan. Me siento como si hubiese caído de lo alto desde ninguna parte. Cual si no pertenesiese a lugar alguno, y hubiese aparecedio un día delante de estas gentes, sin recordar de donde vine.

Heme aquí, pensando muchas cosas al mismo tiempo. Mirando por la ventana. Comiendo Nutella. Escuchando a Los Jaivas luego de años, y llegando a conclusiones irrelevantes. Cómo cuando en luego del climax de la crisis financiera de la tienda alba, los hinchas recibieron con los brazos abiertos la "desnaturalización" del Club, y me pregunté: ¿será que lo único que nos une a nosotros los colo-colinos es un odio profundo hacia la Universidad de Chile?

Sólo así me pude explicar, que con la esperanza de seguir derrotando (como de costumbre) al chuncho rival, fueron capaces de entregar felices el Club a las fauces del capital financiero, como si fuera una empresa, un servicio, un producto de consumo; y siguen felices viendo el fracaso permanente del plumífero, mientras el Club permanece cautivo de una empresa que enriquece a empresarios hinchas de otros clubes, en una flagrante traición a los valores fundacionales de Arellano y compañía.

Ahora, me pregunto ... - pues insisto en la costumbre de preguntarme muchas cosas, y responderme bien pocas - ... ¿como puede haber cumplido 100 años el futuro y el culto a la vida contemporánea? Por acá lo pregonan en distintos lugares, de izquierda a la derecha, en carteles callejeros y museos, "Un siglo de Futurismo". Mientras al mismo tiempo, al dar vueltas por la ciudad eterna da la sensación que nada es más actual que el "pasadismo", o la tendencia a congelar el pasado, rendirle culto y venderlo en pequeñas porciones. Será que un "ismo", permite cualquier subversión de la lógica. Si es así, me declaro víctima del "confusionismo" ... no del sistema de pensamiento desarrollado por Confucio, sino de la corriente que tiende a la "confusión" y lo confunde todo.

2009


lunes, 25 de febrero de 2008

Sobre el origen de las cosas - 4

En fin, como dijo un periodista bostero por ahí, un verdadero hincha no “elige” un club (racionalmente o por un criterio de oportunidad), de algún modo misterioso es el club el que lo elige a él, el que lo encanta, lo fascina, lo envuelve hasta absorberlo definitivamente. Cuando se es hincha, uno no posée una cosa, uno es parte de algo; a uno no le “gusta” un equipo, uno se “hace del club”.


Es decir, como hincha del fútbol, me puede gustar como juega un equipo en algún momento particular de la historia, los magiares mágicos del '54, el Brasil del '70 o la Naranja Mecánica del '74 (aunque, no vi jugar a ninguno de ellos), o un jugador específico. Me gustaba ver jugar, por ejemplo, al bichi Borghi, al diablo Etcheverry o al cabezón Espina; a mi viejo le gustaba Bochini o el fino Toro, y a mi abuelo José Manuel Moreno.


Pero “hacerse” de un equipo es una cosa diferente, tiene que ver con un elemento constitutivo del ser. No con aquello que solo nos da placer, sino con aquello que nos da identidad. Es decir, ser hincha se relaciona con aquello que se es, no con aquello que nos gusta. Diferencia filosófica fundamental.


A partir de dicha diferencia, nos adentramos recién al entendimiento del embrujo que parece poseer esta fuente inagotable de sufrimientos y malos ratos, que implica ser hincha de fútbol. Se sufre la mayor parte de todo partido, y en caso de vencer, la tensión solo desaparece al final de 90 minutos de angustia. Aún en ese momento, solo se podrá disfrutar verdaderamente al final del torneo, si es que se tiene la fortuna de ser Campeón.


Pero antes, tendremos que pasar largos meses de agonía, hasta poder explotar en un efimero momento de alegría inconmensurable. Tanta trizteza y frustración, apenas interrumpida, por periódicas y grandes alegrías, afortunadamente para algunos como yo, que tenemos el tremendo privilegio de ostentar la condición colo-colina por la vida, es un trago menos amargo.


Si bien, no se puede experimentar alegría mayor en la vida que un gol que te da el campeonato, cuando se mantuvo la incertidumbre al hasta el final del partido, luego de meses de sinsabores. Quizás, como excepción a la regla, entre en esta categoría el tercer gol a Boca Juniors en la semifinal de la Copa Libertadores de 1991, el de Ruben Martínez levantándosela a Navarro Montoya en el minuto 82 y el Estadio explotando.


Pero bueno, vamos a los hechos. Considerando que solo gana 1 entre los 32 equipos profesionales que existen, que desde 1933 le ha correspondido dicho lugar a Colo-Colo en 27 oportunidades; que los otros 55 torneos se los reparten entre 13 equipos (en promedio 4,2 campeonatos por equipo); que el mayor dolor que puede existir en la vida es perder la categoría (bajar a segunda), y que Colo-Colo es uno de los 2 clubes a quien nunca le ha sucedido algo semejante; que Colo-Colo es el equipo que más partidos ha ganado, y el que más goles ha convertido. Considerando todo aquello, que suerte haber nacido colo-colino, y no tener que vivir haciendo una alegoría del fracaso, y buscando sentido en la frustración constante. Para eso ya tenemos a la selección.


Tal como para un brasileño o argentino, debe parecer de una tristeza tremenda ser chileno o peruano, pues nuestras selecciones juegan sabiendo que nunca ganarán algo realmente importante a nivel internacional. Lo mismo sucede con aquellos que no son colo-colinos, que tristeza haber nacido en un país como Chile y para colmo tener que conformarse con ser parte de algún otro equipo.


Solo así es posible comprender la eterna condena de algunos a quienes se les negó el camino de la virtud, la sobriedad, la hidalguía, y por cierto el empuje y el coraje, y aún así siguen siendo hinchas de sus equipos, y no dejan de serlo. No pueden dejarlo, aunque quisieran, porque son hinchas de verdad, se sienten parte de algo, son parte algo. Algo triste, pero algo al fin y al cabo. Aquella es la justificación, de todos aquellos que en la oscuridad y la confusión soportan su existencia peleándose en las sombras por sus colores, cuyo principio y final está marcado en función de la alba existencia de Colo-Colo, el eterno rival a vencer.

sábado, 23 de febrero de 2008

Sobre el origen de las cosas - 3


Ahí estuvo, frente a mí, siempre vecino y cercano. Siempre en silencio. Estuvo antes, y también en los apacibles días que se devanecían en la cabaña, como un bello paréntesis, entre el hastío de una ciudad inhóspita y una molesta sensación de irremediabilidad, como si se estuviera perdiendo algo. El único objeto que ha estado conmigo los últimos 15 años. El banderín de Colo – Colo, pero uno cualquiera, uno único, con historia.


Poco después de haber ganado de haber ganado la Copa Libertadores, un buen primo que por esos años acompañaba nuestro andar por la vida, fue con su curso del Colegio al Estadio Monumental a visitar al plantel que había logrado lo imposible. Romper con empuje, coraje y fútbol, el maleficio impuesto por unos diablos rojos de un barrio llamado Avellaneda, al otro lado del "cerro", el cual había sentenciado a mediado de los '70s: “Chilenos, para ustedes la Copa se mira y no se toca”.


En dicha visita, recibió en sus manos un banderín. Un simple banderín con 17 estrellas (hoy ya van 27) rodeando la insignia del club sobre fondo blanco, con una línea negra bordeando toda la supeficie, a modo de marco. En la parte superior, se leía la leyenda “Campeón Copa Libertadores de América”, abajo se remataba simplemente con la palabra “Chile”, y repartidas uniformemente por toda su superficie las firmas de algunos jugadores.


Pues bien, sin dimensionar el nivel de objeto que tenía entre sus manos, el dichoso banderín pasó de mi equivacado y “chuncho” primo, a las manos de mi hermano menor, y yo en un decidido y arbitario gesto de envidia, amor y necesidad, me lo apropié. Luego comprendería porqué. A pesar de la indignidad que reviste el robarle a tu hermano de 8 años (yo andaba en los 15), esto era superior a mí. Estaba seguro que debía ser mío, que nadie más comprendería su valor, ni disfrutaría tanto de tenerlo en su poder y legarlo a una nueva generación años más tarde.


De algún modo mi colo-colinidad, aquella condición ineludible e inalienable de pertenercer a este club, me obligaba a arrebatar tamaño tesoro de los infantiles dedos, de un neofito y poco convencido “colo-colino” por inercia. A pesar de sus divertidas e inolvidables diatribas garrerísticas en las albas tribunas del estadio.


El tiempo me dio la razón. Yo partí, banderín en mano, a buscar la vida a Concepción. Luego de unos años mi hermano abandonó su “eterna demanda de restitución de la propiedad” al descubrir que, en verdad, lo suyo era la vieja y querida albiceleste. La gloria del pasado, el sufrimiento del presente y la hidalguía por encima de cualquier vicisitud, que caracteriza al cuadro de la carabela y la bandita en las tribunas.


(Continuará)